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La Ilustración Liberal

Varia

La creación del Estado de Israel

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Este texto forma parte de la obra colectiva Israel, siglo XXI, coordinada por Alfredo Hidalgo Lavié y Jacqueline Tobiass y editada por Netbiblo en 2011.

La historia del Estado de Israel se puede narrar en dos versiones: la abreviada, que se inicia hace poco más de un siglo –cabría fijar la fecha en 1896, año de la publicación de El Estado judío de Teodoro Herzl (1860-1904)– y entra en fase de consolidación con la declaración de la Independencia, el 14 de mayo de 1948; o la versión extensa, cuyo comienzo cabría situar en el año 587 a.e.c., en la conquista de Jerusalem por Nabucodonosor II, la destrucción del Primer Templo y el exilio en Babilonia, y que también alcanza el siglo XX. Vamos a descartar aquí la segunda, a pesar de que los dos milenios y medio de expulsiones y retornos que culminan tras la partición de 1947 son, en gran medida, expresión de un anhelo constante del pueblo judío, en las más diversas circunstancias, de retornar a su hogar histórico, cuna del monoteísmo y, por qué no poner el acento en ello, espacio fundacional de Occidente junto a Grecia, entonces extendida por las costas del Cercano Oriente.

Empecemos, pues, por el surgimiento del sionismo, sobrevenido al cabo de grandes sufrimientos en una Europa refractaria a los judíos, desde Rusia hasta España y más allá, en los dominios europeos de ultramar, y de un prolongado debate interno en el seno del mundo hebreo, en el que no pocos abogaban por la asimilación, especialmente entre los ilustrados judíos alemanes. El propio Herzl era un judío asimilado en su juventud, que hasta había llegado a militar en la Burschenschaft, asociación juvenil que, habiendo sido liberal e igualitarista en sus orígenes, había pasado a la clandestinidad al fracasar la revolución de 1848 y, posteriormente, había dedicado todos sus esfuerzos a la unificación alemana con la consigna –hoy chocante– "Honor, Libertad, Patria".

La tendencia asimilacionista de Herzl pronto se vio cuestionada por la realidad de un antisemitismo rampante, aunque, en no pocos casos, disimulado bajo una hipócrita capa de aceptación, sobre todo en la sociedad alemana. Ni en Polonia ni en Rusia se esforzaba nadie por fingir que amaba a los judíos. Por eso en la Primera Guerra Mundial muchos hebreos simpatizarían con el ejército alemán, cuanto éste se enfrentó a los enemigos rusos. Albert Einstein fue uno de los escasos intelectuales judíos de lengua alemana que se negó a firmar la petición promovida por Max Lieberman de apoyo a Alemania en la contienda. Pero la experiencia de Herzl, que no ignoraba la radicalidad de la judeofobia rusa y polaca, fue más variada: de hecho, sufrió discriminación en el Imperio Austro-Húngaro, y su definitiva toma de conciencia tuvo lugar en París, ante las manifestaciones populares antisemitas por el caso Dreyfus.

Palestina

La conclusión fue que los judíos debían abandonar Europa y procurarse un hogar nacional. Pero este hogar no tenía por qué ser el Israel histórico: se exploraron muchas posibilidades para un proyecto de "inmigración y compra de territorio": Argentina y otros lugares tan poco concebibles hoy como Uganda. Dice Isaac Bashevis Singer que Herzl murió "siendo un convencido ugandista"[1].

El barón Moritz von Hirsch auf Gereuth (1831-1896), por ejemplo, fomentó la emigración a la Argentina mediante colonias en zonas acordadas con las autoridades locales, de las que quedan profundas y meritorias huellas en las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires, a la vez que promovía la compra de terrenos y el establecimiento de colonias agrícolas en Palestina. La Palestina que entonces existía poco tenía que ver con la actual: era un desierto y formaba parte del Imperio Otomano.

Diversos viajeros, en su mayoría ilustres, dejaron constancia de ello a lo largo de los siglos.

En 1590 un "simple visitante inglés" en Jerusalem escribió:

Nada allí es interesante, excepto parte de las viejas murallas que aún permanecen, todo el resto es matas, espinos y cardos[2].

En 1844, en De Jaffa a Jerusalem, William Thackeray anotó:

Luego entramos en el distrito montañoso, y nuestros pasos se sentían sobre el lecho seco de un antiguo torrente, cuyas aguas deben de haber sido abundantes en el pasado, así como la tenaz y turbulenta raza que una vez habitó esos salvajes montes. Debe de haber existido algún cultivo unos dos mil años atrás. Las montañas, o grandes montes rocosos que circundan este pasaje rústico, tienen crestas sobre sus laderas hasta la cima; en estas terrazas paralelas hay aún algo de suelo verde: cuando el agua fluía aquí, y el país era habitado por esa extraordinaria población que, según las Sacras Historias, era numerosa en la región, estas terrazas de montaña deben de haber sido jardines y viñedos, como los que vemos hoy a lo largo de las costas del Rin. Ahora el distrito es completamente desértico, y se lo recorre entre lo que parecen haber sido muchas cascadas petrificadas. No vimos animales en aquel paisaje rocoso; escasamente una docena de pequeñas aves durante todo el recorrido[3].

En 1857 el cónsul británico James Finn escribió:

El país está considerablemente despoblado de habitantes y por lo tanto su mayor necesidad es de presencia humana[4].

Diez años más tarde, Mark Twain escribirá, en The Innocents Abroad (Guía para viajeros inocentes):

No hay ni una aldea solitaria a través de toda la extensión [del valle de Jezreel, en Galilea]; no por treinta millas en cualquier dirección (...) Uno puede recorrer diez millas en la región sin ver un alma viva. Para experimentar el tipo de soledad que causa tristeza, ven a Galilea (...) Nazaret es abandono (...) Jericó yace en desolada ruina (...) Bethlehem [Belén] y Bethania, en su pobreza y humillación (...) desposeídas de toda criatura viviente (...) Una región desolada cuyo suelo es rico, pero completamente despojado de todo (...) una expansión silenciosa, lúgubre (...) una desolación (...) Nunca vimos un ser humano en todo el recorrido (...) Difícilmente se ve un árbol o un arbusto en algún lado. Incluso el olivo y el cactus, aquellos amigos del suelo árido e indigno, han desertado (...) Palestina yace en silicio y cenizas (...) desolada[5].

Y en fecha tan tardía como 1913 un informe británico explicita:

El área era despoblada y permanecía económicamente muerta hasta la llegada de los primeros pioneros sionistas en la década de 1880, que vinieron a reconstruir la Tierra Judía. El país ha seguido siendo "la Tierra Santa" en la conciencia religiosa e histórica de la humanidad, que la relaciona con la Biblia y la historia del pueblo judío. El desarrollo del país producido por los judíos ha atraído también gran número de otros inmigrantes, judíos y árabes. La ruta que va desde Gaza hacia el norte era sólo un camino usado en el verano apropiado para camellos y carros... Las casas eran todas de barro. No se veían ventanas... Los arados que se usaban eran de madera... Las cosechas eran muy pobres... Las condiciones sanitarias en la aldea [Yabna] eran horribles... Las escuelas no existían... La tasa de mortalidad infantil era altísima... La parte occidental, hacia el mar, era prácticamente un desierto... Las aldeas en esta zona eran pocas y escasamente pobladas. Muchas ruinas de poblados dispersas en el área, porque, debido a la difusión de la malaria, muchas aldeas fueron abandonadas por sus habitantes[6].

La vida judía no se había interrumpido, sin embargo, en Jerusalem, cuando a finales del siglo XIX Herzl y otros iniciaron el proyecto sionista. Pero aquello era al principio un erial, que había permanecido deshabitado durante siglos. 

Desde luego, aquel espacio no había sido llamado Palestina por los árabes que lo poblaran, puesto que éstos no lo ocupaban de modo estable. El nombre de Palestina había sido impuesto por los romanos, por decisión del emperador Adriano, que reinó entre 117 y 138 e.c., en su afán de no dejar rastros del pasado, eliminando de los mapas Judea y tomando el nombre de los filisteos, que habían desaparecido entre finales del siglo V y principios del IV a.e.c. Para ellos, se trataba de un distrito de la provincia Siria. Y también para los otomanos.

Para que el hogar nacional judío pudiese finalmente establecerse en el lugar histórico del pueblo de Israel tuvieron que suceder tres cosas: el colapso del Imperio Otomano, la Gran Guerra y el crimen nazi, la Shoah, en el curso de la Segunda Guerra Mundial.

El Imperio Otomano

El Imperio Otomano, que dominaba todo el arco mediterráneo, desde Estambul, la antigua Constantinopla, en el extremo oriental de Europa, hasta el Magreb, había entrado en franca decadencia al perder la guerra de 1877-1878, contra Rusia, que le había costado mermas territoriales tan importantes como Bulgaria. Las naciones europeas, que tenían grandes inversiones en el territorio imperial, empezaron a presionar al gobierno turco en busca de soluciones para las minorías religiosas: cristianos ortodoxos, armenios, maronitas y judíos. Gran Bretaña era la potencia que más se había empeñado en la protección de los judíos. Era una forma de quedar bien sin grandes costes y de debilitar el poder otomano: el imperio se había consolidado, ya en el siglo XIII, a partir de una férrea unidad religiosa y la sumisión de los miembros de confesiones no islámicas. Alemania tenía una actitud mucho más directa: sus intereses eran puramente económicos. El Imperio Austrohúngaro, por su parte, aspiraba al control de los Balcanes. Grecia alimentaba los independentismos cretense y chipriota, y hasta Italia, la más débil de las naciones europeas, se internaría como colonizador en las posesiones turcas de la actual Libia, aunque en fecha tan tardía como 1911, cuando la decadencia otomana era imparable.

En 1906, en Salónica, ciudad griega que estuvo en manos de Turquía hasta la guerra balcánica de 1912, se creó un partido llamado de los Jóvenes Turcos. Este grupo, del que salió Kemal Ataturk, el gran reformador y padre de la Turquía moderna, que ahora retrocede, al parecer inevitablemente, hacia el islamismo tradicional, acabó por dar un golpe de estado en 1908, con notable apoyo de las élites intelectuales. El nacimiento del partido en Salónica, y la formación allí de aquellos jóvenes oficiales, no fue un hecho accidental: esa ciudad griega era la única de la Diáspora hebrea con mayoría de población judía, y este dato, en términos culturales, fue decisivo, como el propio Ataturk diría años más tarde, en conversación privada, a una amiga, la entonces desconocida actriz húngara Zsa Zsa Gabor, hija de un diplomático destinado en Estambul.

El golpe de estado de los Jóvenes Turcos no produjo de inmediato más que el derrocamiento del sultán Abdul Hamid, pero no el final del sultanato, que fue sustituido definitivamente por la república sólo en 1922.

La Gran Guerra

Por eso fue prematuro y hasta absurdo que el primer ministro británico Herbert Asquith dijera, el 9 de noviembre de 1914, en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, que el imperio turco se había "suicidado", en alusión la alianza de los otomanos con Alemania. El káiser Guillermo II, que hasta entonces había alentado el proyecto sionista, no por convicciones liberales ni porque creyera en el derecho de los judíos a tener su propio Estado, sino porque veía en ello la posibilidad de librarse de los hebreos de Alemania, por los cuales no sentía simpatía alguna, no podía insistir en esa línea cuando se trataba de un territorio nominalmente perteneciente a su nuevo socio. Esto, a pesar de Liberman y otros judíos germanófilos y antirrusos, echó al pueblo judío en los brazos de los Aliados, en especial de los británicos.

Los Estados Unidos de América entraron en la guerra en abril de 1917. El 8 de enero de 1918, en el Congreso, el presidente Woodrow Wilson presentó sus célebres Catorce Puntos, en los que exponía en forma ordenada los objetivos bélicos de su país, que fueron sólo parcialmente atendidos y respetados por los Aliados una vez finalizada la contienda. El punto 12 afectaba directamente al destino de Palestina: "Seguridad de desarrollo autónomo de las nacionalidades no turcas del Imperio Otomano, y el Estrecho de los Dardanelos libre para toda clase de barcos".

Pero eso sólo venía a complementar un documento previo, de singular importancia en la historia del Israel moderno: la Declaración Balfour, que, a pesar de que Gran Bretaña dilatara posteriormente su plena aplicación, comprometió la política de esa nación y finalmente contribuyó a sostener los derechos israelíes.

Gran Bretaña no tuvo una posición constante a lo largo de la Gran Guerra en relación con Medio Oriente, en buena medida porque los Aliados no tuvieron el triunfo asegurado hasta 1917, cuando entró en escena Estados Unidos. Es cierto que también se retiró unilateralmente una Rusia en crisis, con una revolución en marcha, alentada por Alemania, que dejó pasar por su territorio a Lenin con el compromiso de una paz separada, con la intención de quitarse de encima los problemas que le ocasionaba el frente oriental. Pero Rusia era un problema menor para las Potencias Centrales, comparado con el que representaban los americanos. No obstante, mientras las cosas no iban tan bien como era de esperar, británicos y franceses se repartían por anticipado el botín, que en Medio Oriente se dividiría en partes iguales entre ellos. De eso daba fe el Tratado Sykes-Picot, firmado en 1916, mientras, a la vez, Gran Bretaña prometía en secreto a Hussein, jerife de La Meca, rey del Hiyaz y jefe de la Rebelión Árabe, la constitución de un gran Estado Árabe que abarcaría desde la actual Siria hasta la actual Jordania, y que incluía Palestina.

Entre tanto, el sionismo no descansaba en ninguno de los dos lados de la frontera. A pesar de la entente entre el káiser y el sultán turco Mehmet V, la Organización Sionista Mundial siguió teniendo su sede en Berlín, y sus miembros mantuvieron la ilusión de que Alemania podría finalmente, si ganaba la guerra, influir en Turquía para que les fuera concedida Palestina, a pesar de que todas las pruebas acumuladas hasta entonces inducían a pensar lo contrario.

En Gran Bretaña, los sionistas presionaban sobre el gobierno, sobre todo Jaim Weizmann, que tenía excelentes relaciones con el mundo oficial. El que sería primer presidente de Israel fue uno de los actores principales de la negociación que culminó con la Declaración Balfour. En Francia se dedicaba a la misma tarea Nahum Sokolov. La idea que fundaba su acción política era sencilla y creíble: en los Estados Unidos había una comunidad judía organizada, importante en número y en influencia, y ésta estaba en condiciones de movilizar en un momento dado al, en principio, no intervencionista presidente Wilson en el sentido de participar en la guerra europea, del lado de los Aliados.

Francia, a instancias de Sokolov, cedió a la propuesta sionista el 4 de junio de 1917, cuando el ministerio francés de Relaciones Exteriores produjo la llamada Declaracion Cambon, que no pasaba de expresar "simpatía" por un posible "renacimiento" de la nación judía. Pierre Paul Cambon, viejo dreyfusard, que sí estimaba en su verdadero valor al pueblo judío, era a la sazón embajador en Londres y estaba también en contacto con Weizmann.

Francia fue la primera en reaccionar a las sugerencias sionistas. El 4 de junio de 1917 el Ministerio de Asuntos Exteriores redactó una declaración (la Declaración Cambon) que expresaba la simpatía del Gobierno francés hacia la colonización judía en Palestina y hacia un eventual "renacimiento de la nacionalidad judía" bajo la protección aliada. Lo que demoró cinco meses el pronunciamiento británico sobre la cuestión fue la posibilidad de no tener que negociar con Francia, puesto que el mariscal Lord Edmund Allenby estaba combatiendo en la región, con serias posibilidades de éxito. Allenby, que sería después de la guerra alto comisionado en Egipto, en efecto, entró en Jerusalem el 9 de diciembre de 1917, pero su victoria era segura ya el 2 de noviembre, cuando se firmó la Declaración Balfour.

Arthur James Balfour era secretario del Foreign Office, y la declaración, que no es en esencia más que una sencilla carta dirigida al barón Lionel Rothschild, tuvo una serie de borradores y fue consensuada con el gobierno de los Estados Unidos, que había entrado en la guerra en abril de aquel año.

El texto de la carta era el siguiente:

Foreign Office,
2 de noviembre de 1917.
Estimado Lord Rothschild:

Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él.

"El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y dedicará sus mejores esfuerzos a facilitar la realización de este objetivo, en el bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país".

Le quedaría agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,
Arthur James Balfour.

Cuando se firmó el Tratado de Sèvres, sobre los acuerdos de paz entre Gran Bretaña y Turquía, esta carta se incorporó a los mismos, relacionándola con el mandato británico sobre Palestina.

En realidad, la declaración era vaga en cuanto al territorio llamado Palestina y a la idea de "hogar nacional judío", que no se denominaba "Estado", mientras sí era aceptado como tal el Estado Árabe de Hussein. De todos modos, no se tomó decisión alguna hasta 1920, cuando el mandato fue un hecho. El 3 de enero de 1919 Faisal, hijo y sucesor de Hussein como líder de la Rebelión Árabe, ahora promotor del Estado Árabe, firmó en Damasco un acuerdo con Jaim Weizmann, en el que se reconocía el derecho de inmigración masiva de judíos a Palestina. Pero un año más tarde, en 1920, el Congreso Nacional Árabe, reunido en Damasco, estableció su propio dominio sobre la antigua Siria –que abarcaba Siria, Líbano, Jordania, Israel y los territorios palestinos actuales– y rechazó explícitamente las "pretensiones sionistas de convertir la parte sur de Siria, es decir, Palestina, en una commonwealth nacional para los israelitas". Se iniciaba así una espiral, aún no terminada, de contradicciones permanentes en los diversos discursos árabes respecto de Israel.

En 1922 Churchill, que toda su vida fue prosionista, eliminó cualquier impedimento legal, por parte británica, para la inmigración judía masiva a Palestina. Y la nación hebrea empezó a organizarse en función de esa realidad, creando partidos políticos, sindicatos y movimientos armados clandestinos, tanto en previsión de las dificultades que podrían crear los árabes como de un demasiado prolongado mandato británico en la región. Churchill sabía perfectamente de qué se trataba, y estaba en contacto con Weizmann. Los grandes referentes de la época, que no era tanto la de la creación del Estado –aún no era políticamente posible– como la de la composición de un entramado sociopolítico nacional, fueron Weizmann, Zeev Jabotinsky y David Ben Gurión.

El goteo de inmigrantes en Palestina fue lento: 34.000 en 1934, 62.000 en 1935. Lord Peel, que dirigía una comisión británica, recomendó en 1937, ante las presiones árabes, no superar los 12.000 anuales, además de limitar la compra de tierras. Peel propuso entonces por primera la vez la idea de la partición del territorio, aunque no exactamente la misma que se impondría el 1947: logró como respuesta, en 1937, una nueva rebelión árabe. En 1938, la conferencia panárabe de El Cairo acordó impedir el desarrollo de un Estado sionista en la región. Y en 1939 Gran Bretaña decidió, presionada, que podrían aceptarse 75.000 judíos más en cinco años.

La Segunda Guerra Mundial y el crimen nazi

No corresponde extenderse aquí sobre el desarrollo casi inabarcable de la Segunda Guerra Mundial, pero sí hay que decir dos cosas fundamentales: que la provocó Alemania y que, por única vez en la historia, no fue el antisemitismo, que había prosperado más o menos en distintas épocas y países, sino la aniquilación de los judíos de Europa una de las principales políticas del Estado, y sin duda la más exitosa de cuantas se aplicaron en el III Reich. La guerra en sí fue para los alemanes, masivamente involucrados en el delirio de Adolf Hitler, un fracaso rotundo. Ni se realizó el proyecto de dominar toda Europa, del Atlántico a los Urales, incluidas Gran Bretaña e Irlanda, ni logró el Führer mostrar en la práctica la superioridad de la raza aria. Para él, la derrota no era otra que la de los arios.

Hitler dictó la llamada Orden de Nerón el 19 de marzo de 1945:

Deben ser destruidas todas las instalaciones militares, de transporte, comunicación, industria y abastecimiento, así como cualesquiera bienes en el territorio del Reich que el enemigo pueda de alguna manera aprovechar, inmediatamente o a corto plazo, para continuar su lucha[7].

Albert Speer registró una suerte de explicación que el Führer le proporcionó entonces:

Si se pierde la guerra, el pueblo también estará perdido. No hace falta respetar las bases que el pueblo alemán necesita para sobrevivir en un estado del más absoluto primitivismo. Al contrario, es mejor destruirlas. Pues nuestro pueblo ha demostrado ser más débil, y el futuro pertenece exclusivamente al más fuerte, al pueblo del Este. Esta lucha sólo deja tras de sí seres inferiores, ya que los buenos han caído[8].

El 27 de noviembre de 1941 había dicho:

También sobre eso pienso con frialdad absoluta. Si llegara el día en que el pueblo alemán no fuese lo suficientemente fuerte y sacrificado como para entregar su propia sangre en aras de su existencia, prefiero que sucumba y sea exterminado por otra potencia más fuerte. Yo, por mi parte, no derramaré entonces una sola lágrima por el pueblo alemán[9].

Pero el odio final hacia su propio pueblo no alcanzó jamás, ni siquiera en la culminación de la rabia y el resentimiento, su odio primitivo y feroz hacia los judíos.

Nadie, y menos que nadie los judíos, podía creer en semejante aberración. Sólo algunos anticiparon el horror que sobrevendría. A pesar de las constantes agresiones y manifestaciones que fueron en aumento constante a partir de 1920 y hasta 1939, para esta última fecha solo 80.000 judíos, de los 400.000 que formaban parte de la población de Alemania, es decir, apenas un veinte por ciento, habían abandonado el país. En el resto de Europa el éxodo no fue mayor. Pero hay que decir que influyó en ello el hecho de que los países democráticos de Occidente no fueran generosos a la hora de acogerlos, y el que muchos de los que pretendían huir se encontraran con que no tenía adónde ir.

Goebbels, conociendo muy bien ese aspecto de la realidad, preparó a conciencia la operación Saint Louis, para demostrar al mundo que Alemania estaba dispuesta a "permitir el libre movimiento de los judíos que lo deseasen y, al mismo tiempo, poner en evidencia la negativa de los países democráticos a recibirlos", como escribe Margalit Bejarano, profesora de la Universidad Hebrea de Jerusalem, en su libro La historia del buque St. Louis: La perspectiva cubana. De más está decirlo, Goebbels consiguió sus objetivos, debido a lo cual la peripecia del St. Louis pasó a ser un episodio vergonzoso en la historia de Occidente que no se menciona en los manuales oficiales. Tras una peripecia desalentadora en aguas del Caribe, donde los pasajeros no fueron aceptados en ningún puerto, en primer lugar el de La Habana, al que se dirigían al principio, el barco terminó regresando a Hamburgo. Muchos de esos candidatos a la salvación, que habían tocado el cielo con las manos por un instante y habían cruzado dos veces el Atlántico, murieron finalmente en los lager. Corría el año 1939 y para entonces había una conciencia bastante más profunda que una década antes.

En 1937 Zeev Jabotinsky (1880-1940), uno de los padres fundadores del Estado de Israel y creador del Irgún, el ejército clandestino judío que luchó contra el poder británico en Palestina, que murió sin haber visto la realización de sus ideales, había pedido a Gran Bretaña que facilitara una vía de escape para los judíos europeos, insistiendo en que únicamente un hogar nacional judío garantizaría su supervivencia. Jabotinsky veía con toda claridad lo que vendría una vez lanzados los nazis a beber toda la sangre que les apeteciera. "No se trata del antisemitismo de los hombres", dijo. "Se trata sobre todo del antisemitismo de las cosas, la xenofobia inherente al cuerpo social o al cuerpo económico, por la que padecemos".

Pero ni el saber lo que en realidad estaba ocurriendo contribuía realmente a resolver el problema. El resultado fue que en el curso de la guerra fueron aniquilados, en campos de concentración, de trabajos forzados y de exterminio, seis millones de hebreos. Cuando la guerra terminó y se despejaron todas las dudas a ese respecto –el negacionismo no es una corriente historiográfica, sino un producto propagandístico de los antisemitas–, el mundo, con las lamentables excepciones de siempre, comprendió –probablemente con algo de culpa y un deseo de reparar rápidamente para olvidar el problema– que la humanidad en su conjunto, por acción u omisión, era responsable del Holocausto. Los alemanes, los polacos, los austriacos, los checos, los húngaros –en menor medida–, los croatas, hasta los franceses, masivamente colaboracionistas, responsables por acción directa, por haber alojado campos, o delatado judíos, o hecho la vista gorda. Pero también líderes aliados, como por ejemplo Roosevelt, con sus cupos de inmigración, que dejaron fuera a tanta gente. Y países neutrales que también habían negado protección y refugio a muchos miles.

La mala conciencia general fue un impulso importante para la creación del Estado por el que muchos venían luchando en Palestina. Incluso contra los británicos, o sobre todo contra los británicos. Ben Gurión era muy consciente del conflicto durante la guerra, y había hablado sobre la necesidad de separar políticamente las dos realidades: todo junto a Gran Bretaña en Europa, y lo que fuese necesario en contra de ella en Palestina. Por eso no era tan sencillo el problema, aparentemente resuelto, del apoyo al proyecto nacional judío por parte británica. Y si bien en 1945 todo parecía apuntar a un inmediato reconocimiento de Estado, dado, sobre todo, el vuelco en la opinión pública mundial, la independencia no se pudo proclamar hasta 1948.

La creación del Estado de Israel

Tras la Gran Guerra de 1914-1918 y los acuerdos que siguieron, Palestina había quedado bajo mandato británico. De hecho, los ingleses tenían la zona en su poder desde 1917, pero la Sociedad de las Naciones, creada a mediados de 1919 por el Tratado de Versalles, no oficializó esa situación hasta 1922. Al principio abarcaba lo que hoy es Israel, Jordania y los territorios palestinos. No obstante, Gran Bretaña separó casi inmediatamente la zona jordana, creando el emirato de Transjordania, bajo el gobierno de Abdalah I, como consecuencia de la Revuelta Árabe que tanto había costado. Lo que entonces quedó en disputa fue el territorio del actual Estado y los hoy llamados territorios palestinos. En disputa entre judíos y árabes. La totalidad de los árabes. Los palestinos no existían como tales por entonces.

En 1947 la Organización de las Naciones Unidas, sucesora de la Sociedad de las Naciones, decidió la liquidación del mandato británico. Y una comisión creada a tal efecto recomendó la partición de lo que quedaba de él tras el establecimiento del emirato transjordano, es decir, la Palestina occidental, en dos Estados, uno judío y otro árabe. En la propuesta, Jerusalem y sus alrededores eran designados, con carácter temporal, como zona internacional, al margen de los dos nuevos países.

De esa recomendación surgió la Resolución 181, comúnmente llamada Plan de Partición, no vinculante, como suelen ser los productos hipócritas de las grandes burocracias políticas, y que sometía la concreción del proyecto al acuerdo de árabes y judíos, algo que ya se sabía muy difícil. Para que al año siguiente Israel declarara su independencia y lograra que el Estado fuese reconocido por los países miembros de la ONU poco a poco hubo que librar una larga lucha, en el interior de Israel y, a la vez, en el plano diplomático. La célebre respuesta de la Liga Árabe, que no de los palestinos, fue que se negaba a aceptar el establecimiento de Israel, que se negaba a reconocer la partición e iba a echar a los judíos al mar.

Los países árabes denunciaron el plan ante la Asamblea General de la ONU en 1947, y Egipto, Siria, Irak, Arabia Saudí y otros votaron en contra de la Resolución 181, prometiendo oponerse a su desarrollo por la fuerza de las armas. Con eso bloqueaban el establecimiento del Estado hebreo sine die, dado el carácter no vinculante del Decreto de Partición.

Se hacía cada vez más evidente que la profecía de Jabotinsky era acertada:

Es imposible soñar con un acuerdo voluntario entre nosotros y los árabes... Cada nación autóctona combatirá a los colonos mientras tenga la esperanza de eliminarlos. Así se comportan y así se comportarán los árabes mientras haya en sus corazones la chispa de una esperanza en el sentido de que puedan impedir la transformación de Palestina en Eretz Israel.

Y añadía que "sólo un muro de hierro formado por bayonetas judías" podía obligar a los árabes a aceptarlo[10].

Fiel a la tradición racista que le había llevado a perpetrar la matanza de Hebrón de 1929 y otros pogromos masivos en años sucesivos, fiel a la vieja amistad que le había unido a Hitler y le había llevado a organizar para él la 13ª División de Montaña SS Handschar (favor devuelto por el Führer con el asesinato de 400.000 judíos que en principio iban a ser enviados a Palestina), en 1947 el muftí de Jerusalem, Amin el Husseini, tío de Arafat, dijo ante el comité especial de la ONU para Israel, oponiéndose al reconocimiento del Estado:

Una consideración adicional de gran importancia para el mundo árabe es la uniformidad racial. Los árabes vivieron en una amplia faja que se extiende desde el Mar Mediterráneo hasta el Océano Índico. Hablan una lengua y comparten historia, tradiciones y aspiraciones comunes. Su unidad fue el sólido fundamento para la paz en una de las más importantes y delicadas regiones del mundo. Por esta razón, no tiene sentido que las Naciones Unidas faciliten el establecimiento de una entidad extranjera en el interior de tan arraigada unidad[11].

La uniformidad racial era, como siempre, falsa, y, por supuesto, Husseini hablaba a conciencia de que en el llamado mundo árabe conviven muchas otras etnias y lenguas: véase el caso de Egipto, al que Nasser denominó República Árabe, donde conviven decenas de razas diferentes y hay una cantidad notable de nubios, etíopes, bereberes, bejas, etc., y donde no todos hablan el dialecto árabe oficial. El verdadero factor de unidad era y es el islam.

La Resolución 181, sin embargo, en su párrafo C, exige al Consejo de Seguridad que determine como "amenaza para la paz, ruptura de la paz o acto de agresión, de acuerdo con el Artículo 39 de la Carta [de la ONU], cualquier intento de alterar por la fuerza la colonización prevista por esta resolución". El gobierno británico de Palestina temía una escalada de violencia por parte de los árabes, cosa que sucedió y sigue sucediendo hasta hoy, con características distintas en cada época, pero a partir, sobre todo, de la fundación de Israel.

El mandato británico terminaba el 15 de mayo de 1948, coincidiendo con el Shabat, de modo que los dirigentes judíos decidieron adelantarse y declarar la independencia el día 14, viernes, a las cuatro de la tarde. La proclamación tuvo lugar en el Museo de Arte de Tel Aviv. Era imposible hacerlo en Jerusalem, que se hallaba, en ese momento, sitiada por soldados jordanos (transjordanos, en el lenguaje de la época), en el marco de la guerra que se estaba librando por la posesión de la que había sido declarada zona internacional. El acto fue austero. David Ben Gurión leyó el texto fundacional bajo un retrato de Teodoro Herzl flanqueado por dos banderas israelíes.

La Declaración de Independencia de Israel es igualmente sobria:

ERETZ ISRAEL fue la cuna del pueblo judío. Aquí se forjó su identidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí logró por primera vez su soberanía, creando valores culturales de significado nacional y universal, y legó al mundo el eterno Libro de los Libros.

Luego de haber sido exiliado por la fuerza de su tierra, el pueblo le guardó fidelidad durante toda su Dispersión y jamás cesó de orar y esperar su retorno a ella para la restauración de su libertad política.

Impulsados por este histórico y tradicional vínculo, los judíos procuraron en cada generación restablecerse en su patria ancestral. En los últimos decenios retornaron en masa. Pioneros, maapilim [judíos instalados ilegalmente en el territorio del Mandato] y defensores hicieron florecer el desierto, revivieron el idioma hebreo, construyeron ciudades y pueblos, y crearon una sociedad pujante, que controlaba su economía y su cultura propias, amante de la paz, pero capaz de defenderse a sí misma, portadora de las bendiciones del progreso para todos los habitantes del país, que aspira a la independencia y a la soberanía.

En el año de 5657 (1897), respondiendo al llamado del padre espiritual del Estado judío, Teodoro Herzl, se congregó el Primer Congreso Sionista, que proclamó el derecho del pueblo judío a la restauración nacional en su propio país.

Este derecho fue reconocido en la Declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917 y reafirmado en el mandato de la Liga de las Naciones que específicamente sancionó internacionalmente la conexión histórica entre el pueblo judío y Eretz Israel y el derecho del pueblo judío de reconstruir su Hogar Nacional.

La catástrofe que recientemente azotó al pueblo judío –la masacre de millones de judíos en Europa– fue otra clara demostración de la urgencia por resolver el problema de su falta de hogar, restableciendo en Eretz Israel el Estado Judío, que habrá de abrir las puertas de la patria de par en par a todo judío y conferirle al pueblo judío el estatus de miembro privilegiado en la familia de las naciones.

Sobrevivientes del holocausto nazi en Europa, como también judíos de otras partes del mundo, continuaron inmigrando a Eretz Israel, superando dificultades, restricciones y peligros, y nunca cesaron de exigir su derecho a una vida de dignidad, de libertad y de trabajo en su patria nacional.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la comunidad judía de este país contribuyó con todas sus energías en la lucha de las naciones amantes de la libertad y la paz en contra la iniquidad nazi, y la sangre derramada por sus soldados y el esfuerzo bélico desplegado le valieron el derecho de contarse entre los pueblos que fundaron las Naciones Unidas.

El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que disponía el establecimiento de un Estado judío en Eretz Israel. La Asamblea General requirió de los habitantes de Eretz Israel que tomaran en sus manos todas las medidas necesarias para la implementación de dicha resolución. Este reconocimiento por parte de las Naciones Unidas sobre el derecho del pueblo judío a establecer su propio Estado es irrevocable.

Este derecho es el derecho natural del pueblo judío de ser dueño de su propio destino, con todas las otras naciones, en un Estado soberano propio.

POR CONSIGUIENTE NOSOTROS, MIEMBROS DEL CONSEJO DEL PUEBLO, REPRESENTANTES DE LA COMUNIDAD JUDÍA DE ERETZ ISRAEL Y DEL MOVIMIENTO SIONISTA, ESTAMOS REUNIDOS AQUÍ EN EL DÍA DE LA TERMINACIÓN DEL MANDATO BRITÁNICO SOBRE ERETZ ISRAEL Y, EN VIRTUD DE NUESTRO DERECHO NATURAL E HISTÓRICO Y BASADOS EN LA RESOLUCIÓN DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS, PROCLAMAMOS EL ESTABLECIMIENTO DE UN ESTADO JUDÍO EN ERETZ ISRAEL, QUE SERÁ CONOCIDO COMO EL ESTADO DE ISRAEL.

DECLARAMOS que, desde el momento en que termina el Mandato, esta noche, víspera de Shabat, el 6 de iyar, 5708 (14 de mayo, 1948), y hasta el establecimiento de las autoridades electas y permanentes del Estado, de acuerdo con la constitución que habrá de ser adoptada por la Asamblea Constituyente, a ser elegida, a más tardar, el 1º de octubre de 1948, el Consejo del Pueblo actuará en calidad de Consejo Provisional del Estado y su brazo ejecutivo, la Administración del Pueblo, será el Gobierno Provisional del Estado judío, que se llamará "Israel".

EL ESTADO DE ISRAEL permanecerá abierto a la inmigración judía y el crisol de las diásporas; promoverá el desarrollo del país para el beneficio de todos sus habitantes; estará basado en los principios de libertad, justicia y paz, a la luz de las enseñanzas de los profetas de Israel; asegurará la completa igualdad de derechos políticos y sociales a todos sus habitantes sin diferencia de credo, raza o sexo; garantizará libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura; salvaguardará los Lugares Santos de todas las religiones; y será fiel a los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

EL ESTADO DE ISRAEL está dispuesto a cooperar con las agencias y representantes de las Naciones Unidas en la implementación de la resolución de la Asamblea General del 29 de noviembre de 1947, y tomará las medidas necesarias para lograr la unión económica de toda Eretz Israel.

APELAMOS a las Naciones Unidas para que asistan al pueblo judío en la construcción de su Estado y a admitir al Estado de Israel en la familia de las naciones.

EXHORTAMOS –aun en medio de la agresión sangrienta que es lanzada en contra nuestra desde hace meses– a los habitantes árabes del Estado de Israel a mantener la paz y participar en la construcción del Estado sobre la base de plenos derechos civiles y de una representación adecuada en todas sus instituciones provisionales y permanentes.

EXTENDEMOS nuestra mano a todos los Estados vecinos y a sus pueblos en una oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío soberano asentado en su tierra. El Estado de Israel está dispuesto a realizar su parte en el esfuerzo común por el progreso de todo el Medio Oriente.

HACEMOS un llamado a todo el pueblo judío en la diáspora para que se congregue en torno de los judíos de Eretz Israel y lo secunde en las tareas de inmigración y construcción, y estén juntos en la gran lucha por la materialización del sueño milenario: la redención de Israel.

PONIENDO NUESTRA FE EN EL TODOPODEROSO, COLOCAMOS NUESTRAS FIRMAS A ESTA PROCLAMACIÓN EN ESTA SESIÓN DEL CONSEJO PROVISIONAL DEL ESTADO, SOBRE EL SUELO DE LA PATRIA, EN LA CIUDAD DE TEL AVIV, EN ESTA VÍSPERA DE SÁBADO, EL QUINTO DÍA DE IYAR DE 5708 (14 DE MAYO DE 1948)[12].

Así nacía el Estado, y así vive aún Israel: con serena severidad y rodeado por un mar de enemigos. Todavía no existía la entidad denominada posteriormente Palestina, en este momento en una profunda crisis interna, sino el conjunto del mundo árabe.

En 1969 Golda Meir declaraba:

No existe el pueblo palestino... No se trata de que nosotros hayamos llegado y los hayamos expulsado y tomado su territorio[13].

En 1970 Arafat explicó a la periodista italiana Oriana Fallaci:

La cuestión de las fronteras no nos interesa (...) Desde el punto de vista árabe, Palestina no es más que una gota en un enorme océano. Nuestra nación es la nación árabe, que se extiende desde el Océano Atlántico [sic] hasta el Mar Rojo y más allá. La OLP combate a Israel en nombre del panarabismo. Lo que usted llama Jordania no es más que Palestina[14].

En 1977 Zahir Muhsein, portavoz y miembro de la dirección de la OLP en representación de la organización Al Saiqa, declaró en una entrevista con el diario holandésTrouw:

El pueblo palestino no existe. La creación de un Estado palestino es sólo un medio para proseguir nuestra lucha contra el Estado de Israel por nuestra unidad árabe. En realidad, actualmente no hay diferencias entre jordanos, palestinos, sirios y libaneses. Sólo por razones políticas y tácticas hablamos de la existencia de un pueblo palestino, puesto que los intereses nacionales árabes exigen que postulemos la existencia de un "pueblo palestino" diferenciado para oponerse al sionismo. Jordania, que es el Estado soberano que definió fronteras, no puede reclamar Haifa y Jaffa. En tanto que palestino, puedo sin duda reclamar Haifa, Jaffa, Beer-Sheva y Jerusalem. Sin embargo, desde el momento en que reclamamos nuestros derechos sobre toda Palestina, no perderemos un minuto en unir Palestina y Jordania[15].

El Estado de Israel, construido con sangre, dolor y esfuerzo, tiene el derecho histórico a existir en la tierra que vio nacer el judaísmo. Su creación fue obra de judíos. Su perduración depende de la humanidad.



[1] Bashevis Singer, Isaac, La muerte de Matusalén, Belacqva, Barcelona, 2006.
[2] Webbe, Gunner Edward, Palestine Exploration Fund, Quarterly Statement.
[3] Thackeray, William Makepeace, Notes on a Journey fron Cornhill to Gran Cairo, Collins Brown, Londres, 1991.
[4] James Finn: Byeways in Palestine, Adamant Media, Boston, 2002.
[5] Twain, Mark, Guía para viajeros inocentes, Ediciones del Viento, La Coruña, 2009.
[6] Informe de la British Royal Commision, 1913; en http://www.imninalu.net/myths-pals1.htm.
[7] Haffner, Sebastian, Anotaciones sobre Hitler, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2002.
[8] Ídem.
[9] Ídem.
[10] Jabotinsky, "On the iron wall", citado de Silver por Paul Johnson, La historia de los judíos, Javier Vergara, Buenos Aires, 1991.
[11] Archivos ONU. Varias entradas en la red.
[12] Declaración en versión española oficial, disponible en la página web del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel: http://www.mfa.gov.il/MFAES/MFAArchive/1900_1949/La%20Declaracion%20de%20Independencia%20de%20Israel.
[13] Golda Meir, declaraciones a The Sunday Times, 15 de junio de 1969.
[14] Oriana Fallaci, Entrevista con la Historia, Noguer, Barcelona, 1986.
[15] Citado por Geert Wilders en http://michelledastier.com/index.php/2010/12/07/2011-letat-palestinien-est-la-jordanie-un-discours-de-geert-wilders-parlementaire-neerlandais.

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