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La Ilustración Liberal

América

La cruz y el fusil

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Al relatar su última entrevista con el poeta multilaureado y exteniente montonero Juan Gelman (Página 12, 2/2), el periodista y hagiógrafo del fenómeno kirchnerista Horacio Verbitsky desliza un detalle llamativo: Gelman lo llama afectuosamente "perro". El apodo tiene una explicación: este era el nombre de guerra que utilizaba Verbitsky cuando formaba parte del aparato de inteligencia del movimiento guerrillero Montoneros y por lo tanto no debe extrañar su uso entre camaradas nostálgicos. El Perro Verbitsky, que perdió el pelo pero no las mañas, volvió a reaccionar como un miembro eficaz del aparato de inteligencia revolucionario y, apenas se conoció la noticia de que el cardenal Jorge Mario Bergoglio había sido elegido Papa, se ensañó con él en una serie de artículos difamatorios, siempre en Página 12. El pecado de Bergoglio: no haber sido suficientemente solidario con la minoría de sacerdotes que, en los años de plomo, se alinearon junto a quienes luchaban con las armas en la mano por la "Patria socialista".

Alianza tenebrosa

La campaña difamatoria del Perro Verbitsky y otros colaboradores de la prensa kirchnerista coincidió con la inauguración, en pleno centro de Buenos Aires, de la efigie de uno de aquellos curas beligerantes, el padre Carlos Mugica, canonizado por la presidenta Cristina Fernández y sus cortesanos progres. Y chocó con la aparición de un libro desmitificador que revela los entresijos de aquella alianza tenebrosa entre la cruz y el fusil. Se trata de ¡Viva la sangre! (Sudamericana, 2013), del periodista Ceferino Reato.

Reato, investigador minucioso de las miserias del terrorismo setentista y de su antagonista represor, explora en este nuevo libro los orígenes de las formaciones guerrilleras de izquierda en la provincia de Córdoba, sin descuidar las raíces ultraderechistas e incluso nazis y fascistas de algunos de sus componentes. Y dedica un capítulo a "Hijos de Cristo y del Che", sustentado por testimonios y documentación de primera mano sobre la alianza entre la cruz y el fusil. El capítulo se abre con una cita muy oportuna del ya famoso y revelador “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” del Che Guevara, fechado el 16 de abril de 1967:

El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.

El escenario donde brota y se ramifica este movimiento insurreccional es la provincia de Córdoba, situada en el centro de la geografía argentina, con una clase alta heredera de rancias tradiciones coloniales y clericales que coexiste con una nutrida población estudiantil fiel, desde 1918, a una Reforma Universitaria de fuerte contenido laicista e inconformista. Allí se desarrolló, además, a partir de los años 1950, un polo industrial donde prosperaron los sindicatos más combativos.

Reato retrata a los protagonistas del alzamiento:

Los primeros montoneros cordobeses reflejan la trayectoria típica de tantos jóvenes de buena posición social que, a partir de un compromiso católico, se fueron convenciendo de que la lucha armada era la única salida para terminar con "la violencia de arriba" –de “la oligarquía”, “el imperialismo” y sus aliados– y liberar a “los explotados”, a los sectores populares que, por su lado, seguían teniendo una fe casi religiosa en Perón. Además, se hicieron peronistas, aunque en realidad fueron más bien evitistas: amaban a Eva Perón, la veneraban como una verdadera y perfecta revolucionaria, pero dudaban sobre la ideología, la coherencia y la valentía de Perón.

Por su lado, los jóvenes que desembocaron en el Ejército Revolucionario del Pueblo, los erpianos, tuvieron una evolución distinta: no partieron tanto del catolicismo como del marxismo o el radicalismo [el partido centrista Unión Cívica Radical].

Hubo puntos en común, como el clima de época, que suponía que el mundo marchaba al socialismo, impugnaba al imperialismo estadounidense y enfatizaba el impacto global de las guerras de liberación nacional en Asia y África, las enseñanzas de Mao Tse Tung y Ho Chi Minh y la onda expansiva en el continente de la Revolución Cubana y su icono guerrillero, Ernesto Che Guevara. Además, el Che se presentaba casi como un Cristo laico muy seductor, con sus teorías del hombre nuevo y del foco armado a partir del cual se podía incendiar el capitalismo.

En torno al capellán

Uno de los grupos fundadores de Montoneros, compuesto por alumnos del Liceo Militar General Paz, en Córdoba, se agrupó en torno al capellán de ese instituto, el cura Alberto Fulgencio Rojas, quien siguió adoctrinándolos, después de egresados, en el patio del Hogar Sacerdotal, que se conectaba con la parroquia universitaria Cristo Obrero, creada en 1968. Allí, otro de los interlocutores fue monseñor Enrique Angelelli, que "se hizo uno de nosotros", según le explicó a Reato el excura José Oreste Gaido, entonces integrante del grupo. En 1968 Angelelli fue designado obispo de La Rioja y en 1976 murió en un accidente de automóvil más que sospechoso cuando volvía de oficiar misa en memoria de dos sacerdotes asesinados.

Gaido, que dejó los hábitos en 1969 para casarse, le refirió a Reato que hubo "tres vertientes distintas que confluyeron en la lucha armada":

El Hogar Sacerdotal, con jóvenes más mesiánicos, ortodoxos, que desembocan en Montoneros. (…) En Cristo Obrero también se incuba un compromiso político que desemboca en la vía armada, no democrática, para tomar el poder, pero no con una presencia eclesiástica, como la anterior, sino cristiana individual. Algo parecido sucedió en la Universidad Católica Argentina, donde se vuelcan más al ERP: los más inteligentes para mí. A la UCA asistía lo más granado de la aristocracia cordobesa, y ahí surgió una vertiente que optó por la violencia, por la vía revolucionaria, con el argumento de que la violencia de arriba debía ser combatida con la violencia de abajo.

Reato destaca la influencia que ejerció sobre los futuros montoneros cordobeses la revista Cristianismo y Revolución, que el exseminarista Juan García Elorrio y su esposa Casiana Ahumada fundaron en 1966 con el propósito de reconciliar la militancia cristiana con la lucha armada. García Elorrio estaba muy influido por John William Cooke, un exdiputado peronista que, radicado en Cuba, se había convertido en el pope intelectual de los grupos subversivos. Agrega Reato:

La figura más inspiradora para García Elorrio y Cristianismo y Revolución fue Camilo Torres, un sociólogo y sacerdote colombiano que en 1965 colgó la sotana y se enroló en el grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional; fue muerto por una patrulla al poco tiempo de haber llegado al monte en las sierras de Santander, el 15 de febrero de 1966. (…) Tanto fue así que García Elorrio fundó el Comando Camilo Torres, que desembocaría en la fundación de Montoneros. (…) García Elorrio fue el puente para que se conocieran los jóvenes porteños y cordobeses que fundarían Montoneros.

La vía cruenta

Todos los vientos parecían soplar a favor de la alianza entre la cruz y el fusil. Reato subraya la radicalización de los curas rebeldes. En los primeros días de marzo de 1968 nació en Córdoba el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), con veintiún integrantes que representaban a trece diócesis. El crecimiento fue vertiginoso, ayudado por acontecimientos como la conferencia de obispos latinoamericanos celebrada en Medellín entre el 26 de agosto y el 7 de septiembre de 1968, donde la Iglesia asumió "la opción preferencial por los pobres". El obispo brasileño Helder Cámara manifestaba el deseo de ser "voz de los que no tienen voz”. Y el teólogo de la liberación Leonardo Boff, también brasileño, optaba por la vía cruenta:

La liberación no se realiza sin una ruptura que engendra crisis y conflictos. Esto no se presenta sin sufrimiento, sin dolor, sin muerte y sin derrumbamientos de un mundo opresor para que nazca otro más libre. La liberación, como se comprueba históricamente, nace de la sangre. Toda redención, como la de Cristo, se asienta en una alianza de sangre y de muerte.

Reato reproduce las dos coincidencias básicas a las que llegó el segundo encuentro nacional del MSTM, que también se celebró en un pueblo de Córdoba, con la asistencia de casi cien curas de veintiséis diócesis:

Firme adhesión al proceso revolucionario (tanto en el Tercer Mundo como en la Argentina), de cambio radical y urgente de sus estructuras.

Formal rechazo del sistema capitalista vigente y de todo tipo de imperialismo económico, político y cultural para marchar en búsqueda de un socialismo latinoamericano que promueva el advenimiento del Hombre Nuevo.

El periodista y escritor Gabriel Seisdedos, citado por Reato, informa de que en su momento de mayor esplendor los tercermundistas sumaron

más de quinientos sacerdotes, esto es, aproximadamente el diez por ciento del clero argentino en aquel momento, lo que cuantitativamente habla de la importancia que llegaron a tener como movimiento eclesial. (…) Sectores del movimiento tercermundista apoyaron a la guerrilla: una minoría de ellos llegó a integrarla y otros, a justificarla.

Reato cita las peripecias rocambolescas de uno de los sacerdotes que empuñaron las armas:

Entre los curas que participaron en la guerrilla se destaca el padre Jorge Adur, ex superior de la congregación asuncionista que, ya en la dictadura, en 1976, pudo salir del país por una gestión del nuncio Pío Laghi ante el jefe de la Armada, el almirante Emilio Massera. El propio Laghi lo llevó en auto hasta el avión en el que se embarcó. En el exilio, Adur asumió "la capellanía del Ejército Montonero respondiendo al pedido de su Comandancia", según explicó por carta en 1978.

Cachorros de terroristas

Las diferencias que separaban a los Montoneros de matriz peronista del ERP de matriz trotskista también afloraban en el MSTM. Martín de Biase reproduce en Entre dos fuegos. Vida y asesinato del padre Mugica (Ediciones de la Flor, 1998) un documento con dos opciones que se aprobó en el Cuarto Encuentro del MSTM, celebrado en 1971:

El movimiento peronista, revolucionario, con su fuerza masiva, con su experiencia de triunfo y de resistencia prolongada, con su nueva juventud, retoma la unidad y la combatividad que hicieron las grandes conquistas sociales argentinas y que llevarán necesariamente hacia la revolución que hará posible un socialismo original y latinoamericano.

Sin embargo, a continuación se aclaraba que esa convicción

no significa que depositemos nuestra confianza en quienes, utilizando el nombre de peronistas, pretenden embarcar al pueblo en otra de las trampas del sistema capitalista. Otros grupos revolucionarios de extracción no peronista acompañan también al pueblo trabajador en la profundización de su proceso de liberación.

Precisamente el libro de Martín de Biase nos acerca a esa figura paradigmática del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo que fue Carlos Mugica: aferrado a todos los dogmatismos –el católico, el peronista y el revolucionario–, estos terminaron colocándolo entre dos fuegos, hasta que fue asesinado en el apogeo de sus contradicciones.

Mugica era hijo de una familia patricia, con aspecto de galán de cine y una temprana vocación por el trabajo social y pastoral. Pero lo que marcó su vida y probablemente selló su trágico final fue el encuentro, en 1966, con Mario Eduardo Firmenich, Carlos Gustavo Ramus y Fernando Luis Abal Medina, futuros cabecillas de Montoneros y asesinos del expresidente teniente general Pedro Eugenio Aramburu. Mugica era asesor de la Juventud de Estudiantes Católicos (JEC) en el Colegio Nacional de Buenos Aires, un instituto de élite donde estudiaban los tres cachorros de terroristas, y el "cura rubio", como le llamaban, anudó una relación especial con ellos durante una misión rural en una zona donde se practicaba una inicua explotación de los trabajadores. Mugica transformó la labor evangelizadora en una campaña de activismo social y sus jóvenes acompañantes quedaron cautivados por su fuerte personalidad, su disciplina y su discurso justiciero.

A partir de entonces, sus vidas discurrieron por caminos paralelos que a menudo se entrecruzaban. Mugica se convirtió en una de las cabezas visibles del MSTM , pero sobre todo se consagraba, impulsado por su doble pasión evangelizadora y política, a organizar el Movimiento Villero Peronista. El MVP era en realidad uno de los órganos de superficie del Ejército Montonero, que lo utilizaba para hacer proselitismo, reclutar militantes y montar pisos francos y zulos en los barrios de chabolas. Y aunque los sermones de Mugica, cargados de retórica bíblica, subrayaban la necesidad de trocar las armas en arados, esto no le impedía convivir con las actividades subversivas de sus antiguos discípulos, convertidos ya en guerrilleros y terroristas sin escrúpulos. Si bien existen muchas versiones sobre las polémicas que Mugica y el capo montonero Firmenich mantenían en la intimidad, lo cierto es que la ruptura, que finalmente se produjo, quedó aplazada durante mucho tiempo. En ese lapso, Mugica también se empapó en el ideario de Cristianismo y Revolución.

Declaración abyecta

El 29 de mayo de 1970 un comando montonero secuestraba al expresidente teniente general Pedro Eugenio Aramburu. Tres días después, Fernando Luis Abal Medina lo asesinaba de un tiro en la cabeza, en el sótano de una estancia, mientras afuera Mario Firmenich golpeaba una llave inglesa contra un trozo de hierro para ocultar el ruido del disparo.

Ni el MSTM ni el padre Mugica salieron indemnes de este acto de barbarie. Se verificó que el padre Alberto Carbone, director de Enlace, publicación oficial del MSTM, guardaba en su habitación de la Casa del Clero la máquina de escribir de la que habían salido los comunicados sobre el secuestro y el asesinato. Según Carbone, su amigo Firmenich se la había confiado para que la guardara. El MSTM, a su vez, emitió una declaración abyecta sobre el asesinato. Martín de Biase refiere en su libro:

El mensaje causó una gran desilusión a quienes esperaban que el crimen fuera enérgicamente condenado. Los clérigos, haciendo gala de una absoluta falta de tacto, señalaban su disconformidad con Aramburu e igualaban su situación con la de otros militantes caídos.

Mugica se vio implicado más tarde. El 7 de septiembre de 1970 una patrulla policial intercambió disparos con varios terroristas cercados en un bar de la zona suburbana de Buenos Aires. En el tiroteo murieron Fernando Luis Abal Medina, el asesino de Aramburu, y Carlos Gustavo Ramus, propietario de la estancia donde lo habían tenido cautivo. Los sacerdotes Carlos Mugica y Hernán Benítez oficiaron una misa por los dos terroristas caídos y el contenido de sus sermones hizo que ambos fueran acusados de "apología del crimen e incitación a la violencia". La crónica del diario La Razón, cuya veracidad De Biase pone en duda, fue la que originó dicha acusación:

De acuerdo a lo expuesto por el vespertino, Mugica habría afirmado que los dos miembros de Montoneros "eligieron el camino más duro y difícil por la causa de la dignidad del hombre". Luego, habría elogiado a Ramus diciendo:"Fue fiel a Cristo, tuvo un amor concreto y real por los que sufren, se comprometió con la causa de la justicia, que es la de Dios (…) Es un ejemplo para la juventud, porque tenemos que luchar para alcanzar la sociedad justa y superar el mecanismo que quiere convertirnos en autómatas”.

Dado que las versiones de lo que ambos sacerdotes habían dicho eran contradictorias, los dos fueron absueltos "por falta de pruebas". Sin embargo, Richard Gillespie da por cierta la crónica del diario La Razón en su muy riguroso Soldados de Perón. Los Montoneros (Grijalbo, 1987). En cuanto al padre Hernán Benítez, podía esperarse cualquier cosa de él: había sido el confesor oficial de Eva Perón y terminó escribiendo en el semanario comunista Propósitos.

Lealtad inquebrantable al líder

El retorno de Juan Domingo Perón a la Presidencia fue el detonante de muchas crisis que todavía repercuten en el seno de la sociedad argentina. Y Carlos Mugica fue protagonista y víctima de una de ellas. Pero también fue protagonista de la ruptura del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que, imprevistamente, no estuvo relacionada con el peronismo ni con la guerrilla. En el Sexto Encuentro del MSTM que se celebró en 1973 la discusión giró en torno del celibato sacerdotal. El obispo de Avellaneda, Jerónimo Podestá, un prelado que desarrollaba un tenaz activismo social entre la población humilde de su diócesis sin necesidad de enrolarse en el MSTM, anunció su decisión de casarse. La división de opiniones en el MSTM fue radical y Mugica, que había hecho del rigor ascético una forma de vida, se declaró partidario inflexible del celibato. Recuerda De Biase:

En esta prosecución tumultuosa, llevaron la voz cantante especialmente Carlos Mugica, por los pro celibatarios, y Jerónimo Podestá, por quienes deseaban la revisión de esa práctica. La fuerte personalidad de ambos derivó en una agresión mutua y llevó la discusión a un punto sin retorno.

–Me parece, Carlos, que tenés una teología muy floja –le espetó Podestá a Mugica.

–Y a mí me parece que vos, Jerónimo, tenés una teología muy pelotuda –retrucó de inmediato el presbítero.

El MSTM estaba roto sin remedio.

Sin embargo, fue el retorno de Perón el que puso a prueba la lealtad inquebrantable de Mugica al líder en el que había depositado todas sus ilusiones de justicia y redención. No solo fue crítico con quienes se negaban a deponer las armas cuando el país parecía retomar el cauce de la normalidad institucional, sino que cometió la ingenuidad de aceptar una oferta para colaborar con el nuevo Gobierno. Nada menos que como asesor del Ministerio de Bienestar Social, donde campaba por sus fueros José López Rega, monje negro del matrimonio Perón y organizador de la Triple A, la mafia que, con el pretexto de combatir al terrorismo de izquierda, imponía su propio régimen de terror ultramontano. Los dos demonios no se daban tregua.

Sentencia de muerte

El padre Carlos Mugica había firmado su propia sentencia de muerte. Y al mismo tiempo dejó abierto un interrogante que continúa en pie: ¿quién asesinó a Mugica? ¿La Triple A o los Montoneros?

La colaboración de Mugica con el Ministerio de Bienestar Social solo duró tres meses, al cabo de los cuales renunció tras un duro choque personal con el despótico López Rega. Pero continuó defendiendo la política del ya senil presidente Perón, protector y rehén de López Rega, y siguió criticando a quienes se negaban a deponer las armas. Su decisión de obedecer al líder contra viento y marea repercutió en los órganos de superficie del Ejército Montonero, donde empezaron a aparecer fracciones que se distinguían por el rótulo Lealtad. Lealtad a Perón, por encima de todo. Así nacieron la Juventud Peronista Lealtad y el Movimiento Villero Peronista Lealtad, ceñido este último a la orientación de Mugica. Algunos observadores calcularon que la subversión perdió entre el 30 y el 50 por ciento de sus militantes tras esta ruptura. Algo que los capos montoneros no podían perdonar.

En su libro Entregado por nosotros (Sudamericana, 2014), Juan Manuel Duarte, profesor de historia y catequista villero desde hace casi dos décadas, recuerda:

Entre fines de 1973 y principios de 1974, el padre Mugica recibió ataques desde las filas de Montoneros y de los esbirros de José López Rega. En una especie de pacto tácito, las publicaciones propagandísticas cercanas a estos grupos opuestos, Militancia y El Caudillo, le recriminaron al sacerdote su origen: no provenía de las villas y su familia pertenecía a la clase alta.

Dada la trayectoria criminal de sus autores, estos ataques no auguraban nada bueno. La revista Militancia, que dirigían los abogados Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, enrolados ambos en el proyecto subversivo, tenía un espacio editorial titulado "Cárcel del pueblo" en homenaje a los reductos donde los guerrilleros mantenían cautivos a sus prisioneros. De Biase reproduce párrafos de la invectiva dedicada a Mugica en esa columna:

Trata de ser al mismo tiempo un conservador progresista, un oligarca popular, un cura humilde y bien publicitado, un revolucionario y defensor del sistema. Y así le va con el resultado (…) como si fuera un corcho, siempre flotando aunque cambie la corriente, montonereando en el pasado reciente, lopezrregueando sin empacho después del 20 de junio, Carlitos Mugica, cruzado del oportunismo, ha devenido en depurador ideológico.

De Biase también reproduce fragmentos de un editorial-amenaza a Mugica de la revista El Caudillo, órgano oficioso de la Triple A:

En tono condenatorio y descalificador, la publicación encaraba directamente a Mugica afirmando que "no anda por la vereda buena sino por la de enfrente", y que “hace tanto escombro en las villas que uno llega a preguntarse si usted, como dice, está al servicio de los pobres o tiene a los pobres a su servicio”. (…) En otro párrafo, se preguntaba a Mugica: “Desde que usted salió, se supone, a enseñarle el cristianismo a los bolches [comunistas], ¿los bolches se han hecho más cristianos o usted se ha hecho más bolche?

Sospechas repartidas

El 1 de mayo de 1974, durante un acto que se celebró en la Plaza de Mayo, Perón pronunció un discurso en el que calificó de "estúpidos imberbes" a los militantes revolucionarios que, mientras combatían por él, habían sido elevados a la categoría de “juventud maravillosa”. Los aludidos se retiraron en masa. Mugica, que estaba presente, no los acompañó. En cambio, entregó a Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, un artículo que debía aparecer en la edición dominical del 12 de mayo. Según De Biase,

Mugica señalaba en la nota que "hay quienes juzgan la presente coyuntura a partir de modelos ideológicos dependientes de una 'cultura ilustrada', que nos viene desde afuera, elitista y afín a nuestras clases medias intelectualizadas. Muchos otros, en cambio, atentos a la realidad histórica y global de nuestro pueblo, comprobamos la existencia de un largo y creciente proceso popular que, desde hace ya más de treinta años (…) mantiene su consistencia cada vez más masiva y su adhesión a un jefe en quien deposita su inquebrantable confianza".

A continuación, el sacerdote reiteraba su rechazo a la violencia revolucionaria, ya que "el pueblo se ha podido expresar libremente, se ha dado sus legítimas autoridades". La elección de aquella vía, entonces, “procede de grupos ultraminoritarios, políticamente desesperados y en abierta contradicción con el actual sentir y la expresa voluntad del pueblo”.

En consecuencia, concluía que la juventud se encontraba en "una encrucijada", consistente en “optar por la revolución nacional que se nutre de nuestra esencia cristiana y popular (…) o hacerlo por el socialismo dogmático, que niega la posesión de la verdad revolucionaria al pueblo para reservarla a una élite 'científica' o al partido”.

Carlos Mugica no pudo leer la versión impresa de su artículo. El sábado 11 de mayo de 1974, al salir de la iglesia San Francisco Solano, donde había oficiado la misa de las 19 horas, un hombre de bigote "achinado", según la descripción de varios testigos, lo llamó por su nombre y a continuación le disparó una ráfaga con una ametralladora 9 mm. Lo trasladaron, moribundo, a un hospital, donde, para decirlo con sus palabras, pasó a “la plenitud de la vida”.

Las sospechas sobre la autoría del asesinato se repartieron equitativamente entre Montoneros y la Triple A. Inicialmente se lo atribuyeron a los Montoneros, hasta el punto de que los representantes de la organización guerrillera que acudieron a rendir homenaje al caído como si este fuera uno de los suyos debieron huir perseguidos por la multitud que los increpaba. Más tarde, algunos testigos identificaron al hombre de bigote "achinado" como el subcomisario Rodolfo Eduardo Almirón Sena, jefe de la custodia de López Rega y jefe operativo de la Triple A. Almirón falleció en el hospital de Ezeiza en la provincia de Buenos Aires en el año 2009 sin que se hubiera podido probar su culpabilidad en el asesinato del padre Mugica, aunque sí en muchos otros crímenes.

Ceferino Reato también dejó abierto el debate en un artículo que publicó en Perfil.com (28/6) con el título "La realidad arruina otro buen relato":

La Triple A nunca admitió este asesinato. Ricardo Capelli, que acompañaba a Mugica cuando ocurrió el atentado y resultó herido, identificó luego como autor de los disparos al comisario Eduardo Almirón, uno de los principales secuaces de López Rega. Esos dichos de Capelli han sido desmentidos incluso por familiares de Mugica con el argumento de que si López Rega no quería que se supiera que él había ordenado el crimen, no iba a enviar a uno de sus hombres más conocidos y fáciles de identificar.

Lo cierto es que Mugica pudo haber sido muerto por la Triple A, pero también por Montoneros, dado que había roto ruidosamente con Firmenich y su voluntad de enfrentar a Perón que, recordemos, el 11 de mayo de 1974 era presidente. Como señala Juan Manuel Duarte, en su libro Entregado por nosotros, Mugica había confesado sus temores de ser asesinado por Montoneros a Antonio Cafiero y Jacobo Timerman, entre otros. Lo cierto es que aún no se sabe quién mató a Mugica.

Fueron peronistas

Hoy, Carlos Mugica tiene un monumento de hierro forjado en la ancha avenida 9 de Julio de la ciudad de Buenos Aires. Su estilo y su ubicación lo hacen coincidir con otro dedicado a Eva Perón. Detalle significativo: mientras el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner mitifica la figura del cura revolucionario y la asocia indeleblemente a la dignificación de los pobres y los villeros, las villas miseria y los índices de pobreza crecen sin parar dentro de la ciudad de Buenos Aires, en sus suburbios y en el resto de Argentina. Y perdura la incertidumbre acerca del sector al que pertenecían quienes asesinaron al "cura rubio" o “cura del pueblo”. Lo único seguro es que fueron peronistas, como lo era él, porque dentro del vertedero peronista caben todos, con la cruz y el fusil siempre presentes: desde los Montoneros adiestrados en Cuba hasta la Triple A calcada sobre el modelo nazi.

Nota bene. Si el lector español encuentra alguna semejanza entre los terroristas montoneros reclutados, adoctrinados, jaleados y amparados en seminarios e iglesias de Argentina, por un lado, y los terroristas de ETA reclutados, adoctrinados, jaleados y amparados en seminarios e iglesias de la comunidad vasca, por otro, dicha semejanza no es casual ni desdeñable.

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