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Libro Pésimo

Al servicio de Zapatero

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Ángel Viñas lleva un tiempo afanándose en varios y curiosos empeños. El principal es el de presentar la Guerra Civil como un prólogo al supuesto enfrentamiento entre democracia y fascismo que la Segunda Guerra Mundial vivirá. En definitiva, se trata de probar que Zapatero tiene razón. Tiene razón cuando, con su media lengua y sin acabar de entender lo que quiere, exige de todos los españoles el reconocimiento de que nuestra democracia no será sincera y genuina hasta que no se reconozca continuadora de la de la Segunda República. Dicho en un lenguaje llano que pueda entender la tropa de cómicos de la ceja: en la Guerra Civil hubo buenos y malos y, por lo tanto, no tienen la misma responsabilidad los que mataron por unos ideales: los republicanos, y los que lo hicieron envenenados por una ideología: los adeptos al fascismo franquista. A todo esto ha dedicado Viñas su trilogía sobre la Guerra Civil, La República en guerra.

Sin embargo, donde más groseramente se muestra el sectarismo de esta historiografía de izquierda de mosquetón que tan bien representa Viñas es en un libro escrito por éste al alimón con Fernando Hernández Sánchez: El desplome de la República. Hernández es un joven historiador que ha decidido hacer del papel del Partido Comunista de España en la Guerra Civil el objeto preferente de su estudio.

Así pues, la obra trata de sacar partido al esfuerzo hasta ahora realizado por Hernández en el estudio de los archivos del PCE. Viñas, por su parte, aporta su ácido modo de hacer historia dando al libro el adecuado tono batallador que, a la vez que lo aleja del rigor, lo convierte en instrumento útil para la memoria histórica del zapaterismo. El desplome de la República, que no quiere perderse con grandes objetivos, se centra en uno bien concreto: demostrar que Juan Negrín y Julio Álvarez del Vayo obraron sabiamente al tratar de prolongar la guerra hasta que estallara el conflicto internacional, lo que, de haberse logrado, hubiera salvado a la República. Lo que les impidió alcanzarlo, tratan de demostrar Viñas y Hernández, es la traición del coronel Casado. La cosa viene muy a cuento ahora que Alfonso Guerra se ha ocupado de que el PSOE rehabilite la memoria de los dos políticos.

Para que semejante tesis sea verosímil, Viñas y Hernández se socorren de la habitual forma de ver la Guerra Civil que tiene la historiografía de izquierdas. Stalin vino aquí a salvar la democracia y los comunistas nacionales y extranjeros que en estos lares combatieron, a veces contra Franco y a veces contra otros republicanos, lo hicieron por la libertad. Por su puesto, los burgueses gobiernos de Francia y Gran Bretaña traicionaron a la Segunda República sin entender que en Teruel y Belchite se decidía el futuro de la democracia en Europa.

Las pocas posibilidades de convencer a alguien que no esté convencido de antemano se pierden definitivamente por el tono desabrido de las críticas que los dos autores dedican a los historiadores que no comparten sus puntos de vista. Naturalmente, como cabe esperar, inmediatamente se encuentran las habituales diatribas contra Pío Moa, al que no se dignan nombrar y de quien no rebaten una sola de sus conclusiones con argumentos. Pero, no conformes con esta pieza, acosan con furia a dos historiadores anglosajones, Stanley G. Payne y Anthony Beevor, por el odioso error de creer que los comunistas españoles y los soviéticos que les asesoraron querían implantar el comunismo en España, tesis que al parecer Viñas y Hernández consideran absurda.

Ahora, la cuestión central del libro es la calidad moral de Juan Negrín y Julio Álvarez del Vayo. Sobre ambos pesa la grave acusación de haber prolongado inútilmente la guerra a costa de miles de vidas que fueron sacrificadas en vano. Viñas y Hernández tratan de demostrar que resistir tenía sentido, puesto que la Guerra Mundial estaba a punto de estallar, y hubiera bastado con mantener vivo el conflicto hasta entonces para que la República se salvara. Según Viñas y Hernández, los dos prohombres hubieran logrado su objetivo de no ser por el golpe de estado de Casado que los apeó del poder para negociar la paz con Franco.

Lo primero que hay que decir es que hacer historia para alabar o denigrar la moralidad de nadie no tiene mucho sentido. Debería bastar con contar lo que cada cual hizo, y que los lectores saquen sus propias conclusiones. Peor todavía es valorar comportamientos pretéritos con normas morales de ahora: entonces sí que es imposible hacer historia. Pero, suponiendo que tuviera sentido hacer lo que Viñas y Hernández hacen, esto es, defender el buen nombre de Negrín y Vayo, lo cierto es que fracasan en el intento.

Y es que ambos estaban completamente equivocados. Hitler jamás hubiera atacado Polonia sin antes haberse asegurado la neutralidad de uno de sus dos frentes. Habida cuenta de que Francia y Gran Bretaña estaban comprometidos a declarar la guerra a Alemania si ésta invadía Polonia, al dirigente nazi le era esencial la neutralidad de Stalin para poder invadir el país eslavo con la seguridad de no tener que luchar en dos frentes a la vez. Hitler tenía buenas razones para pensar así porque estaba convencido de que Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial precisamente por eso y de que la paz de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) llegó demasiado tarde como para permitir que el vuelco del esfuerzo sobre el frente occidental fuera suficiente para ganar la guerra. Stalin, por su parte, creía a pie juntillas que las potencias capitalistas acabarían enfrentándose unas a otras, y que era esencial que lo hicieran antes de que se pusieran de acuerdo en acabar con el comunismo. Para ello, era esencial mantener alguna clase de alianza con uno de los dos bandos. En los años treinta, Stalin intentó suscribir con Francia y Gran Bretaña un tratado de seguridad colectiva antialemán. A la vista de que ambos se negaron a colaborar con un régimen comunista, a Stalin no le quedó otra opción coherente con su estrategia que la de aliarse con Hitler. En este sentido, Viñas y Hernández deberían leer los libros de Caroline Kennedy-Pipe y no sólo los de Silvio Pons.

¿Y qué tiene esto que ver con la tesis de Viñas y Hernández? Tiene que ver todo porque ni Hitler ni Stalin, que se necesitaban, por más que se aborrecieran, firmarían jamás nada mientras se estuvieran enfrentando en España. Y Hitler jamás atacaría Polonia mientras no se hubiera asegurado la neutralidad de Stalin. Por lo tanto, es completamente falso que la prolongación de la Guerra Civil hubiera permitido enlazarla con la Segunda Guerra Mundial, por la sencilla razón de que Hitler y Stalin jamás hubieran podido firmar el pacto de no agresión estando viva la guerra de España, y sin ese pacto de no agresión Hitler jamás invadiría Polonia. Dicho a la llana: la Guerra Mundial comenzó cuando lo hizo, entre otras cosas, porque ya había terminado la de España.

No obstante, para la calificación moral del comportamiento de Negrín y Vayo no importa demasiado que estuvieran equivocados, porque siempre cabe que honradamente estuvieran convencidos de que el conflicto mundial estaba a punto de estallar, con independencia de lo que ocurriera en España. Pero lo cierto es que, lo creyeran o no, no podían tener seguridad alguna de que las cosas fueran a ser así. Se empeñaron en continuar la guerra y consumir vidas humanas a tanto el día por la más o menos remota posibilidad de que alguna clase de conflicto estallara en Europa y viniera alguien a salvarles. ¿Y qué esperaban Negrín y Vayo? ¿Que cuando Francia estuviera en guerra con Alemania el ejército francés, en vez de desplegarse tras el Rin, acudiera a España a salvar a Negrín y Vayo? ¿Que Churchill mandara a la Fuerza Expedicionaria Británica a socorrer a un régimen decididamente controlado por los comunistas? ¿Que Franco cometiera la torpeza de declarar la guerra a Francia y a Gran Bretaña?

Después de la Batalla del Ebro, la República estaba perdida. Si alguna posibilidad de salvación quedaba, era tan remota que continuar la lucha era sencillamente inmoral. Negrín y Vayo fueron fríos comunistas entregados a la consecución de sus fines sin consideración de los costes humanos. En su descargo, lo único que puede decirse es que fueron hijos de su tiempo. Lo que es ridículo es que, a estas alturas, Viñas y Hernández traten de convencernos de que su esfuerzo por prolongar la guerra tenía sentido porque había una oportunidad de que la democracia se salvara en España. A Zapatero le gustará mucho oír esta tesis, pero las cosas son como son y no como se quiere que sean. Ni había tal oportunidad ni era la democracia lo que Negrín y Vayo querían salvar.

Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez, El desplome de la República, Crítica, Barcelona, 2009, 681 páginas.

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