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Fidel Castro: en la muerte del tirano

Siempre con Cuba, siempre contra los Castro y sus esbirros

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Hace cuarenta años, en un anochecer de Pekín y tras visitar en un helado páramo de las afueras un campo de concentración –de reeducación, decían– para jóvenes disidentes e hijos del régimen que, sospechosos de liberalismo, podían ser reeducados definitivamente contra el paredón esa misma madrugada, me juré no permitirme ni permitir, en la medida de mis posibilidades, que el prestigio sangriento de la revolución, que en nuestra generación había reemplazado al amor a los pobres y al afán redentor del cristianismo, pudiera dejar en el olvido el sufrimiento de sus víctimas.

Lo relativamente pomposo de aquel juramento a solas en la sombría habitación de un hotel que nadie ocupaba desde la marcha de los técnicos de Stalin -lo primero que hizo la alcachofa de la ducha cuando abrí el agua fue caer sobre mi cabeza- se debía al tratamiento que en casi toda la prensa española que en las veinticuatro horas de avión pudimos leer y releer se dio a la entrevista que Íñigo le había hecho en TVE a Soljenitsin el día anterior. Yo había leído ya el primer tomo de Archipiélago Gulag, uno de los libros más importantes del siglo XX. Por eso no me sorprendió cuando dijo que la dictadura franquista, entonces en manos de Arias Navarro, con Cebrián al frente de los informativos de TVE, era una broma al lado de la de la URSS. Y puso un ejemplo: esa tarde, en el Metro de Madrid, había podido hacer fotocopias de un texto suyo, algo que en Rusia, fueran novelas o poemas, se debía hacer a mano y leer en secreto, para luego copiar o quemar.

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