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La Ilustración Liberal

Varia

Por qué el capitalismo es fabuloso

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Cada año la glamurosa revista de negocios Fast Company publica una lista de las que considera son "Las 50 empresas más innovadoras del mundo". Los nombres son los que uno esperaría. En 2012 la empresa líder fue Apple, seguida de Facebook, Google y Amazon. ¿Nota algo en común? En el top 10 solamente hay dos empresas que no son primordialmente empresas digitales. Una, Life Technologies, está en el sector de la ingeniería genética. La otra –trate de no reírse– es el Movimiento Occupy. Fast Company lo describe así: "Transparente. Experto en tecnología y diseño. Local y global. Audaz"). No solo la mayoría de las empresas en la lista son digitales, sino que todas son llamativas y únicas, y casi todas tienen nombres muy conocidos.

Todo el mundo, desde Forbes hasta Business Week, otorgan premios a las empresas más innovadoras. Todos los premios son un tanto similares y predecibles. Pero estas listas tienen un efecto perverso: sugieren que el gran éxito del capitalismo y de la economía de mercado es inventar tecnología de punta, y que si queremos observar el progreso capitalista deberíamos estar pendientes de un diseño elegante y la moda popular. La innovación, nos dice la prensa, está en inventar curas para el cáncer, paneles solares y redes sociales.

Pero la verdadera genialidad de la economía de mercado no es que genere productos destacados y altamente publicitados que causan colas en las tiendas, ni los grandes avances médicos que salen en las noticias nocturnas. No, la genialidad del capitalismo se encuentra en las cosas pequeñas, las cosas en las que nadie se fija.

Una economía de mercado se caracteriza por una sucesión infinita de cambios y ajustes imperceptibles y repetitivos. Los economistas de libre mercado desde hace mucho han hablado acerca de la naturaleza no planificada ni coordinada de la innovación capitalista. Lo que no han enfatizado es lo invisible que es. Una excepción es el gran Adam Smith.

En su obra La riqueza de las naciones, el ejemplo que utilizó para ilustrar la división del trabajo fue una fábrica de alfileres. Describió cuidadosamente el proceso complejo mediante el cual se fabrica un alfiler. La confección de la cabeza de un alfiler "requiere dos o tres operaciones distintas". Colocar la cabeza en el alambre es “un trabajo especial”. Luego los alfileres deben ser esmaltados. La producción de un alfiler, concluyó Smith, es una tarea de 18 pasos.

Smith estaba argumentando a favor de la especialización, pero igual de importante fue su selección del ejemplo. Sería difícil pensar en algo menos impresionante y de menor consecuencia que un alfiler. Smith quería que sus contemporáneos pensaran acerca de la economía no mediante la observación desde las grandes alturas de un palacio o de un aula, sino mediante la observación desde abajo, para que comprobaran que la economía de mercado es el agregado de millones de tareas pequeñas. Esta es una lección que muchos todavía no han aprendido. Deberíamos tratar de reconocer las sutilezas de las cosas aparentemente mundanas.

El capitalismo significa eficiencia

La estantería Billy de Ikea es un mueble de hogar casi desechable que ha sido producido de manera continua desde 1979. Se ve exactamente igual a como se veía hace más de tres décadas. Pero es mucho más barato. El modelo estándar –que mide casi dos metros– cuesta 59,99 dólares. Sin embargo, desde una perspectiva ingenieril, la Billy es tremendamente distinta a sus predecesoras.

Durante estos 30 años, la Billy ha cambiado sustancialmente. La estructura trasera ha cambiado una y otra vez, conforme la empresa trataba de reducir su peso (el peso cuesta dinero) a la vez que aumentaba su resistencia. Incluso los pernos que sostienen las baldas movibles han experimentado cambios sensibles: hasta hace poco eran unos sencillos cilindros de metal; ahora tienen una forma sofisticada, en una de las puntas se estrechan hacia un receptáculo, sobre el cual se sostiene la repisa. Los corchetes que mantienen unido el marco también son piezas complejas de ingeniería.

Ikea es una macroempresa. Los cambios pequeños –incluso en unos pernos de metal– son de gran magnitud cuando afectan a productos producidos en masa. Sin duda hay alguien, en algún lugar en el departamento de diseño de Ikea, cuyo único objetivo ha sido reducir el peso y aumentar la resistencia de esos pernos. Esa persona se fue a dormir pensando en clavos y metales y en el equilibrio entre la resistencia y el peso. Su trabajo, aparentemente inconsecuente, ayuda a mantener los precios de Ikea bajos y las ganancias altas. Con cada cambio diminuto en la forma de los pernos de metal de la estantería Billy, esta persona se gana su salario con creces.

Como macroempresa, Ikea tiene una ventaja: es capaz de contratar especialistas cuyo trabajo es obsesionarse exclusivamente con cosas simples como unos pernos. Ikea es también conocida por otras innovaciones más llamativas, como el embalaje plano de los muebles, lo que puede reducir a un sexto el costo de envío, y una muy reducida plantilla en cada tienda.

Para los grandes minoristas, la innovación tiene que ver con la eficiencia, no con la invención. Las cadenas de suministro firmemente asentadas puede que no ganen glamurosos premios de innovación, pero son la fuente de gran parte de nuestra prosperidad.

Pero Ikea es grande y famosa. Así que permítame reparar en otro icono de la innovación y el dinamismo capitalistas: la pizza.

El capitalismo sabe mejor a un precio inferior

La pizza es una de las comidas más comunes y sencillas. A casi nadie se le ocurriría buscar innovación e ingeniería en ella. En su versión más básica, la pizza es un pan fino con tomate y queso encima; es la comida que los pobres de Nápoles exportaron, y que luego ha sido reinterpretada incesantemente por el resto del mundo.

El 41% de los estadounidenses come pizza por lo menos una vez a la semana. La compran congelada o recién hecha, en una pizzería o en un supermercado; se la llevan consigo o se las lleva un motorista, etc. Todas estas opciones son más complicadas de lo que parece. Mantener una pizza fresca mucho después de que haya salido del horno para que pueda ser entregada con garantías a domicilio o asegurarse de que llegue a estar crujiente en distintos hornos domésticos luego de ser congelada durante semanas no son tareas fáciles. La humedad es la enemiga. Para las pizzas congeladas, esto significa que los ingredientes deben ser precocinados, para evitar que algunos ingredientes se quemen mientras otros se terminan de calentar. La pizza congelada resiste mucho estrés –sufre descongelaciones parciales cada vez que pasa de un congelador (el de la tienda, por ejemplo) a otro (el de la casa del comprador)–, y la masa tiene que estar preparada para ello. El queso se congela mal, y los consumidores esperan que éste se derrita uniformemente sobre toda la masa, así que los productores se obsesionan con el PH del mismo, así como con su contenido de agua y sal. Además y por supuesto, todas estas decisiones se toman teniendo en cuenta el presupuesto del cliente y la rentabilidad del productor.

Los consumidores de pizzas congeladas de tamaño familiar suelen ser extremadamente sensibles a los cambios en el precio. Las oportunidades para innovar en procesos, equipo, automatización y química son prácticamente innumerables.

Todo se vuelve todavía más complicado cuando consideramos los cambios en los gustos de los consumidores. Hoy no quiere sólo queso, tomate y peperoni. Conforme se vuelven más sofisticados los gustos culinarios, los clientes buscan sabores más sofisticados, incluso en las pizzas congeladas. Una cosa es dominar cómo se derrite el queso cheddar y la mozzarella: lidiar con unos quesos más sabrosos, como un brie o un gouda, es algo totalmente distinto.

Hay cientos de personas alrededor del mundo obsesionadas con la manera en que el queso congelado se derrite en un horno casero. Este tipo de complicaciones son replicadas en cada ingrediente de este producto tan simple (¿cómo adaptar un dispensador automático de peperoni para que dispense queso feta?).

Los clientes también valoran la estética. Los productos congelados tienen que verse auténticos. A la gente le gusta que la masa de su pizza tenga pequeñas quemazones, aunque los hornos domésticos no las produjeran naturalmente. Por esta razón los productores experimentan con todo tipo de técnicas de calentamiento, para replicar el resultado visual de un horno de leña.

La pizza que se retira en un restaurante parecería ser un caso algo menos complicado, pero lo cierto es que tiene casi la misma cantidad de complejidades. Algunas cadenas grandes están integrando lentamente el tipo de aplicadores de salsa e ingredientes que utilizan los productores de alimentos congelados. El queso es costoso y difícil de distribuir de manera uniforme. La cadena Domino’s utiliza un equipo patentado, el autoqueso, que toma bloques estandarizados de queso y con la presión de un botón los ralla y distribuye uniformemente a lo largo de la masa.

Los problemas de humedad son incluso más acuciantes en las pizzas de restaurante. La pizza horneada tiene que sobrevivir, caliente y crujiente y sin daño alguno, por algún tiempo antes de ser consumida. Si la caja está cerrada, el vapor de la pizza caliente atraviesa el pan, haciéndolo suave y desagradable. Pero una caja abierta perderá calor demasiado rápido. Los ingenieros han encontrado el equilibrio, gracias a las ventilaciones en la caja y los trípodes plásticos en el centro de la pizza. Los que entregan las pizzas a domicilio las llevan en estuches grandes y protegidos para mantener el calor dentro pero reducir el riesgo de daño por causa del vapor.

Fácilmente podríamos hacer el mismo análisis con casi cualquier alimento procesado o manufacturado que encontramos en un supermercado normal. Luego podríamos reflexionar acerca de la complejidad de servir comida no en casa sino en un avión que vuela a más de 600 millas por hora y a 37.000 pies, y que es cocinada en un pequeño pasillo para cientos de personas.

Algunos de los logros logísticos más extraordinarios del mundo moderno pasan totalmente inadvertidos. Algunos –como los relacionados con servir comida en un avión– los despreciamos sin reconocer el verdadero esfuerzo subyacente.

El capitalismo trata tanto de la innovación como de la invención

Uno de los grandes ensayos sobre el libre mercado es "Yo, el lápiz", de Leonard Read, fundador de un importante centro de estudios estadounidense, la Foundation for Economic Education.

En dicho ensayo, Read adopta la perspectiva de un lápiz normal y corriente y pretende escribir su genealogía. Empezó siendo un árbol de cedro en Carolina del Norte u Oregón. Fue plantado, talado y enviado en tren a un molino de San Leandro, California, donde fue cortado en "pequeñas láminas de menos de un cuarto de pulgada de grosor cada una".

"Ni una sola persona sobre la tierra" sabe cómo hacer un lápiz por sí sola, dice Read. La construcción de un lápiz está enteramente distribuida entre “millones de seres humanos”, desde los italianos que extraen piedra pómez para los borradores hasta los productores de café que proveen las bebidas para los leñadores en Oregón. Read ilustraba de manera vívida un argumento importante de Friedrich Hayek: esas gentes tan distintas y distantes logran, sin nada más que el sistema de precios, hacer algo extraordinariamente complejo. Ninguno de los mineros que interviene en el proceso pretende hacer un lápiz. Simplemente quieren intercambiar su trabajo por un salario. La mano invisible de Adam Smith se encarga del resto.

Read publicó su ensayo en 1958. La fórmula química para el borrador del lápiz ha cambiado repetidas veces a lo largo del último medio siglo. La producción es altamente automatizada, y las líneas de suministro son más sólidas. Se agregan químicos para evitar que el borrador se parta. La producción de caucho sintético en 2012 es muy distinta a la de 1958. Estos plugs diminutos se ven en gran medida iguales a sus antecesores, pero han evolucionado de varias formas.

"Yo, el lápiz" captura de manera estupenda la complejidad de los mercados, pero no logra capturar su dinamismo. Los millones de individuos involucrados en la producción de un lápiz no están simplemente desempeñando funciones asignadas por el mercado, sino que están tratando de hacer su tarea de una manera más fácil, más barata y más rentable. El mercado de lápices –lo más distinto a una empresa de tecnología de punta como Facebook– todavía está lleno de emprendedores que tratan de mejorar su modelo de negocio para reducir costes y racionalizar las cadenas de suministro. En 1991, 144 lápices de madera hechos en China se vendían al por mayor por 6,91 dólares. En 2004 ese precio había caído a 4,48.

Además está la gran variedad de lápices disponible. Para gran desventaja del capitalismo, no hay nada inherentemente emocionante en los lápices. A los humanos les gusta lo novedoso. Nos gusta la invención. Nos gustan los avances en la alta tecnología que cambiarán al mundo.

Yo, el cerdo

El libro más notable acerca del capitalismo publicado en la última década no es un tratado de economía o filosofía sino un proyecto de arte. En Pig 05049, la artista holandesa Christien Meindertsma muestra fotografías de 185 productos distintos derivados de un solo cerdo.

Obviamente, todos sabemos del jamón, pero ¿cuánta gente sabe que los huesos de cerdo son convertidos en una goma que sirve para pegar papel de lija? ¿O que la grasa del cerdo es un componente de la pintura que ayuda a que ésta se esparza y tenga brillo? Hay partes del cerdo en el yogur, en los frenos de los trenes, en el papel de fotografía, en los fósforos; incluso en las balas.

El libro de Meindertsma se puede ver como una reinterpretación moderna del ensayo de Leonard Read acerca del lápiz. Pero es más que eso. Pig 05049 revela la profunda complejidad de los productos.

Ese cerdo fue dividido y enviado a fábricas y mercados de todo el mundo. Sus partes acabaron en fósforos, crayones y cera para pisos. Estos productos son lo más común que uno se pueda imaginar –¿qué consumidor se detiene a analizar durante mucho tiempo qué lápices comprar, y mucho menos cómo se producen?–. Pero, como Meindertsma indica, el olor distintivo de muchos crayones proviene de ácidos grasos que a su vez vienen de la grasa ósea de los cerdos, utilizada como un elemento para endurecer los crayones.

Pig 05049 fue publicado en 2007. La industria oleoquímica es una de las más innovadoras del mundo. Como cualquier industria que experimenta rápidos cambios tecnológicos y científicos, también se está reestructurando, mudando su producción de Europa Occidental y EEUU a China, Malasia e Indonesia.

Seis años es mucho tiempo en un mercado competitivo. Así de simples como parecen, los crayones están cambiando: los costes de producción se han reducido, las materias primas están siendo utilizadas de manera más eficiente y las líneas de suministro están siendo optimizadas. Amazon tiene 2.259 artículos distintos en la categoría de crayones para niños.

El Estado no comprende la innovación

Si Fast Company tiene una visión distorsionada acerca de la naturaleza de la innovación en una economía de mercado, no está sola. Los Gobiernos también la tienen. El Gobierno federal de Australia tiene su propio ministro de Innovación, y su Departamento de Industria, Innovación, Ciencia, Investigación y Educación Terciaria entrega subvenciones para invenciones y empresas nuevas. Su programa Comercialización Australia auspicia inventores que "han transformado una idea innovadora en una realidad". El programa Innovación Australia financia a quienes buscan fondos para convertir “sus ideas innovadoras en productos comerciales”. He aquí un fetiche, la idea de que el progreso tecnológico ocurre cuando los soñadores tienen grandes ideas. Todo lo que la sociedad necesita hacer es subsidiar los sueños hasta que estos se conviertan en realidad.

Pero las ideas son lo fácil. Lo difícil es hacer algo. Establecer una empresa, reducir los costes, adquirir y retener una porción del mercado: ahí es donde las empresas ganan o pierden en una economía de mercado. La genialidad de la economía de mercado se encuentra en pequeñas innovaciones que se hacen para pulir y mejorar los productos y servicios existentes. La invención es algo maravilloso. Pero no deberíamos pretender que es la invención lo que nos ha hecho ricos.

Tenemos una calidad de vida superior a la de nuestros ancestros gracias a las cosas pequeñas. Deberíamos ser más conscientes de la continua, lenta e imperceptible destrucción creativa de la economía de mercado, de los afinadores que siempre están mejorando, aunque sea de manera imperceptible, nuestras pizzas congeladas, nuestras repisas para libros, nuestros lápices y nuestros crayones.

© El Cato

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