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La Ilustración Liberal

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Somos nuestro cerebro

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El porqué de la orientación sexual es un asunto que interesa a la ciencia. Sin entrar jamás en valoraciones morales, la cuestión de por qué un hombre se siente atraído hacia otro hombre –lo mismo para el caso de dos mujeres– parece contravenir la lógica de que lo más importante en las especies es la supervivencia y la reproducción infinita y egoísta de los genes. Disciplinas como la psicología evolutiva se han preguntado qué ventaja supone la homosexualidad para una especie. Una pareja homosexual no se reproduce por sus propios medios, pero la selección natural no ha actuado contra este hecho y tanto en animales como en humanos hay conductas homosexuales. Es preciso utilizar el término conducta al referirse a los animales, porque el comportamiento de un ser humano es más complejo y tiene mayores connotaciones de índole cultural.

Dick Swaab es neurólogo y fue durante tres décadas el director del Instituto Holandés de Investigaciones Cerebrales. Del libro que les hablamos, Somos nuestro cerebro, vendió en Holanda más de 400.000 ejemplares: toda una marca para un título sobre los mecanismos del cerebro. Los temas que abarca son variados, pero Swaab hace hincapié en la determinación que el embarazo produce en el feto a efectos de su postrera orientación sexual. Según este neurólogo, la mayor parte de lo que somos queda establecido justo en el momento de la concepción. Hasta un 88% del cociente de inteligencia del que se valdrá el niño en su vida queda instituido por la combinación de genes que aporten los padres. Poco podrá modificar que al niño se le den clases de violín a los 4 años. Servirá, eso sí, para desarrollar su potencial, que siempre estará limitado por su dotación genética. Por este motivo, la ciencia se granjea enemistades cuando insiste en que el talento de una persona viene preinstalado de fábrica y que la influencia de sus padres y del ambiente es menor de lo esperado. Ante estas aseveraciones, ramas como la pedagogía quedan deslavazadas, pues sus ideas de que cualquier niño es recuperable, con independencia de lo errática que sea su rendimiento o lo problemática que sea su conducta, se prueban imposibles. Asimismo, otros padecimientos, como la esquizofrenia, vienen de igual modo incluidos en el puzle genético que se crea en la concepción. La persona puede que jamás sufra una enfermedad mental, pero una situación traumática o un abuso de drogas podrá desencadenar la esquizofrenia. Lo innato se funde con lo ambiental.

Más controvertidas aun –por el debate social que suscitan– son las teorías de Swabb acerca de la identidad sexual. Como la mayoría conoce, un feto con dos cromosomas XX dará como resultado una chica y una combinación de cromosomas X e Y generará un chico. Este cromosoma Y desata el proceso que produce la hormona llamada testosterona. La presencia o ausencia de la testosterona hará que el feto desarrolle órganos femeninos o masculinos, entre la sexta y la duodécima semana de embarazo. Pero podría ocurrir que por diversas razones un bebé naciese sin sus órganos sexuales plenamente desarrollados. La extrofia vesical es una malformación que trae como consecuencia que en muchos casos los niños nazcan sin sus órganos sexuales visibles. Hace años era común que a los niños se les operase para corregir esta malformación y se les construyese una vagina artificial. Se creía que la identidad sexual no tenía que ver con la presencia o no de los órganos y que tenía más que ver con el ambiente en que se criasen. Pensaban que, educando y tratando al niño como si fuera una niña, no quedaría ni rastro de esos órganos extirpados. No fue así. En 2004 se concluyó un estudio hecho a lo largo de 25 años sobre estos niños a quienes su identidad sexual les fue redirigida. Se vio que 8 de las 14 personas que tras la cirugía habían sido reasignadas para que fueran mujeres se sentían hombres, aunque habían sido educadas y tratadas como mujeres. La biología era más fuerte que el ambiente. De las 8 personas que se sentían hombres –aunque habían sido educadas como mujeres– hubo dos que buscaron vivir como hombres. Asimismo, tres personas de las estudiadas, aunque eran adultas, no tenían claro si se veían como hombres o mujeres. Con todo y con eso, el total de los estudiados tenía costumbres e inclinaciones que podrían considerarse típicamente masculinas, aunque algunas de ellas dijeran sentirse mujeres. Es decir, en algunas personas la reasignación sí surtió efecto. Pero en la mayoría de los casos el cóctel de genes y hormonas fue más preeminente que la educación a lo largo de décadas. Era manifiesto que la identidad sexual estaba por encima de los órganos reproductivos.

Otro aspecto donde se percibe la diferencia del cerebro de niñas y niños es en la elección de los juguetes por los que optan. A pesar de que en cada Navidad surgen campañas que recomiendan no regalar juguetes estereotipados y sexistas, no son los juguetes quienes atrapan al niño, sino el niño quien voluntariamente escoge el juguete. En la dotación genética con que nacemos está la clave. Es normal que los niños prefieran juegos más activos y que impliquen movimiento y actividad física y que las niñas elijan muñecas y una actividad más reposada. El mismo Swaab experimentó con sus hijos y les ofreció juguetes a ambos indistintamente. Su hijo prefería coches y armas y la niña se decantaba por las muñecas. En 2002, un estudio hecho sobre unos monos africanos llamados cercopitecos verdes mostró que los animales tenían la misma inclinación que los niños. Los investigadores tenían dos juguetes típicamente masculinos –una pelota y un coche de policía-, dos juguetes típicamente femeninos –una muñeca de trapo y un cacharro de cocina- y dos juguetes neutros: un libro de ilustraciones y un perro de peluche. Tenían 44 machos y 44 hembras. Todos los juguetes estaban a disposición tanto de machos cuanto de hembras. Se midió el tiempo que los monos dedicaban a los juguetes. Los machos optaban más por juguetes masculinos y las hembras por femeninos. Ambos sexos desdeñaban los juguetes neutros. Además, el mono hembra solía examinar la zona genital de la muñeca para comprobar si era chico o chica. Por su parte, el macho arrastraba el coche hacia delante y hacia atrás cientos de veces. Como haría un niño pequeño. Los monos no habían tenido contacto con humanos, no habían visto la televisión y nunca antes habían visto esos juguetes.

Pero el libro de Dick Swaab no es solo identidad sexual. Como otros neurocientíficos de última hornada, toca el asunto del libre albedrío. Para él, el libre albedrío es una mera ilusión. No decidimos, sino que el cerebro lo hace en nuestro lugar y, apenas unos segundos después, la decisión parece tomada por nosotros. El cerebro sopesa ventajas y desventajas y elige. También, a través de esta masa gelatinosa de 1.500 gramos se explican las experiencias cercanas a la muerte. Según el neurólogo holandés, el suministro de sangre al cerebro cesa. Esto produce que la retina pierda la visión periférica y los ojos vean como en un túnel. Asimismo, una zona del cerebro llamado giro angular también se ve afectado por esa falta de oxígeno y genera una falsa sensación de estar flotando. Esto se ha probado en pacientes que iban a ser intervenidos en el cerebro y que necesitaban estar despiertos. La estimulación de esa región conllevaba una sensación similar a la de un viaje astral.

Las consecuencias sociales de una identidad sexual predefinida y no sujeta a los vaivenes ambientales no son pocas. Según Swaab, ya no podrían esgrimirse razones (pseudo)científicas para oponerse a que todas las parejas homosexuales adoptasen niños. Tampoco tendrían sentido los movimientos religiosos que pretenden reeducar homosexuales. Para el neurólogo holandés, la ciencia servirá en este ámbito para derruir atávicos prejuicios y hacer sociedades más libres. La ciencia -pueden verlo ustedes mismos- poco a poco tritura las viejas y arraigadas creencias. Las críticas al libro de Swaab no se hicieron esperar y muchos lo acusaron de hacer afirmaciones sin citar. Quizá por eso el éxito de público. Nada aleja más al público de los libros que las notas a pie de página. Además, este tipo de libros suelen ser tachados de fomentar el determinismo genético y de obviar muchos otros factores que también delimitan lo que somos. De cualquier manera, son ustedes quienes han de leer y juzgar.

Dick Swaab. Somos nuestro cerebro. Cómo pensamos, sufrimos y amamos. Plataforma. Barcelona 2014. 520 páginas.

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