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La Ilustración Liberal

Manuel Ayau, in memoriam

Manuel Ayau, prócer latinoamericano

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Manuel Ayau ya tiene asegurado un sitial eminente en Iberoamérica y, más aún, una mención honorífica en la historia mundial de la Libertad. Nadie como él ha logrado trascender las fronteras con el mensaje ético sobre la responsabilidad de cada quien en la creación de riqueza, dentro de los cánones de las mejores tradiciones de Occidente y sobre bases rigurosamente científicas, de una férrea lógica interna.

Todo germinó en aquel momento en que, como joven ingeniero civil, tuvo sus primeras experiencias laborales en América del Norte, y al contrastarlas con las de su natal Guatemala se hizo la pregunta seminal: ¿por qué somos pobres?

Fue el acertijo que le ocupó durante sus primeros años de intensas reflexiones; y, por sus propias luces, halló la respuesta apropiada: "La pobreza no tiene causas; es el estado natural del hombre. La riqueza, en cambio, sí las tiene, y merecen ser escudriñadas".

Por suerte, esa inquietud le llevó a tropezar con la figura y el pensamiento de Ludwig Erhard, el padre del milagro económico alemán. Ya de antes había establecido contacto, tanto intelectual como personal, con expositores del liberalismo clásico como Henry Hazlitt, William Hutt y Leonard Read. Pero sus mentores más concluyentes habrían de ser los personajes cimeros de esa corriente de análisis económico, para entonces casi del todo arrumbada, que había iniciado en 1871 Carl Menger y que se conoce como Escuela Austríaca de Economía; gente como Ludwig von Mises y Friedrich August von Hayek, de quienes fue anfitrión en Guatemala, al igual que de grandes luminarias de la Universidad de Chicago, como Milton Friedman.

Manuel Ayau ha sido más que un genial y valeroso autodidacta, al estilo de Adam Smith y David Hume. Su acendrada pasión por la verdad le llevó a erguirse sobre hombros de gigantes en los más variados campos del derecho, la política, la filosofía y hasta del arte musical clásico. Más aún, ha enriquecido a economistas y juristas con matices de su propia inventiva. De ello dan testimonio su prolífica actividad de escritor, sus innumerables conferencias y debates con lo más selecto del mundo pensante, y las numerosas distinciones que le han llovido, en particular la Presidencia de la prestigiosa Sociedad Mont Pelerin.

En Guatemala nos deja dos instituciones imperecederas: el Centro de Estudios Económicos y Sociales, popularizador de los valores y métodos del pensamiento liberal ilustrado desde 1958, y la Universidad Francisco Marroquín, fundada por él y un puñado de empresarios en 1971, encabezados por su gran amigo Ulises Dent.

En pocos años, la Francisco Marroquín se ha convertido en magneto y catalizador cosmopolita de los talentos más diversos y en punto de peregrinaje internacional para los hombres y mujeres cultos que cuidan de su autonomía personal, como recomendara en su día Immanuel Kant y lo aplicara Guillermo von Humboldt al fundar la Universidad de Berlín, en 1808.

A los jóvenes estudiosos y con coraje cívico pero sin héroes a los que emular, el derrotero se lo marca hoy Manuel Ayau –para sus amigos, el Muso–. Para muchos de ellos, es la intrepidez personificada y el símbolo vivo de los valores que sustentan a su familia. Añádase también su empuje empresarial, su disciplina en el trabajo y su disponibilidad a quedarse solo antes que sumarse a cualquier corriente superficial de moda. Y su exquisito sentido del humor. En otras palabras: nadie como el Muso tan emblemático de lo que los griegos consideraban atributos propios de "los mejores".

Y jamás se ha recluido en torre de marfil alguna. Aparte de sus éxitos comerciales, se ha fogueado en los ámbitos cívico y político. Electo diputado al Congreso de la República y habiendo aceptado la candidatura para la Presidencia o la Vicepresidencia de la misma, nunca ha traicionado sus principios. Quizás su aporte más ejemplar y revolucionario sea el que le ha ocupado sus últimos años, en los que ha trabajado junto con estudiosos de la talla de José Luis González Dubón en la preparación de una reforma hayekiana de la Constitución guatemalteca.

A mi juicio, Ayau es, muy probablemente, junto a la figura del obispo Francisco Marroquín, el contribuyente más egregio a la moderna identidad nacional guatemalteca, en estas tierras donde floreció al máximo la cultura precolombina de los mayas.

"Nadie es profeta en su tierra", nos advierte el Evangelio; de ahí que haya carecido en Guatemala del apoyo y el aplauso que ha recibido de los más aguzados hombres y mujeres de los cinco continentes. Por eso, ahora, que libra su batalla más encarnizada contra el cáncer, quiero dejar constancia de mi agradecida admiración por este hombre de modales sencillos, humor ocurrente, creatividad brillante... y algo escéptico de su propia infalibilidad, como suele ocurrir con los sabios.

Artículo publicado en Libertad Digital el pasado 15 de junio. © AIPE

Número 45-46

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