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Las vedettes

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Una de las top models de La Moncloa, la ministra de Cultura, Carmen Calvo, ha pedido al respetable que no frivolice con el posado que las mujeres del Gobierno han hecho allí para la revista ‘cultural’ Vogue. No me decidía yo a escribir sobre este asunto, pues consideraba el episodio una frivolidad que, aunque reveladora del carácter de quiénes administran nuestros cuartos, podía asignarse a la cuota de estupidez con la que venimos al mundo casi todos los humanos. Mala cosa en un gobierno, sí, pero no para regodearse. Ahora que, si se trata, como dice Calvo, de una foto "histórica", en serio habrá que tomársela.

El carácter histórico del evento viene determinado porque éste, dice Calvo, "es el primer Gobierno, probablemente el único en el mundo, en el que las mujeres comparten el poder". Supongo que el despacho de la agencia Efe se comió algunas palabras posteriores. Tal como está, la frase queda ahí para la historia, pero de la ignorancia. Y aun tomada con paños calientes, resulta ofensiva para todas las mujeres que, desde antes de que doña Carmen se pusiera medias, ocuparon altos cargos en muchos países. No digamos para las ministras del PP, porque a éstas las han borrado de los archivos. El gabinete en el que ocupa sillón Calvo sólo ha inventado una cosa: la utilización de las mujeres que forman parte de él, como gancho publicitario. Por lo demás, ni el mundo ni las mujeres del mundo y de España acaban de echar a andar con su llegada al poder.

Con el posado de las ministras entre pieles, el discurso feminista del Gobierno ha salido hecho unos zorros. Esto no es una sorpresa. Nunca fue consistente. El hecho mismo de que el Gobierno hiciera gala de su feminismo emitía un sonido a hueco: lo que importaba era la etiqueta. Dárselas de. Parecer. La decisión de hacer un gobierno "paritario" fue la expresión más pueril de ese proyecto. Lo que remacha ahora Calvo al decir que "nuestro punto de vista vale tanto como el de los hombres porque somos la mitad" del Gobierno. ¿Sólo en ese caso, pues? Tan contentos estaban con el invento que, en el primer Consejo de Ministros, el presidente se retrató con sus mujeres. O ellas con él. Ya entonces se proponían que fueran las vedettes del gobierno. O, como dicen Vogue y Calvo, "ocho mujeres para la historia". Para la historia de la frivolidad.

Donde no hay convicciones pueden bastar las apariencias, si uno las sabe guardar. No es el caso. Cuando defendieron la ley contra la violencia "de género" anunciaron que eran esenciales las medidas educativas y el control de la publicidad que utiliza el cuerpo de la mujer. Con el histórico reportaje subrayan no sólo que están donde están por ser mujeres, sino también el tópico: la mujer y los trapitos. En este caso, de lujo. Para eso son socialistas. Pues lo más significativo del posado es que se hayan permitido el lujo de hacerlo. Las ministras de la derecha, según informa El Mundo, se negaron. Se ve que, al menos, conocían el coste político de la payasada. Pero las de la izquierda están convencidas de que pueden hacer lo que les plazca. Como son, en definición de la hija de Zapatero, quienes se preocupan por los demás, ya tienen cubiertas las espaldas. Y bien cubiertas que las tienen en las fotos de la prestigiosa revista cultural, que acompaña la foto con un pie que concluye así: "Viva la revolución". La próxima temporada, que posen los Jemeres Rojos que queden en Camboya.

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