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La Ilustración Liberal

Reseñas

Höss

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Ahora están de moda los monólogos. Se trata de pequeñas piezas escénicas en las que un actor, generalmente sin más atrezzo que un micrófono y una banqueta, nos cuenta una historia jocosa, salpicada de anécdotas graciosas y de giros con los que ganarse la simpatía del público. El actor sabe por lo general calentar el ambiente, y de vez en cuando rompe el discurso con un chiste, con un golpe de risa que regala al auditorio.

En esta ocasión aparece ante nosotros un hombrecillo menudo, de aspecto intrascendente y con pinta de no albergar muchas luces en su cráneo medio pelado. Un mozo de almacén, creemos. O tal vez el propietario de una pequeña zapatería. Nadie que nos llame la atención si nos lo cruzamos en cualquier acera. El hombrecillo viste un uniforme gris con solapas negras, sin insignias ni distintivos. Tal vez sea un ordenanza de ministerio o el portero de un hotel con pretensiones, pensamos.

Sólo nos llama la atención que al fondo del escenario se proyecta la imagen de unas chimeneas altas que no paran de expulsar humo, un humo negrísimo, irregular, a veces cuajado de volutas.

Pensamos que, efectivamente, debe de ser el conserje de una gran factoría. El encargado de recibir a los visitantes y acomodarlos en la sala de espera, antes de conocer la gran cadena de producción de la fábrica.

El actor comienza a contarnos su vida. Se detiene poco en su infancia, expele un discurso sin párrafos, una sucesión de frases sueltas, de oraciones yuxtapuestas empalmadas por puntos y seguido. A partir base de cortos chispazos, de notas sueltas, e incapaz como es de crear metáfora alguna, pronto advertimos que en su infancia no aparece un solo destello de cariño, tampoco sentimientos profundos; tal vez algunas caricias a los animales de la granja familiar, unos baños en el arroyo cercano y ciertos desengaños propios de la edad. La muerte de sus padres no merece mayor atención que la pata rota de un perro ni mayor pasión que una pelea en el patio del colegio.

Nuestro monologuista nos cuenta que participó en la Primera Guerra Mundial siendo apenas un adolescente y que la visión de su primer compañero muerto le turbará tanto como todas los que habrían de venir después. El primer enemigo que abate ("mi primer muerto", le llama) parece romper el dique de una rutina homicida que jamás le abandonará.

Vuelto de una guerra perdida, sin patria, sin ejército, sin más familia que sus compañeros, se encuadra en los Freikorps que por aquellos años aullaron en las provincias del este.

Por uno de los crímenes que cometerá acabará en la cárcel (más o menos en los tiempos en que su admirado Adolfo purgaba su golpismo en Landsberg) y, aunque nuestro triste conserje de hotel barato no quiera detenerse mucho en ello, será allí donde pula sus virtudes criminales. Sus jefes –apenas de pasada nos cuenta que se afilió al partido nazi y se adscribió a las SS– bien pronto advierten que tienen un diamante en bruto entre las manos. Un tipo endurecido al que encomendar los más terribles trabajos: gestionaría cualquier enormidad con la misma eficacia con que un tornero rectificaría los cilindros de un motor: lo que importa es que luego funcione.

Tras su paso por Dachau (del que sólo recuerda algunas palizas a prisioneros recalcitrantes) y Sachsenhausen (donde apenas algunas ejecuciones sumarias en interés del Estado merecen reseña), nuestro ujier, ese hombre gris, recibe el encargo de su vida: poner en funcionamiento, en tiempo récord y con escasos medios, la mayor industria de muerte jamás levantada. Esto solo se le podía pedir a a una medianía, al hombre que nos narra con asombrosa ingenuidad el exterminio de millones de personas, al sujeto que expone con prosa administrativa cómo los Sonderkommando ofrecían juguetes a los niños para que no alborotasen mientras accedían a las duchas, cómo esos mismos juguetes formarán parte –junto con las vísceras de los niños y las entrañas de sus madres– de las volutas de humo que seguimos viendo al fondo del escenario.

Para entonces ya nos hemos dado cuenta de que el psicópata que tenemos delante no fue un simple ujier. Él era el comandante. El comandante de Auschwitz haciendo su postrera aparición en el escenario, para asombrarnos por última vez antes de desfilar hacia el cadalso.

Cuando el monólogo acaba, el comandante sólo piensa en sus hijos. ¿Qué será de ellos?

A nosotros nos cuesta reprimir la arcada.

Nota. El autor, Jürg Amann, dramatiza en este acre monólogo las notas deshilachadas que Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, escribió en su celda poco antes de ser ahorcado. Estas notas, que están disponibles en español en la autobiografía Yo, comandante de Auschwitz, publicada por Muchnik Editores en 1979, encogen el corazón tanto como el libro de Amann.

 

Jürg Amann, El Comandante, Libros del Atril, Barcerlona, 2011, 112 páginas

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