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Cómo abortar la civilización

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Hace treinta años, en 1974, el presidente de Argelia, Bumedián, lo anunció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”. Ese día ha llegado. Ahora mismo, en toda la Unión Europea, el diez por ciento de los recién nacidos ya está condenado a ser siervo del Islam para el resto de su vida. De todos modos, aún son pocos. Por eso, en la oración de los viernes, unánimemente los muecines instalados en este Occidente demoníaco incitan a las musulmanas a “parir al menos cinco hijos cada una”. Sólo en Francia, han sido erigidas trescientas mil mezquitas. Y no son suficientes, se antoja urgente construir más.

Por esa vía, cuando todo parecía perdido, Alá se ha aparecido a nuestra izquierda. Porque tiene razón la Fallaci: “El Corán es el nuevo Das Kapital, Mahoma el nuevo Karl Marx, Ben Laden el nuevo Lenin, y el Once de Septiembre la nueva toma de la Bastilla”. El maldito proletariado traicionó la sagrada causa a cambio de un adosado y quince días al año con Curro en el Caribe. Mas no importa, ha dejado de ser necesario; de ahí que den gracias al Profeta por obsequiarlos con otras condiciones objetivas y un renovado sujeto revolucionario. Al fin, el Hombre Nuevo por el que tanto han porfiado está a la vuelta de la esquina. Aunque la única contradicción que presentará no será dialéctica, como estaba previsto, sino estética: llegará embutido en una chilaba.

Mientras Marx entretenía el ocio embarazando a las criadas, su yerno, Paul Lafargue, predicaba que, al día siguiente de la revolución, habría que pensar en divertirse. Aquí, los socialistas discrepan: ellos creen que hay que empezar la fiesta el día anterior. Y ahí estaba, para demostrarlo, Carlinhos Brown en el Fórum de Barcelona, del bracete de Maragall, Rodríguez y Felipe González. Así, a ritmo de Samba, se han propuesto demoler todos los andamios y contrafuertes morales que esta sociedad ha izado a lo largo de siglos para evitar autodestruirse. Han sido cinco meses de verbena anti-occidental. Veinte semanas amontonando mochilas retóricas cargadas de multiculturalismo. Ciento cuarenta días de claudicación ideológica subvencionada y nihilismo ético pastando en el erario público.

Y no concluyó el domingo, como engañosamente parecían augurar los fuegos artificiales del trifásico municipal. Al contrario, la juerga únicamente acaba de empezar. Con Carlinhos a los bongos y Rodríguez a la trompeta, van a seguir bailando hasta convertir en opciones todos los imperativos de conducta en los que hasta ahora nos reconocíamos como civilizados. Como muestra, el aborto a la carta y sin cortapisas que no será aprobado hoy en el Congreso. Para regocijo de ulemas y yihadistas, el Gobierno prefiere retrasarlo unos meses. Encuentra más lucido convertirlo en el plato estrella de la anunciada reforma del Código Penal.

Ruere in servitium –cayeron en el servilismo–, observaba Tácito, con tristeza, refiriéndose a los romanos en la época de Tiberio. Poco después, llegaron los bárbaros. Aún habría de transcurrir otro milenio hasta que alguien inventase la Samba que ahora nos baila Carlinhos en Barcelona.

Número 21-22

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