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La Ilustración Liberal

Libro Pésimo

Eguiguren y ETA, las claves de una chapuza

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Leer el libro escrito más o menos al alimón por el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, y el periodista de El País Luis Rodríguez Aizpeolea es un ejercicio de algo parecido al masoquismo. No por su factura técnica, que no pasa de la mediocridad habitual de la prosa periodística en nuestro país y es hasta soportable, sino por su contenido, que resulta, como mínimo, sorprendente y, a poco que se eleve el listón ético, algo más que indignante. Ahora bien, cabe alegrarse de su aparición: sin este ETA. Las claves de la paz no tendríamos una radiografía tan precisa de la inmundicia moral, pero también la chapuza factual, en que el gobierno Zapatero y su representante en la cosa, el propio Eguiguren, se han movido estos años, revoloteando alrededor de ETA.

El libro cubre un espacio temporal que va desde el año 2000 hasta el 2011, o dicho de otra forma, desde las conversaciones que Eguiguren empezó a mantener con Arnaldo Otegui en viejos caseríos del País Vasco hasta la última declaración de cese de la violencia de ETA. De ese amplio periodo se presta especial atención a aquellos episodios en los que el presidente de los socialistas vascos tuvo un protagonismo destacado; sobre todo a las rondas negociadoras que mantuvo en Suiza y Noruega con representantes de los terroristas.

Con la narración de este proceso de negociación, a la que por cierto el protagonista no considera política (tiene Eguiguren un don especial para que las palabras y los hechos signifiquen para él algo distinto de lo que entendemos el común de los mortales), extraen los autores una tesis central que da sentido al volumen y casi a sus vidas: la paaaz de 2011 se debe, sobre todo y primordialmente, al fracaso del proceso de 2006-2007.

Es un argumento tan repetido como falaz, en el que la prensa socialdemócrata se ha venido refugiando del rotundo fracaso de aquella aventura negociadora que acabó, miento, que debería haber acabado, un 31 de diciembre en la T4 de Barajas.

Como decimos, sobre esa tesis se construye todo el libro: la rotura de la tregua produjo en el entorno de ETA una decepción tal que después a ésta le fue poco menos que imposible continuar con la actividad terrorista; o, como se la llama en no pocas páginas del libro (131, 133 y 194, por ejemplo, tomando como referencia la edición electrónica), la "lucha armada" (y nos referimos a frases que pueden atribuirse a los dos autores del libro, no a otras muchas en las que la expresión se pone en boca o textos de ETA).

Esta es otra de las características del libro y de su protagonista que llamarán la atención del lector medianamente atento: a pesar de que en la introducción se define a Eguiguren como "alguien que ha dado la cara en el País Vasco, que ha defendido la Constitución en primera línea y que ha llegado incluso a jugarse la vida todos los días desde hace casi treinta años", vemos cómo tan heroico defensor de la Carta Magna no sólo está dispuesto a "cambiar el marco político", sino que tiene muy poco empacho en aceptar las claves de la terminología más querida para el abertzalismo independentista radical. Por ejemplo, dice "Euskal Herria" en lugar de País Vasco o Euskadi ("Hice en coche los ochocientos kilómetros que me separaban de Euskal Herría", en la página 44); y, por supuesto, no deja de hablar del dichoso "conflicto" –docenas de veces, por ejemplo en la página 18: "(...) el proceso no comenzó en las cancillerías ni en los palacios de gobierno, sino en el mismo corazón del conflicto, entre el valle del Urola y el valle del Deba")–.

Odio al rival político, es decir, al PP

Otro de los aspectos que más sorprende, y repugna, del libro es el profundo y visceral sectarismo que rezuma y que desprenden sus autores, especialmente Eguiguren. Y es que lo de este hombre roza lo patológico: hasta para citar a las víctimas tiene que tirar de sus dogmas. Por ejemplo, en la página 20 tiene un recuerdo para algunos asesinados por ETA: "Los socialistas Fernando Buesa, José Luis López de Lacalle, Juan Mari Jáuregui, Ernest Lluch, Froilán Elespe, Joseba Pagazaurtundua y Juan Priede, así como varios militantes del PP". Fíjense en la última frase, "varios militantes del PP": cualquiera lee ese párrafo y se imagina que además de esos insignes socialistas (descansen en paz, por cierto) han muerto dos o tres concejales del PP, cuatro o cinco a lo sumo. La realidad es que no menos de una docena de políticos populares han sido asesinados por los terroristas de ETA; el PP, tratado aquí como una nota al pie, es el partido con más asesinados por ETA.

No menos despreciable es el trato que prodiga a las víctimas de la banda terrorista. Eguiguren lleva desde prácticamente las primeras líneas reuniéndose con Otegui, ese acrisolado demócrata y hombre de centro, pero espera a la página 68 a encontrar a alguien de "ideología extremista", y ese alguien es... el entonces presidente de la AVT, Francisco José Alcaraz: "Alcaraz, un hombre de ideología extremista".

Para que se hagan una idea más exacta de qué es un extremista para Eguiguren y Rodríguez Aizpeolea, la palabra aparece cuatro veces en todo el libro: dos para aludir a Alcaraz y la AVT, una en referencia a Sáenz de Ynestrillas y compaña y la cuarta para aludir al "sector más extremista e irresponsable" de ETA.

Esto todavía llama más poderosamente la atención si tenemos en cuenta que el libro es un canto a la necesidad del diálogo... con los asesinos, se ve que menos extremistas que los asesinados.

Es más, en diversos pasajes se muestra una compresión para con los de las pistolas y las bombas rayana en la simpatía. El mayor acreedor de este cariño es un viejo conocido de todos: Josu Urrutikoetxea, que seguro les sonará más si lo cito por su apodo: Josu Ternera. Un personaje que, como ustedes bien saben, cuenta con un brillante historial delictivo a sus espaldas.

Ternera fue el principal negociador de ETA en las conversaciones llevadas a cabo en Suiza, y de él hablan Eguiguren y Aizpeolea así (página 83): "(...) mostró en Ginebra su carácter austero, metódico y sobrio en palabras"; todo un vasco de pro, vamos. Y, por si alguien tiene reparos por lo que ha sido, aclaración rápida: "Nunca hablaba del pasado. Pero en algo había cambiado. Estaba en esa fase de su vida, con 55 años, en la que le preocupaba el futuro de sus dos hijos y de su vida familiar". Vamos, un paterfamilias como usted o yo.

Eguiguren, por supuesto, no duda de su sinceridad:

Se vio que quería buscar un final a la historia de ETA e incluso, en algún momento, hablaría de la necesidad de pedir perdón a las víctimas, aunque siempre se refería, supongo, a "las dos partes". Nunca me pareció que estuviera fingiendo.

Por supuesto, de "ideología extremista" nada; no como esos salvajes de la AVT.

Por otra parte, aunque todos lo conocemos y lo razonable desde el punto de vista periodístico es usar el término más común y habitual, Aizpeolea y Eguiguren se refieren en muchas ocasiones a Ternera como George, el apodo que el terrorista usa en las negociaciones. No es una diferencia pequeña: hay docenas de menciones con ese nombre y sólo dos con el que se hizo tristemente famoso.

Vileza moral... y chapuza intelectual

He de confesarles, no obstante, que, puesto que no me esperaba gran cosa de Eguiguren en el plano moral, lo que de verdad me ha sorprendido es su pobreza intelectual, amén de su chapucería en todo lo relativo a un proceso de negociación que fue llevado de una forma cuanto menos irresponsable.

Algunos detalles son casi entrañables, como la relación de Eguiguren con la tecnología: en varias ocasiones presume de que no necesitaba ordenador ni nada similar: "(...) el ordenador lo tenía en la cabeza y los documentos, también" (página 102); "tenía todos los elementos en la cabeza para asumir el reto que nos traíamos entre manos". Pero quizá esa ausencia de ordenador de la que presume no se deba tanto a una cabeza poderosa como a la más pedestre torpeza: "En Madrid me dieron un móvil para hacer las llamadas y nunca acertaba a manejarlo porque soy muy torpe para esas cosas. Llamaba por el mío de siempre, me salté todas las normas de seguridad" (página 101).

Así trataban Zapatero y Rubalcaba las cuestiones de estado: dejándolas en manos de un hombre que no es capaz ni de llamar por un móvil. No se pierdan, no obstante, lo mejor del asunto: además de no usarlo un día en Ginebra, Eguiguren... ¡llegó a perderlo! Pueden estar tranquilos en el PSOE: sin duda los secretos del partido están a buen recaudo en las manos de este hombre.

Por cierto, el asunto se repite en las segundas negociaciones, las de Oslo: "La policía me entregó un teléfono celular diciendo que era para garantizar la seguridad de las comunicaciones. No acerté a utilizarlo".

Si nos remitimos a cuestiones más serias (aunque poco puede haber más revelador que la anécdota del móvil), también asombra la falta de profesionalidad, por así decirlo, del negociador y, en no pocos sentidos, su desconocimiento, después de toda una vida en la política y de años de negociaciones con Otegui, de la verdadera naturaleza de aquellos con los que compartía mesa.

Así, tras las negociaciones en Suiza, Eguiguren lamenta que éstas hayan sido "muy duras", y se sorprende de que los etarras sigan siendo... etarras: "Me parecía desproporcionada la posición de ETA". Quizá el presidente del PSE esperaba que sólo con mentar la sacrosanta palabra diálogo los asesinos se postrasen de hinojos pidiendo la bendición laica de ZP.

Mentiras al por mayor

El sectarismo de los autores del libro es tal, que en ocasiones les lleva a extremos tan grotescos que llegan a ser cómicos, tanto por el lado de la mentira directa como por el de algunos olvidos que no pueden ser más fáciles de desenmascarar.

Por ejemplo, en las páginas dedicadas a De Juana Chaos se comenta con cierta displicencia: "Algunos medios de comunicación le atribuyeron (...) declaraciones en las que expresaba su regocijo por asesinatos de la banda" (página 249). ¿Qué creerá el desprevenido lector del libro que se esconde detrás de ese "algunos"? ¿La caverna mediática de la derechona más carca? Pues miren ustedes por dónde, también el propio periódico de Rodríguez Aizpeolea, El País, atribuyó a De Juana aquellas cartas que merecen un puesto destacado en la historia española de la infamia. No fueron "algunos", fueron todos los medios.

En otras ocasiones no hay despiste alguno sino directamente mentiras, como en las páginas dedicadas al chivatazo del Faisán. No sólo se hacen en ellas afirmaciones sorprendentes como que "ETA no se fiaba de los componentes de la trama del Faisán" (página 238), lo que contrasta y no poco con el hecho de que la banda les dejase recaudar y guardar lo que consideraba su dinero, sino que además se alteran los hechos para adaptarlos mejor a su conveniencia. No las opiniones o el análisis, que lógicamente son siempre discutibles, lo que se llega a cambiar son directamente los hechos. Veamos un ejemplo alrededor de uno de los asuntos que más polémica despertaron en la pasada legislatura:

Además del celo profesional que éste [Grande Marlaska] exhibió durante el proceso, en su decisión [de detener a los responsables de la trama del Faisán] tuvo que ver un acontecimiento que el PP después utilizó profusamente como elemento de desprestigio del propio proceso y del Gobierno: el llamado chivatazo. En una de tantas escuchas policiales que se realizaban a Elosua se recogía que el dueño del bar El Faisán comentaba a su cuñado cómo dos policías le dieron el "chivatazo" y con ello impidieron que fuera detenido con su contacto en Francia con dinero de la extorsión.

Es decir, que según Eguiguren en la decisión de Grande Marlaska de desarticular la trama de extorsión etarra tuvo mucho que ver... el chivatazo policial que desbarató esa misma operación; el hecho ocurrido con posterioridad como explicación de la acción anterior.

Y si ese es el rigor con el que se trata un asunto tan de dominio público como el caso Faisan... ¿qué cabe esperar de todo aquello de lo que se hable en el libro que no haya estado bajo el potente foco de los medios?

En definitiva, ETA. Las claves de la paz es un libro al que uno se asoma con una mezcla de asco y estupefacción, comprobando cómo en nuestro país se puede justificar cualquier cosa y defender lo que sea, siempre que se haga en nombre de la paaaz y el diálogo. Asco, estupefacción y vértigo: el que da tener la certeza de que, al menos hasta finales de 2011, no había tema al que los socialistas no pudiesen extender su inmensa incompetencia y chapucería, tan notables que ni siquiera son capaces de darse cuenta de ellas y nos las muestran en libros que, probablemente no por sinceridad, les retratan perfectamente.

Jesús Eguiguren y Luis R. Aizpeolea, ETA. Las claves de la paz, Aguilar, Madrid, 2011, 360 páginas.

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