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Fidel Castro: en la muerte del tirano

Evita, Borges, Fidel

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La crónica del traslado de las cenizas de Fidel Castro desde La Habana hasta Santiago de Cuba, con una parada del cortejo fúnebre en Santa Clara, para que el dictador pasara una noche (¿concesión a la santería afrocubana?) junto al mausoleo donde se guarda lo que queda de su matarife, el Che Guevara, me hizo evocar pinceladas de mi lejana juventud, asociadas a las peripecias del cadáver de Eva Perón y al cuento "El simulacro", de Jorge Luis Borges, incluido en el volumen El hacedor (Emecé, 1967).

Duelo forzado

Eva Duarte de Perón, Evita, falleció, víctima del cáncer, el 26 de julio de 1952. Cuenta Hugo Gambini en su muy documentada Historia del peronismo (2 vols. Planeta, y 1 vol. Vergara, Buenos Aires, 2001 y 2008), que el secretario de la Confederación General del Trabajo, José G. Espejo, propuso velarla por turno en todas las capitales de provincia, en tanto que la madre de la difunta pidió que el velatorio durara dos días y que fuese sepultada en la iglesia de San Francisco. El presidente Juan Domingo Perón, más preocupado por sacarle provecho político al cadáver que por los sentimientos, ordenó que Evita, prolijamente embalsamada por el especialista español Pedro Ara, fuese exhibida durante dos semanas –que se prolongaron otros quince días– primeramente en el ministerio de Trabajo y Previsión, donde ella había tenido su despacho, y después en el Congreso de la Nación.

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