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Kioto, primer paso para el gobierno mundial

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El ecologista Stephen Schneider expuso con meridiana claridad la estrategia: “Debemos ofrecer escenarios espantosos, hacer afirmaciones simplificadas y dramáticas y hacer escasa mención de las dudas que tenemos. Cada uno de nosotros debemos decidir el punto adecuado entre ser efectivo y ser honrado”.

Eso han hecho. Primero nos dijeron a) que la Tierra se estaba enfriando, b) que la culpa del enfriamiento global era del hombre (léase del desarrollo o del capitalismo), c) que ese enfriamiento sólo causaría catástrofes sin cuento, d) que el consenso científico había demostrado todo ello, y e) que quienes mostraban sus dudas estaban a sueldo de los más oscuros intereses.

Se ve que la teoría del enfriamiento del planeta a quienes dejaba fríos era a los ciudadanos. Hasta que un científico de la NASA, James Hansen, dice que a lo que nos enfrentamos es a todo lo contrario. La Tierra, señores, se está calentando. Una vez sustituido el primer punto, lo ecologistas nos azotan con b, c, d y e. A ver si ahora hay suerte.

Y la ha habido. Su calculado catastrofismo ha encontrado más aceptación diciendo que lo que le pasa al globo es un calentón de desarrollo. Y que lo que tienen que hacer los países ricos es dejar de ser ricos, todo ello bajo la atenta mirada de los científicos. Es aquí donde entra el tratado de Kioto, que entró en vigor el pasado 16 de los corrientes. Ha de quedar claro en qué consiste este protocolo, cuál es su origen y cuál su verdadera función.

Un grupo de científicos, para darle un aire vendible a la indefensa opinión pública, publican un artículo, bajo los auspicios del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, que demostraría la visión catastrofista del movimiento ecologista. Los datos recogidos en el estudio, plasmados sobre un par de ejes, darían un gráfico que acaba en un subidón de temperatura del enfermo justo en el siglo XX. Claro, que el pillo de Michael Mann, principal autor, había elegido un tratamiento matemático de los datos que produce ese tipo de gráfico, ya sea la temperatura de la tierra o los puntos por partido de Rodrigo de la Fuente. Una vez cocinado el gráfico se vende en los medios de comunicación de forma adecuada, para prepararse el terreno. Y una vez madura la opinión pública los políticos se apuntan muy serios a tomar las medidas que sea menester con tal de solucionar, ellos, los grandes problemas del mundo.

La verdad es que el susodicho gráfico, llamado del palo de hockey, no tiene base científica[1]. Pero el asunto no se queda aquí. En caso de que Estados Unidos no fuera un país serio y hubiera firmado el protocolo, en caso de que las proyecciones sobre los efectos de adoptar el programa de reducción de emisión de gases de efecto invernadero fueran correctas, el beneficio que se obtendría sería retrasar el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo un logro. Esas son las previsiones oficiales, de las que usted seguramente no ha oído hablar. Tampoco de los costes. Los efectos de las medidas necesarias para cumplir con Kioto tendrían un coste anual de 150.000 a 350.000 millones de dólares por año. Es decir, de tres a siete veces el valor de las ayudas anuales al Tercer Mundo.

Entonces, todo esto ¿para qué? Todo esto para conseguir una plataforma de poder. Un poder que logre controlar la economía mundial. Si le suena a película de James Bond es porque no les ha oído. En la última conferencia mundial sobre el clima, que se celebró en Buenos Aires, los propios ecologistas declaraban, sin rubor, que Kioto no tendría efectos claros sobre el medio ambiente. Peter Roderick, de Amigos de la Tierra Internacional, decía: “Creo que todo el mundo está de acuerdo en que Kioto no sirve, en realidad, de ninguna ayuda por lo que se refiere a conseguir lo que el planeta necesita”. Pero es bueno para acostumbrar a la gente a la idea de que los políticos se preocupan por nosotros: “Es más importante por el mensaje político y la inspiración que está dando a la gente en todo el mundo. La gente puede decir, ‘sí, nuestros políticos se preocupan; no están interesados solamente en el poder y en su codicia y su propio dinero’”. Ah, los políticos, siempre preocupados por nuestro bienestar.

Cuando cale este mensaje, cuando se haya creado la alarma, cuando la gente crea en la catástrofe, todo estará maduro para el gobierno mundial, de lo que Kioto no es sino un primer paso: “Lo mejor que se puede decir de (Kioto) es que es la primera vez, con la desafortunada excepción de los Estados Unidos, que la comunidad internacional ha dicho ‘necesitamos estar unidos ante esto y necesitamos la acción internacional’. Eso es lo importante de Kioto". Jessica Coven, portavoz de Greenpeace Internacional, reconoce el mismo objetivo: “Kioto es nuestro primer intento, y debemos incrementar los recortes de las emisiones. Necesitamos todo tipo de acciones, pero Kioto es una arquitectura importante para cómo vamos a ir hacia adelante para controlar el problema del calentamiento global. Por si no ha quedado claro, el calentamiento global, como sugiere el nombre, es un problema global, y necesitamos una infraestructura internacional como Kioto”.

Lo han conseguido. Y es a nuestra costa. Pero si algo hay preocupante en esta jugada es lo indefensa que, en el fondo, está la sociedad. Se ha creado una alarma para ningún fuego. Se nos ha metido miedo en el cuerpo con la misma base que tenía la existencia de las brujas en la Edad Media. Y la sociedad ni es consciente de su pérdida ni tiene recursos para reaccionar. Un problema mayor que el de la evolución del clima y que debiera preocuparnos mucho más.

(20-II-05)



[1] V. ‘El palo de hockey. Lá débil base científica del Protocolo de Kyoto’, Libertad Digital, 16-II-05.

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