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La Ilustración Liberal

Varia

La biblioteca de un escéptico

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Probablemente los chamanes de las sectas en que se subdivide la religión psicoanalítica –en la que tampoco creo– atribuirán a oscuros traumas infantiles el hecho de que cuando pronuncio la palabra biblioteca piense automáticamente en la de mis padres, aunque me esté refiriendo a la mía. Pero es así, y nada puede importarme menos que ese diagnóstico arbitrario.

Recuerdo que me acercaba a aquella biblioteca, que se me antojaba inmensa, abría alternadamente sus cuatro puertas vidriadas y contemplaba los volúmenes con temor reverencial. A medida que iba creciendo, empecé a sacar algunos, siempre vigilado. Los de mi padre no los tocaba: eran tratados de ingeniería, hidráulica, física y matemáticas, propios de su carrera universitaria. Nunca me atrajeron, porque tengo una incapacidad innata para las ciencias exactas que aún me dura. Los restantes me fascinaban.

La mirada retrospectiva

Descartadas las novelas románticas de aquella época, precursoras inocentes de Corín Tellado, hojeé primero, y devoré después, las biografías de Fouché, María Estuardo y María Antonieta, que había escrito Stefan Zweig; y las de Napoleón y Lincoln, que había escrito Emil Ludwig. No me atreví a tocar los diez tomos del Juan Cristóbal ni los tres de El alma encantada, ambos de Romain Rolland, porque su magnitud me intimidaba, pero Babbitt, de Sinclair Lewis, me introdujo en los derroteros de la novela norteamericana que transité más tarde al descubrir otras obras de Lewis, John Steinbeck, John Dos Passos, Erskine Caldwell y el maravilloso J. D. Salinger. Confieso que no me quedó tiempo para Faulkner, Hemingway y Scott Fitzgerald. La literatura seria de ficción nunca fue mi fuerte, y ése es un vacío del que me avergüenzo.

Igualmente, mi infancia y adolescencia fueron enriquecidas por los autores propios de esas edades: Julio Verne, Mark Twain, Lewis Carroll, Alejandro Dumas, Arthur Conan Doyle, Edgar Wallace, Gaston Leroux. Siempre fui aficionado a las novelas policíacas, y esta afición se prolongó con los clásicos del género: S. S. Van Dine, Ellery Queen, Agatha Christie, John Dickson Carr... hasta llegar a los actuales, como Michael Connelly, John Connolly, Dennis Lehane o Val McDermid. Aunque me parece un fraude la moda de convertir la novela negra en un sucedáneo del realismo socialista para progres. Sólo es un entretenido pasatiempo. Y la mirada retrospectiva tampoco puede cerrarse sin mencionar la admiración que despertaron en mí autores de ciencia ficción como Ray Bradbury y de terror como H. P. Lovecraft, a los que incluso intenté imitar en algunos de mis cuentos.

Mi precoz militancia

Vuelvo a la biblioteca de mis padres. Un día cogí al azar un libro que, según me confesaron ellos más tarde, no sabían cómo ni por qué había llegado allí. Si lo hubieran visto, tal vez le habrían aplicado, contra su costumbre, un auto de fe, porque fue el que despertó en mí una pasión por la política que ellos nunca digirieron, y como consecuencia de la cual terminé expatriado en España. Su título, harto presuntuoso, era Política para intelectuales, y su autor, Julio R. Barcos, era un modesto inspector de escuelas seducido por un cóctel de populismo y anarquismo. Yo tenía doce o trece años y, después de leerlo, me convertí en un fervoroso partidario del derrocado y ya difunto presidente Hipólito Yrigoyen y de su partido, la Unión Cívica Radical, donde convivían, y conviven, el liberalismo y el susodicho populismo, enmarcados por el respeto a las instituciones democráticas. El hecho de que entonces gobernara el peronismo, con su típica impronta autoritaria, estimuló mi precoz militancia, que hoy evoco con nostalgia.

Fue entonces cuando empecé a armar mi propia biblioteca, atiborrada inicialmente de libros sobre el radicalismo y sus próceres, hasta que una tarde entré en la Biblioteca Juan B. Justo, en la Casa del Pueblo del Partido Socialista, en busca de textos de estudio para la escuela secundaria. Allí, con la ayuda del bibliotecario, descubrí un mundo nuevo: Voltaire, Rousseau, Montaigne, Stuart Mill, Tom Paine, Emile Zola, Anatole France. Algunos de esos autores me entusiasmaron hasta el punto de que empecé a incorporarlos a mi propia biblioteca, porque sentía la necesidad de releerlos y, sobre todo, de marcar y subrayar los pasajes que me parecían más ilustrativos, costumbre ésta que hoy conservo llevada al paroxismo. Así empezó a tomar cuerpo la biblioteca de un escéptico.

Un hecho trágico interrumpió aquel proceso de aprendizaje. Yo acababa de devolver a la biblioteca un ejemplar raro y valioso, en castellano, de La guerra de los dioses, de Évariste Parny, poeta francés libertino del siglo XVIII, émulo de Voltaire, que describía, en versos satíricos, el enfrentamiento entre los dioses de la antigüedad grecorromana y las figuras de la Trinidad cristiana. Pocos días después, el 15 de abril de 1953, las hordas peronistas obedecían la orden de su líder e incendiaban el comité central de la Unión Cívica Radical, el Jockey Club –donde ardieron los cuadros originales de Goya La Boda y El Huracán– y la Casa del Pueblo socialista, con los miles de libros de su biblioteca. Me dolió pensar que si hubiera retenido unos días más el libro de Parny, éste se habría salvado, y no descansé hasta encontrar y comprar mucho después, en París, un ejemplar en francés de 1804. Ahora existe una pulcra edición española, bilingüe e ilustrada, y traducida por Eduardo Moga (Robinbook, 2002).

Quemadas a fuego lento

Despojado por los bárbaros de aquella fuente de sabiduría, empecé a frecuentar las librerías de viejo en busca de los textos codiciados, muchos de los cuales aún conservo, junto a otros que heredé de mis padres. Uno de estos últimos es el Cándido de Voltaire, deliciosamente traducido por aquel genial afrancesado que fue el abate Marchena. Nunca termino de disfrutar con las aventuras y desventuras del pobre Cándido. Éste, guiado por la filosofía incorregiblemente optimista de su maestro Panglós, quien creía vivir en el mejor de los mundos posibles, deambula por Europa, África y América en busca de su amada Cunegunda. Repaso algunas de sus experiencias:

Pasado el terremoto que había destruido las tres cuartas partes de Lisboa, el más eficaz medio que ocurrió a los sabios del país para precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe, habiendo decidido la Universidad de Coimbra que el espectáculo de unas cuantas personas quemadas a fuego lento con toda solemnidad es infalible secreto para impedir los temblores de tierra (...) Cándido atónito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante, decía entre sí: si éste es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo serán los otros?

Le cuenta una vieja, sedicente hija del papa Urbano X y de la princesa de Palestrina, secuestrada por piratas:

Cuando llegamos corrían ríos de sangre por Marruecos; cada uno de los cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenía su partido aparte, lo cual componía cincuenta guerras civiles distintas de negros contra negros, de negros contra moros, de moros contra moros, de mulatos contra mulatos, y todo el ámbito del imperio era una continua carnicería (...) Finalmente, vi a todas nuestras italianas y a mi madre estropeadas, acribilladas de heridas y hechas tajadas por los monstruos que batallaban por su posesión; mis amigos cautivos, los que los habían capturado, soldados, marineros, negros, moros, blancos, mulatos, y mi capitán, en fin, todos fueron muertos, y yo quedé moribunda encima de un montón de cadáveres. Las mismas escenas se repetían, como es sabido, en un espacio de más de trescientas leguas, sin que nadie faltase a las cinco oraciones al día que manda Mahoma.

Cándido, Panglós y su comitiva van a consultar a un derviche que gozaba de la reputación de ser el mejor filósofo de Turquía. Habló Panglós por los demás y le dijo:

– Maestro, venimos a rogarte que nos digas para qué fue formado un animal tan extraño como el hombre.
– ¿Quién te mete en eso? –le dijo el derviche–. ¿Te importa para algo?
– Pero, reverendo padre, horribles males hay en la tierra.
– ¿Qué hace al caso que haya bienes o que haya males? Cuando envía Su Alteza un navío a Egipto, ¿se informa de si se hallan bien o mal los ratones que viajan en él?
– ¿Pues qué se ha de hacer? –dijo Panglós.
– Que te calles –respondió el derviche.
– Yo esperaba –dijo Panglós– discurrir con vos acerca de las causas y los efectos del mejor de los mundos, del origen del mal, de la naturaleza del alma y de la armonía preestablecida.

En respuesta les dio el derviche con la puerta en los hocicos.

Rumbo al patíbulo

Lecciones perdurables para el aprendiz de escéptico. Hubo más, mucho más. Tengo sobre mi mesa de trabajo La isla de los pingüinos, de Anatole France. Está manoseada, descuajaringada, con las hojas resecas y a punto de pulverizarse. Debo de haber releído y subrayado infinitas veces esta parodia de la historia de Francia. Le explica un veterano historiador a su discípulo:

Quien dice vecinos dice enemigos. Mira el campo lindante con mi propiedad: es del hombre a quien más odio en el mundo. Mis mayores enemigos, después de él, son los habitantes del pueblo próximo, que arraiga en la otra vertiente del valle, al pie de un bosque de álamos blancos. En el angosto valle, hundido entre montañas, no hay más que dos pueblos, y son enemigos. Cada vez que nuestros mozalbetes encuentran a los otros, se cruzan insultos y porrazos. ¡Cómo es posible que los pingüinos no sean enemigos de los marsuinos! ¿Ignoras lo que es el patriotismo? Constantemente asoman dos gritos a mis labios: "¡Vivan los pingüinos!". "¡Mueran los marsuinos!".

(...)

Las guerras seculares de los pingüinos y de los marsuinos llenan el fin de este periodo. Es muy difícil conocer la verdad acerca de tales guerras, no porque falten relatos, sino porque hay muchos; los cronistas marsuinos contradicen absolutamente a los cronistas pingüinos, y por añadidura los pingüinos se contradicen entre sí, de igual modo que los marsuinos.

A la parodia no le falta nada: ni la leyenda de Juana de Arco, ni la Revolución Francesa ni el caso Dreyfus. Pero es en Los dioses tienen sed donde Anatole France desmitifica la Revolución Francesa. El ciudadano Gamelin, inflexible prosélito de Maximiliano Robespierre, exclama:

No basta con un Tribunal revolucionario. Es preciso que haya uno en cada ciudad; aun más, uno en cada pueblo; es preciso que todos los padres de familia, que todos los ciudadanos se transformen en jueces. Cuando la nación se halla comprometida entre los cañones de los enemigos y los puñales de la traición, la indulgencia es un parricidio (...) La traición se asienta en los escaños de la Convención nacional; la traición forma parte, con un mapa en la mano, de los Consejos de Guerra que juzgan a nuestros generales. ¡La única salvación de la Patria está en la guillotina!

Mas cuando tanto Robespierre como su prosélito ya van rumbo al patíbulo, Gamelin formula una reflexión desprovista de arrepentimiento por los crímenes cometidos:

Muero porque lo merecí. Es justo que recibamos los ultrajes dirigidos a la República, ultrajes que debíamos evitar. Fuimos débiles, y la indulgencia nos convirtió en culpables. Por haber traicionado a la República merecemos castigo. Hasta Robespierre puro y santo, pecó por benignidad, por indulgencia. Sólo su martirio puede borrar sus faltas. Al seguir su ejemplo hice traición a la República. La República perece, y es justo que yo perezca también. ¿Quise ahorrar sangre? ¡Que mi sangre corra! ¡Lo merecí! ¡Lo merezco!

Fue al leer este libro cuando mi escepticismo se extendió también a la hasta entonces intocable Revolución Francesa. Sentimiento que se consolidó tras leer otro libro mucho más reciente: El pasado de una ilusión, de François Furet, donde queda al descubierto el cordón umbilical que unía a los antiguos devotos de la guillotina con los modernos verdugos leninistas, estalinistas, trotskistas y maoístas. Por cierto, en mi biblioteca también hubo, cuando era menos escéptico, libros de los divulgadores de las falacias del materialismo dialéctico, como George Politzer y el hoy fundamentalista islámico Roger Garaudy, pero después de uno de los muchos golpes militares que hubo en Argentina, con sus consiguientes requisas domiciliarias, los incineré, inexperto, en el váter. Aún me parece oír el crac que produjo la taza al quebrarse por la acción del fuego.

Jocundo e irreverente

Las enseñanzas del escéptico Anatole France se completaron, esta vez en un tono jocundo e irreverente, gracias a La rebelión de los ángeles, novela en que se apodera del mito de Lucifer, el ángel caído "portador de luz", para ofrecer su peculiar visión del mundo. Refiriéndose a "los afortunados griegos", Lucifer explica a su interlocutor:

Pronto elevaron la sabiduría y la belleza hasta un punto que ningún pueblo alcanzó antes y que nadie ha superado después. ¿Sabes, Arcadio, de dónde procede este prodigio único en la tierra? ¿Por qué causa el terreno sagrado de la Jonia y del Ática produjeron esa flor incomparable? Porque allí no hubo sacerdocio, ni dogma, ni revelación, y porque los griegos desconocían al Dios celoso. El heleno no tuvo más dioses que su genio y su natural belleza, y cuando alzaba sus ojos al cielo sólo veía reflejada en él su propia imagen. Concibiólo todo a su medida y dio a sus templos proporciones perfectas, con gracia, con armonía, con sobriedad, con acierto; aquellas obras dignas de los inmortales a quienes se consagraron y que bajo nombres oportunos, bajo formas precisas, representaban el genio del hombre. Las columnas que sostenían la carrera de mármol, el friso y la cornisa, eran venerables por su aspecto casi humano; y no era raro ver, como en Atenas y en Delfos, juveniles figuras femeninas, robustas y sonrientes, sosteniendo la cornisa de los tesoros y los santuarios. ¡Oh, esplendor, armonía, sapiencia!

Pero los precursores de los talibanes han librado, desde que el mundo es mundo, su encarnizada batalla contra el hedonismo y el escepticismo. He aquí un pasaje que conservo ostensiblemente subrayado como prueba de lo mucho que me impresionó desde que lo leí por primera vez:

No tardó en llegar, enviado por el Dios nuevo, un apóstol de la tristeza. Era enjuto y renegrido como un arenque, pero aun cuando le habían extenuado el ayuno y las vigilias, predicaba con ardor inextinguible no sé qué oscuros misterios. Amaba el sufrimiento y lo creía saludable; su cólera perseguía todo lo bello, todo lo carnal, todo lo alegre. Cayó el árbol sagrado a los golpes de su hacha. La hermosura de las Ninfas inspirábale aborrecimiento, y lanzaba imprecaciones contra ellas cuando al atardecer brillaban entre el follaje sus caderas redondas. También maldijo las armonías de mi flauta (...) Para vengarse, las ninfas se le aparecían de noche y le comunicaban un deseo abrasador que el insensato juzgaba criminal, y huían luego, desgranando por los campos su risa sonora mientras su víctima se retorcía como si ardiera su carne sobre el lecho de hojarasca.

Dudas corrosivas

Mi inmersión en el escepticismo se volvió más disciplinada gracias a las pacientes enseñanzas de mi amigo y maestro Julio Aníbal Portas, de quien me ocupé en dos colaboraciones para Libertad Digital: "Una lección inolvidable" y "Un indignado escéptico". Allí expliqué cómo Portas me acercó a las dudas corrosivas que alimentaban, no sólo sobre los dioses, sino principalmente sobre la naturaleza humana, el iconoclasta norteamericano Henry Louis Mencken y el implacable desmitificador rumano, residente en Francia, Emil M. Cioran. En la segunda de esas colaboraciones cité varias reflexiones sabias de Cioran. Aquí agregaré, como botón de muestra, una de Mencken, escrita en 1918 y tomada de Prontuario de la estupidez humana (Alcor, 1992):

La vieja idea antropocéntrica de que la vida de todo el universo gira en torno de la vida del hombre, de que la existencia humana es la suprema expresión del proceso cósmico, parece encaminarse felizmente hacia el infierno donde moran los delirios desbaratados. El hecho es que cuanto más se estudia la vida del hombre a la luz de la biología general, más desprovista parece de trascendencia. La raza humana, que otrora pasaba por ser la preocupación capital y la obra maestra de los dioses, empieza a asumir ahora el aspecto de un subproducto casual de sus gigantescas, inescrutables y probablemente absurdas actividades.

El herrero que forja una herradura genera algo casi igualmente luminoso y enigmático: la lluvia de chispas. Pero como sabemos, su mirada y su pensamiento no están fijos en las chispas, sino en la herradura. Las chispas son, en verdad, una especie de enfermedad de la herradura: existen merced a una pérdida de su materia. De igual modo, el hombre es quizás una enfermedad local del cosmos, una especie de eczema o de uretritis pestífera. Hay, claro está, distintas clases de eczema, y así también hay distintos grados de hombres. Sin duda un cosmos afligido por una simple infección de Beethovens no consideraría necesario llamar al médico. Pero un cosmos plagado de socialistas, escoceses y corredores de Bolsa debe de sufrir espantosamente.

De Mencken salté, en el tiempo, a Cioran, y éste pasó a ser vecino, en mi biblioteca, de otros campeones del escepticismo, el librepensamiento y el racionalismo. En sus anaqueles conviven los libros de Albert Camus, Hannah Arendt, Isaiah Berlin, Sidney Hook, Tzvetan Todorov, Fernando Savater y el argentino cada día más lúcido, en su enfrentamiento con el irracionalismo peronista, Juan José Sebreli. Bertrand Russell me da lecciones, precisamente, de librepensamiento (Sobre Dios y la religión, Alcor 1992):

¿De qué está libre el librepensador? Para ser digno de ese nombre debe estar libre de dos cosas: la fuerza de la tradición y la tiranía de sus propias pasiones (...) La libertad que busca el librepensador no es la libertad absoluta de la anarquía, sino libertad dentro de la ley intelectual. No se inclinará ante la autoridad de otros ni cederá a sus propios deseos, sino que se someterá a la evidencia. Si se le demuestra que está equivocado cambiará de opinión; si se le facilita un nuevo hecho, abandonará, si es preciso, incluso sus teorías más preciadas.

El súmmum

Finalmente, la síntesis de las ideas que me nutren desde aquella lejana toma de contacto con Voltaire y Anatole France, y que fueron reforzadas por todos los autores aquí citados, y muchos más, se encuentra en un volumen que ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca: La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper (Paidós, 2010). En él se marca nítidamente el camino que lleva del escepticismo, pasando por el librepensamiento, a la meta del racionalismo crítico:

Podríamos decir, entonces, que el racionalismo es una actitud en que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos y a aprender de la experiencia. Fundamentalmente consiste en admitir que "yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón y, con un esfuerzo, podemos acercarnos los dos a la verdad". En esta actitud no se desecha a la ligera la esperanza de llegar, mediante la argumentación y la observación cuidadosa, a algún tipo de acuerdo con respecto a múltiples problemas de importancia, y aun cuando las exigencias e intereses de unos y otros puedan hallarse en conflicto, a menudo es posible razonar los distintos puntos de vista y llegar –quizá mediante el arbitraje– a una transacción que, gracias a su equidad, resulta aceptable para la mayoría, si no para todos. En resumen, la actitud racionalista o, como quizá pudiera llamarse, la "actitud de la razonabilidad" es muy semejante a la actitud científica, a la creencia de que en la búsqueda de la verdad necesitamos cooperación y que, con la ayuda del raciocinio, podremos alcanzar, con el tiempo, algo de objetividad.

Bajemos ahora de las nubes, o de los estantes de la biblioteca, y preguntémonos: ¿se aplica esto, y sobre todo la última exhortación de Popper, a la realidad actual de España? Una respuesta afirmativa disiparía, en parte, mi añejo escepticismo. Y una reacción concreta, en el sentido propuesto por Popper, ya sería el súmmum.

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