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Fidel Castro: en la muerte del tirano

Esto no es un obituario de Fidel

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Sabía que este día llegaría, lo que no sabía era cuándo. Es lo que tienen los hechos futuros y ciertos, del cual la muerte es paradigma. Aunque no me refiero tanto a la certeza del hecho mortuorio –y sucesorio, eh– de Fidel como a que me tocaría escribir sobre él, inmerso como estoy desde hace años, unos diez, en el intento de esbozar el cantar de gesta de los héroes en la lucha contra el tirano; los héroes de la primera línea y la primera hora, esto es, los camisas viejas de la cosa. Sabía, en fin, que me tocaría escribir sobre su muerte y ahora lamento no haber tenido preparado un obituario, género que exige cualidades de las que carezco por completo: rapidez de reflejos y adaptación a las circunstancias, que en el caso que me ocupa y me preocupa consisten en aporrear las teclas del portátil rodeado de cajas de la mudanza y a la espera de que venga el tío de Movistar a instalar la línea. Todo esto más las prisas darán como resultado un texto alejado de los cánones del género funerario, que tramposamente justificaré con que el fiambre objeto de estudio jamás se ajustó en vida a trámite alguno. Y a partir de ahí todo seguido.

El mundo, el demonio y la carne

Lo de la no sujeción a formalidades lo ilustra muy bien la circunstancia de que en la casa de los Castro Ruz, allá en Birán, provincia de Oriente, los ritmos no los marcaba ningún reloj de pared ni el tintineo de una cucharilla contra una taza de té. Allí la que avisaba de que la comida estaba servida era doña Lina Ruz, mamá Castro, asomándose al porche de la hacienda y convocando a la numerosa prole con varios tiros de escopeta. Fue en ese ambiente donde el niño Fidel creció sano, fuerte y asilvestrado. Y fue en uno de esos almacenes, con cajas de pollos hasta el techo, donde por primera vez empotraría a una guajirita jadeante y con olor a campo, iniciándose así en los placeres que le ofrecían el mundo, el demonio y, sobre todo, la carne. Su precocidad le daría a Fidel un crédito ilimitado entre sus compañeritos del colegio de Belén en La Habana, la mayoría niños bitongos o bien. Su precocidad y, qué caramba, también una rápida y cruenta inclinación a resolver a puñetazo limpio las diferencias, entendiendo también por tales las bromas sobre sus orígenes, no en vano era hijo de un soldado derrotado del ejército español que había hecho fortuna en los negocios y de una señora que entró en casa de los Castro por la puerta de atrás, la de servicio.

La clave Rosebud

Es práctica común y, por tanto, sobadísima, entre los que se aventuran en el terreno biográfico el revolver en el baúl de los recuerdos del biografiado, en busca, qué sé yo, de un cromo, un recordatorio de Primera Comunión, un soldadito, un miniauto de hojalata, un mechón de pelo de la noviecita aquella, cualquier cosa, algo, en fin, que dé la clave Rosebud que explique todo lo demás. Siempre se corre el riesgo, ahora bien, de que la prueba que sea fuera dejada allí años después por el propio interesado en un intento de embellecimiento personal. Salvo que el documento de que se trate aparezca clasificado en los archivos de la Casa Blanca.

Al otro lado del Telón de Acero

Es el caso de la carta que el niño Fidel envió con acuse de recibo a todo un señor presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. Más que una carta se trata de una diapositiva a la que, una vez aplicada el foco de luz correspondiente, proyecta sobre la pared la imagen de uno de los iconos del siglo XX, el del propio Castro, con su barba, su puro y su uniforme verde oliva. En primer lugar, el encabezamiento, "My friend Roosevelt", demuestra una aplastante seguridad en sí mismo, propia de un estadista e impropia de un mocoso de su edad. Luego está la petición de que le envíe un billete de diez dólares nuevecito, con el poderoso argumento de que nunca había visto uno; por cierto que ese, vivir a crédito y a fondo perdido, sería una de los secretos de su éxito político, incontestable. Y, finalmente, el ofrecimiento de conducir a los americanos hasta unas minas en suelo patrio donde podrían abastecerse de materiales suficientes no ya para reparar la flota, sino para hundirla y volver a construir una nueva y mejor; o sea, ser capaz de lo que sea, incluso de vender la soberanía de su país, con tal de salirse con la suya, que no sería otra que el disfrute ilimitado del poder, como se vería años después al pasarse con armas y bagajes al otro lado del telón de acero.

Qué buenos son los curas del colegio

Es curioso, pero en la carta que Fidelito le envío a Roosevelt miente, y en un detalle menor e innecesario: la edad. No trata de hacerle creer que es mayor, para así revestirse de más autoridad, sino al contrario, se quita años. ¿Por qué la mentira? Ya se lo confesó Fidel a uno de los jesuitas de Belén la vez que este le afeó que nunca dijera la verdad: "Porque forma parte de mi naturaleza, padre". Ojo, que de lo anterior no se infiere una mala relación con los curas del colegio. Es más, durante una excursión Fidel no dudó en lanzarse al río para rescatar a uno de ellos, a punto de ser arrastrado por la corriente. Claro que Ted Bundy, uno de los mayores asesinos en serie de los Estados Unidos, hizo lo propio en un parque con un niño que se ahogaba en el lago. A ver si no va a tener su punto de razón aquel cínico, el doctor Puigvert, cuando dijo que el heroísmo era una variante de la vanidad, tanto más espectacular cuanto más numerosos son los testigos.

Carácter es destino

Pero nos desviamos. Estábamos con los jesuitas de Belén, que siempre tuvieron sus esperanzas puestas en Fidel y en lo lejos que llegaría, tal como consignaron en el anuario del colegio, documento como pocos donde queda reflejado el carácter y destino de cada cual. A cambio, Castro siempre habló de los curas de la compañía como grandes educadores de hombres; en el fondo se refería, claro, a sí mismo. (Nota de alcance: mientras tecleo estas líneas el papa Bergoglio no se ha descolgado, o no que yo sepa, con una de esas declaraciones tan suyas en el interior de un avión o a pie de escalinata, y de las que uno solo logra recuperarse con el consuelo de que la infalibilidad papal lo es únicamente en lo que atañe a la definición del dogma).

La pistola encima de la mesa

La idea de que Fidel llegaría lejos pronto trascendería el anuario de su colegio para quedar inscrito en los libros de Historia. Hubo un tiempo, eso sí, en los que pareció que el personaje desaparecería por el sumidero de la historia o amanecería muerto en cualquier cuneta víctima de un ajuste de cuentas. Fue durante sus años de estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, en los que no destacó por su expediente, por más que no le costara ir curso por curso, en buena parte, cuentan, debido a su memoria prodigiosa, su buena capacidad expositiva y su falta total de escrúpulos a la hora de entrar sin llamar en el despacho del profesor, cerrar tras de sí la puerta, poner la pistola encima de la mesa y estar dispuesto a todas las violencias con tal de salir de allí con una buena nota.

Gatillo alegre y fácil

Porque Fidel fue uno de los peor reputados –y, por tanto, más temidos– pistoleros que se enseñorearon de los campus de la Cuba de su tiempo, convirtiéndolos en una réplica del Chicago de los años 30. Nunca dudó Castro en ofrecer sus servicios de gatillo alegre y fácil a quien pudiera no ya necesitarlos, sino servirle en su irresistible ascensión al poder. Y es que pronto descubrió nuestro hombre que en política nunca se abriría paso por la vía parlamentaria, tan sujeta a formalidades, las odiadas formalidades, sino con la dialéctica de los puños y las pistolas. Por eso, cuando en 1952 Fulgencio Batista interrumpió el ritmo constitucional que él mismo había inaugurado en 1940, Fidel, lejos de lamentar su malograda suerte política (había decidido presentar su candidatura al capitolio aquellas elecciones), vio en la asonada una oportunidad y, en lógica consecuencia, se echó al monte.

Y Herbert Matthews subió a la sierra

Su entrada triunfal en La Habana los primeros días de 1959 no se debió al encadenamiento de una victoria militar con otra, más bien a una campaña de agitación y propaganda que no se explica sin los Estados Unidos. Porque la guerra contra Batista no se libró en las montañas, ni en los llanos, ni en las ciudades de Cuba. O no solo. Se libró, sobre todo, en los despachos del poder de Washington. El embargo de armas a Cuba fue la manera con que el Departamento de Estado le dijo a Batista que seguía siendo un hijo de puta, pero que ya no era su hijo de puta. Nada de esto hubiera sido posible sin la ascensión a la Sierra Maestra un par de años atrás de Herbert Lionel Matthews, veterano reportero del New York Times, quien bajó de allí con un scoop de incalculables proporciones políticas, hasta el punto de que los jovencísimos pioneros de la contracultura empezarían a soñar con empuñar su fusil y con buscar la playa bajo los adoquines de París mientras que ellas fantasearían con que alguno de esos guerrilleros de mirada salvaje les hicieran el amor y, ya puestos, también la guerra.

Una medalla de la Virgen

No es cierto que Fidel fuera el más acabado y puro ejemplo de buen revolucionario y que el poder le cambiara hasta trastornarlo. El poder no le cambió, como raramente cambia a nadie. Lo que cambia a uno, precisamente, es la falta de poder. En el caso de Fidel, fueron esa misma falta y el ansia de disfrutarlo sin tasa algún día lo que le llevaron, contra su naturaleza, a colgarse del cuello un escapulario y una medalla de la Virgen del Cobre, a atender a cuantos periodistas llegaran hasta él allá en las espesuras de la sierra sin exigirles nunca luego revisar el texto de las entrevistas, a prometer elecciones libres, y unos tribunales que dieran a cada uno lo suyo, y una República en la que se nadaría en miel y leche o casi y en la que la única obligación sería ser feliz. Pero el Castro de verdad sería el otro, el que tan pronto llegó al poder se enfrentó con la Iglesia, clausuró las cabeceras críticas, se preguntó qué elecciones para qué y ordenó por televisión la repetición de los juicios con cuyo veredicto no quedó satisfecho, y lo único que fue capaz de ofrecer a los cubanos fue una cartilla de racionamiento, una sentencia a veinte años de cárcel o un pasaje solo de ida al exilio.

Un minuto de silencio

Dicen que el segundo nombre de Fidel, Alejandro, se lo puso él mismo en homenaje al de Macedonia. Que a Castro le hubiera gustado ser el hombre más poderoso de su tiempo y de cualquier otro lo demuestran sus mil y una aventuras internacionalistas, con contingentes y más contingentes de soldaditos cubanos repartidos por la extensa geografía del acabose que dibujó la Guerra Fría: Vietnam, Congo, Afganistán, Eritrea… Lo demostró también en 1962, los trece días de octubre en los que el mundo contuvo la respiración, mientras él respiraba a pleno pulmón y se relamía ante la perspectiva de ser él quien apretara el botón rojo que lo hiciera saltar todo por los aires. Ser o no ser no era la cuestión, sino pasar a la Historia, aunque fuera en el papel del encargado de echar el cierre, del último que apaga la luz. De lo que son capaces algunos, en fin, con tal de no sujetar sus vidas a formalidad o trámite alguno, con tal de no tener que madrugar para ir a la oficina. Y todavía habrá quien guarde por él un minuto de silencio.

26-11-16

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