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Escobar, el narco

Pablo Escobar, el patrón del mal

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Que John Miltonestuviese de parte de Satán(Blakedixit) no era anécdota sino categoría. Los artistas casi siempre (salvo Tolstoi y Tagore) prefieren el vicio a la virtud. Digamos que el mal es más fotogénico. No por casualidad Satán antes de rebelarse contra Dios era un ángel en el cielo que se llamaba Luzbel.

En Netflix ahora coinciden cuatro propuestas cinematográficas que invitan a diversos acercamientos a Pablo Escobar, narcotraficante y criminal para algunos, para otros algo así como Simón Bolívar redivivo. Casi todos ellos han terminado por hacer de Escobar un "héroe". Centrémonos en los documentales porque las series de ficción son eso, ficción, y su contrato con la realidad tiene la misma credibilidad que el pacto intergeneracional por las pensiones.

En Los tiempos de Escobar se muestra como hay momentos históricos en los que catetos como Al Caponepueden hacer emerger un talento escondido para la organización y el liderazgo bajo las balas. Howard Gardneren su teoría sobre las inteligencias múltiples incluyó la lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la musical, la corporal, la intrapersonal, la interpersonal y la naturalista. Pero olvidó incluir la "inteligencia criminal". Esa que hace que, de Napoleón a Hitler, de Capone a Escobar, se llegue a convertir alguien, como dice el ex director de la DEA para Colombia, en "uno entre un millón" gracias a una ausencia de escrúpulos morales que le hace llegar a la cima económica erigiéndose sobre una pirámide de cadáveres.

Si, como se dice, no tienes corazón si a los veinte no eres de izquierdas; ni cerebro si a los cuarenta no eres de derechas, se puede decir que Escobar era al mismo tiempo de derechas y de izquierdas. Era de derechas para ganar dinero a través de su multinacional del supermercado de la droga, mientras que era de izquierdas por la gran sensibilidad social que demostraba con los más pobres. Podía perfectamente descerrajarle dos tiros a un militar en la cabeza para a continuación repartir el contenido de su billetera entre la multitud allí reunida. Hasta los obispos recibían sus limosnas. Así lo confiesa el padre Rafael García Herreros, fundador de Minuto de Dios, que más o menos lo justifica diciendo que del narco lo que es del narco y a Dios lo que es de Dios (aunque lo que sea para Dios venga del narco, billetes ensangrentados o impregnados de cocaína incluidos):

Cuando se hace la voluntad de Dios no hay corrupción.

Cuando el malo mezcla actos de aparente bondad hace todo mucho más difícil. De ahí el éxito del narcopopulismo: si envuelves el mal con campañas sociales, el impacto en la clase popular y política será inmediato. En el documental podemos ver una pancarta que reza:

Pablo, la oligarquía y la gran prensa no te derrotarán.

Mientras se escucha a Pablo Escobar protestar contra los medios que, según él, difunden noticias falsas y manipulan la información. Concretamente sus dardos se dirigen contra Guillermo Cano, el director de El Espectador. Poco después no serían dardos sino balas las que acabarían con el valiente periodista que, según Escobar, había lanzado calumnias contra él. Frente a los críticos, sicarios. En lugar de debates, escraches.

Sin embargo, la historia de Pablo Escobar tiene una insospechada coda. No feliz, lo que es imposible dado el reguero de asesinatos que perpetró aquel narcopsicópata, sí al menos edificante. En Los pecados de mi padre el hijo de Escobar se ha cambiado el nombre, ahora se llama Sebastián Marroquín, pero otra cosa bien diferente es sacarse de encima, no el sambenito de ser hijo de quien es, sino la sombra de aquel asesino en serie. Hay una línea moral y metafísica que nos vincula en cierto modo con las acciones de nuestros antepasados. Como si con los genes y la cultura que nos transmitiesen nuestros padres también se colasen de rondón en nuestra alma. Quizás un remanente de la concepción del pecado original.

Pablo Escobar era un padre ejemplar. Todo era poco para que su hijo, Sebas, fuese feliz. Como decíamos, también gastaba gran parte de su inmensa fortuna en causas benéficas. Un Charles Mansonenvuelto en Robin Hood, escondido en Santa Teresa de Calcuta,que ambicionaba con llegar a ser Benito Mussolini. Pero en esto llegó Rodrigo Lara, ministro de Justicia del Partido Liberal, y mandó parar el matonismo de Escobar. A los nueve meses Escobar lo asesinó en lo que hoy es la Avenida Rodrigo Lara Bonilla. Los testimonios en paralelo entre los hijos del asesino y del asesinado son estremecedores. Ambos hijos, el del monstruo y el del héroe, recuerdan cómo les embargaba la furia y la confusión por los crímenes del primero.

También relata su experiencia el hijo de Luis Carlos Galán, un gran líder que hizo cambiar la manera de pensar de los colombianos para reivindicar la dignidad del Estado de Derecho frente a la corrupción que alentaba Escobar. Por supuesto, fue asesinado en la deriva hacia el Estado fracasado que iba siendo Colombia. El momento más emotivo del documental es la lectura por parte del hijo de Escobar de una carta en la que pide perdón a los hijos de Galán y Lara. Una carta en la que Marroquín se eleva sobre la presunción de que estamos determinados por el ambiente o por las circunstancias. Da muestra de los mismos instintos nobles que van a tener también los hijos de Galán y Lara al aceptar dicha petición. Todos ellos con honestidad y decencia, humildad y piedad.

Pocas veces un hombre causó tanto dolor. Escuchamos en Los tiempos de Escobar justificar el terrorismo porque:

Cuando haya una guerra civil bien verraca, no llaman a paz

Por mucho menos ha habido gente que ha ganado el Premio Nobel de la Paz. Pocas veces también los hijos de los que fueron una vez enemigos se reconcilian, superando la fatalidad del destino que planea sobre las tragedias griegas. Pero el ejemplo de los hijos muestra que es posible superar el daño causado porque las futuras generaciones no deben ser rehenes de los pecados de los padres. Aunque sí tengan que realizar una expiación por los mismos. No somos responsables de las culpas de los padres pero sí depositarios de su legado, que podemos aceptar o rechazar.

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