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Albert Camus. Tres aproximaciones

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Este texto se ha compuesto a partir de tres artículos publicados por la autora en Libertad Digital: "El sol de Albert Camus en el Panteón" (suplemento "Exteriores", 21-XII-09), "Los últimos días de Albert Camus" ("Libros", 7-I-10) y "Argelia la ausente" ("Historia", 17-II-10).

El sol de Camus en el Panteón

No podrá ser. En estas fechas cercanas a la Navidad, parece seguro que el sol argelino que baña toda la obra literaria y filosófica del escritor no entrará en la solemne oscuridad del Panteón. Y los restos del premio Nobel de Literatura 1957 se quedarán en el pequeño cementerio provenzal de Lourmarin.

El pasado noviembre, el presidente de la república francesa, Nicolás Sarkozy, lanzaba un órdago que pensaba ganar: "Sería un símbolo extraordinario que Albert Camus entrase en el Panteón". El arrojo de Sarkozy escandaliza a la intelectualidad sentimentalmente ligada a la izquierda. El presidente juega bien en las distancias cortas y sabe que el efecto boomerang durará poco tiempo; y que, en última instancia, la polémica a favor o en contra quedará liquidada con la decisión de Catherine y Jean Camus, los hijos del escritor. Como es lógico, la íntima decisión de los hijos está por encima de la solemnidad del Estado. Una cosa más que envidiar del país vecino: el respeto por sus muertos.

La polémica se dispara entre escritores, biógrafos, periodistas y capillas político-intelectuales de Francia, y, con menos intensidad, en los ámbitos diplomáticos argelinos. El mundo intelectual engrasa su batería mediática ante el 4 enero, quincuagésimo aniversario de la muerte del autor de La peste.

Hace cincuenta años, sí, el coche en que viajaba Camus junto a Michel Gallimard se estampó contra un árbol. La carretera estaba helada cerca de Sens. Regresaban a París para embarcarse en nuevos proyectos teatrales. Camus tenía tan sólo 47 años. Vivía ya en un aislamiento político, pero su capacidad intelectual era prodigiosa y versátil a la vez. Dentro de su abrigo se encontró el billete de tren que no utilizó para su regreso y un manuscrito sin terminar, que se publicaría póstumamente con un prólogo de su hija Catherine y el título de El primer hombre. Entre los folios, el escritor dejaba garabateada una dedicatoria para su madre: "A ti, que jamás podrás leer este libro".

Su madre, francesa, viuda de guerra, paupérrima, analfabeta, viaja embarazada hasta Argelia. Allí nacerá entre los más pobres Albert Camus. La escuela pública francesa en Argelia y su primer maestro abrirían al muchacho un mundo que pocos podían entrever tan brillante.

Ahora, la cuestión sórdida: ¿quién se queda con Camus? ¿A quién pertenece ese francés de Argelia que se llamó Albert Camus? Los intelectuales de izquierda sostienen que Camus es suyo, y que sería traicionar el espíritu del hombre rebelde encerrarlo en una urna sombría bajo la cúpula que corona la antigua montaña de Santa Genoveva. "No amaba el cielo de París", esgrime su biógrafo Olivier Todd, y en eso lleva razón. Se habla de profanación obscena, de rentabilidad política por parte del gobierno de Sarkozy y de Kouchner, que querrían hacer suya la crítica antitotalitaria que impregnó la obra y la vida del difunto.

Los blogs se disparan: la derecha quiere transformarlo en un escritor de consenso. El sol y la tierra del desierto, "el polvo de piedra", como escribía en El exilio y el Reino, quedarían profanados. La cúpula del Panteón aplastaría el sentimiento de lo absurdo camusiano.

Toda apropiación intelectual me entristece. Me duele más cuando se trata de un escritor tan íntimamente torturado como lo fue Camus, precisamente por los padres ideológicos de los que ahora quieren resguardarlo del frío Panteón. Me sigue sorprendiendo, incluso más, con el paso de los años, su calma hastiada cuando describe los estragos de una historia definitiva y totalizante:

Cada generación, sin duda, se cree consagrada a rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no lo rehará. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga (A. Camus, Essais, La Pléiade, Gallimard, 1965, p. 1073).

Su cabeza estaba entonces en la guerra civil entre Argelia y Francia.

La presión mediática del mes anterior, devastadoramente brutal, sobre Catherine Camus, quien expresó su zozobra y sus dudas, nos indica hasta qué punto el mundo político es universalmente antropófago. Porque, seamos claros: para la izquierda, el problema no es Camus; el obstáculo es Sarkozy.

La izquierda francesa cree legitimada la herencia afectiva y moral de Camus, de todo Camus. Y eso, evidentemente, no se sostiene. Basta tomarse la molestia de leerlo y de acercarse también a los testimonios dejados por sus amigos, como Jean Grenier (Souvenirs, Gallimard, 1968).

Paradoja de las paradojas: podríamos decir que quienes ahora ofrecen protección a su cadáver lo dejaron a la intemperie cuando él tan sólo intentaba vivir junto a ellos, pero pensando de forma diferente. Pues Camus nunca entendió de paraguas ideológicos bajo los cuales protegerse. En 1957, ya con el Nobel, no hizo la menor de las concesiones y declaró que no podía decidirse entre Argelia y Francia. La guerra civil lo destrozaba. Finalmente, optó por el silencio.

Lo absurdo nace de la confrontación. Y "como cartesiano de lo absurdo –la fórmula es de Sastre–, avanza paso a paso a partir de la certeza de la absurdidad de la existencia" (Roger Grenier, Albert Camus, soleil et ombre, Folio, 1987, p. 125).

No aceptó los actos terroristas del ejército francés, pero tampoco aplaudió los del FLN, y pagó por ello. Sus escritos sobre Argelia están recogidos en Actuelles III. Chronique algérienne. 1939-1958, NRF Gallimard, 1958; y son textos aún por descubrir, por su belleza y por sus análisis también.

Camus conocía muy bien el terreno que pisaba: muy joven descubrió entre las calles de Orán y Argel el cine, el teatro, el fútbol y el comunismo. Participó de la euforia social e ingresó en el Partido Comunista de Argelia entre 1935 y 1936, cuando la Internacional Comunista apoyaba a los primeros movimientos independentistas. Después los dejó tirados, y Camus se salió del partido para iniciar, sin saberlo, una vida de adulto, sin amparo:

Fue preciso forjarse un arte de vivir en tiempos de catástrofe, para nacer una segunda vez y luchar, después, contra el instinto de la muerte (A. Camus, ob. cit., p. 1.075).

Luego vendría el pacto germano-soviético, sus polémicas filosóficas sobre el sentido de la Historia con Sartre y Merleau-Ponty. Vendría el Budapest del 56 y, por supuesto, lo más terrible para él: el inicio de la guerra de Argelia (1954).

Con la publicación de El hombre rebelde, en 1952, su heterodoxia quedaba ya sellada, y su amigo Jean Grenier lo recalcaba con fina ironía:

Su libro es hermoso, pero tiene éxito en la derecha (J. Grenier, Souvenirs, p. 50).

Él mismo confiesa:

No sé si podré soportar por más tiempo este oficio ni estas pruebas solitarias (Olivier Todd, Albert Camus, una vida, Tusquets, 1997, p. 559).

No puede sorprenderme la sobriedad argumental de la propuesta institucional del presidente Sarkozy que apela a la necesidad de "trascender la política". Evitar polémicas. Albert Camus fue el signo de una inteligencia no prejuiciosa. De una sensibilidad hastiada revestida de la energía propia de los seres de salud frágil, se liberó del mundo aferrado a la verdad. Porque era una verdad sin libertad.

Lo que sí me sorprende considerablemente es esa animadversión hacia el Panteón como edificio malévolo para Albert Camus. ¿Por qué esa tirria terrible, insisto, al Panteón, que fue erigido sobre la antigua iglesia de Santa Genoveva para que fungiera de Templo republicano, laico para la gloria de lo humano frente a la idolatría: A los grandes hombres, la Patria, reconocida? ¿Qué es el Panteón sino el símbolo arquitectónico de la República Francesa? El decreto del 4 de abril de 1791 establecía:

El templo de la religión sea el de la patria, que la tumba de un gran hombre sea el altar de la libertad.

Cementerio y escritores: como subrayaba Montherlant –al que Camus leía–, los cementerios no están tan alejados de las bibliotecas. Ambos espacios son, en suma, lugares de orden donde sólo los nombres prevalecen sobre todo lo demás. Nos inclinamos sólo ante un nombre. Ante un listado de nombres, nombres de escritores muertos en las guerras mundiales, como queda constancia en el suelo del Panteón. Es ese momento sobrecogedor en el que la mirada del hombre aislado recorre una y otra vez los nombres, iniciando lo que Malraux definía como l'oraison imaginaire, la oración imaginaria.

Ya sé que es casi imposible que a estas alturas esto suceda, pero a mí, si me lo preguntan, diré que sí, que entre Camus en el Panteón. Tal vez sea por ese afán mío de no aceptar jamás la brutalidad de lo obvio. Digo que sí, que entre Camus en el Panteón, porque con él entrarían los míseros de la Cabilia y su madre analfabeta. Que entre Camus como entró Víctor Hugo aupado por más de un millón de franceses, que se agolpaban en las estrechas calles que encerraron tantas barricadas. Que entre Camus como entró el jefe de la Resistencia, Jean Moulin, torturado hasta la muerte, porque con él entró también la larga comitiva de las sombras, el ejército de las sombras, hombres y mujeres sin nombres que nunca cedieron y murieron por ello, como dijo André Malraux frente al Panteón en 1964. Que entre Camus como entró el cuerpo contaminado y clausurado en un féretro de plomo de Marie Curie, dos veces premio Nobel –y hoy la única mujer en ese templo–, porque con ella entraron las esperanzas de los desahuciados. Que entre Camus como entró Malraux, porque ambos vivieron libres en tiempos de sospecha.

Que entre El extranjero, y Calígula, y el doctor Roux de La peste, y La mujer adúltera. Y que entren los textos que escribió junto a Arthur Koestler contra la pena de muerte. Que se queden Los justos y las voces de María Casares y Gerard Philippe.

Todo, que entre todo, menos lo abominable de la política.

Vivimos en la Historia pero morimos fuera de la historia.

De momento no le han hecho caso. Mal asunto.

***

Sus últimos días

Los que sean de cultura afrancesada me entenderán enseguida. Albert Camus (francés de Argelia, como a él le gustaba definirse) resultó ser el polo opuesto a lo que Dominique Noguez definió irónicamente como le grand écrivain (el gran escritor).

Ejemplos de gran escritor: aquellos que han hecho de su nombre una marca catedralicia, los que rinden pleitesías, reparten prebendas y crean adhesiones. Aquellos a los que el gran público puede nombrar sin haberlos leído. Para atenerme a la época de Camus, estaríamos hablando de Gide, de Sartre o de Valéry. En suma, los que después de la segunda guerra mundial fabricaron con cierta arrogancia el intelectual total.

Recuerdo vagamente que Robert Musil, en El hombre sin atributos, precisaba con su habitual mal café que un escritor de éxito debía al menos disponer de un coche para transportar cómodamente su inteligencia nacional allende las fronteras. Coche, pues, para los maîtres á penser; y con él podrán transitar por la sociedad del espectáculo, como tan certeramente profetizó el situacionista Guy Debord en 1967.

Pues bien, Albert Camus (1913-1960), que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1957, fue hasta el final de su vida ese hombre discreto, obsesivamente inquieto, que, por apego a sus orígenes africanos, revistió su talento con una capa de humildad, como lo hacen los bereberes para protegerse de los vientos y el frío del desierto. Como lo hizo San Agustín, a quien dedicó parte de sus estudios de filosofía.

Los últimos días de la vida de Albert Camus es un libro minúsculo de José Lenzini[1]. Basta con 143 páginas para contornear sobradamente al autor que se comió el siglo XX francés. Lenzini conoce muy bien a Camus. Le ha dedicado varios libros. Le quiere. Y se nota. El abordaje es sentimental, y lo es en el mejor de la palabra. Lenzini recrea, basándose en testimonios, lo que pudo pasar hace exactamente 50 años.

El 4 de enero de 1960, el Facel-Vega que conducía el riquísimo Michel Gallimard (sobrino del gran patrón Gaston Gallimard) se estrelló contra un árbol. Mató al escritor en el acto. Una recta había animado a Michel a pisar el acelerador, la carretera helada hizo el resto. Segundos antes, Camus preguntó por el nombre del pueblo al que iban acercándose. Petit-Villeblevin, contestó Michel. Silencio en el coche. Camus oye los neumáticos patinar, tensa sus piernas instintivamente, no ve nada, "¡Endereza... Ende...!" grita.

Así de tonta, así de absurda, la muerte súbita. Encontraron en el bolsillo de nuestro hombre un billete de tren. Cambió de idea para no hacer un feo a Michel, pues ya no le quedaban apenas amigos. Tenía 47 años.

La radio francesa rompe la jornada de huelga para dar la noticia. Periodistas argelinos se agolpan en el 93 Rue de Lyon, en el quartier pauvre de Argel donde vive la madre. Ella nunca quiso separarse de su país, ni de su ciudad.

Este año será sin duda para la literatura franco-argelina el Año Camus. El libro de Lenzini es una invitación para leer o releer al autor de El extranjero, La peste, El hombre rebelde. Camus se relee muy bien. Y no sólo si se es un afrancesado de mi generación. Retomar su lectura y disfrutar de la versatilidad de su actividad intelectual: qué buena forma de empezar esta nueva década.

Hay en su prosa un elemento conmovedor propio de la tradición de los moralistas franceses clásicos, donde los movimientos soterrados del alma quedan, sin embargo, potenciados en la superficie de la escritura. Eso es lo que encontramos en Camus: la sobriedad estilística, la contención descriptiva de los sentimientos, el frontal rechazo al vuelo inconsistente de la retórica. Nos transmite la energía hedonista de lo que denominó "el pensamiento del Mediodía". Todo ello hace de él uno de los grandes –sin haber querido serlo jamás–; bien hubiera podido morar en el Panteón junto con Fénelon o Voltaire, por citar a los clásicos del Frontispicio del célebre cementerio republicano. El presidente Sarkozy así lo propuso. Pero no podrá ser.

Lenzini entreteje en tono intimista los episodios del escritor, seducido tempranamente por la fraternidad del comunismo, en la Argelia de 1936, del que huye apenas un año después. Luego vendría París, otra fraternidad, más elitista, la del círculo sartriano. Otra ruptura. Vendría el dedo acusador de la izquierda intelectual parisina, que sin ser abiertamente comunista no puede escapar, sin embargo, de su irradiación esperanzadora, en plena Guerra Fría. Camus fue excomulgado definitivamente tras la publicación de El hombre rebelde, en 1952. Hubo quien dijo que era exponente de "una desoladora indigencia de pensamiento" (v. Lenzini, p. 129).

La crítica, escrita por Sartre pero firmada por Jeanson y publicada en Les Temps Modernes en mayo del 52, es demoledora y violenta. Traspasa el terreno de la amenaza: "A pesar de todo, si yo fuera Camus me parece que me sentiría inquieto". La respuesta de Camus será contundente: "En fin, si me pareciera que la verdad está en la derecha, sería de ellos" (Olivier Todd, ob. cit., p. 565).

En esas páginas subyace el drama de los campos de concentración en la Unión Soviética, nunca explícitamente reconocido por la izquierda intelectual. El recorrido que hace Camus sobre las revoluciones y sobre el ejercicio del Terror de Estado como elemento constitutivo de la propia dinámica revolucionaria sellará la ruptura definitiva entre los dos filósofos. "Usted ha elegido la derrota y ha puesto tono para describirla", escribirá Sartre.

Camus percibe el acto reverencial, la genuflexión, la servidumbre voluntaria de los intelectuales. Él es ya el hombre rebelde que rechaza el universalismo comunista. Y se siente frágil, inseguro, como siempre. Con fuertes crisis de angustia. "En presencia de intelectuales, tiene siempre la impresión de tener algo que hacerse perdonar", apunta Lenzini. Camus, el apestado, rehuye los paseos por Saint-Germain des Près. Ya no se sienta en las terrazas del Dôme o de La Coupole. "Lo mejor que puedo hacer es callarme, taparme los oídos y tratar de trabajar", escribe a Francine, su mujer.

El 4 de enero de 1960, Camus se adormece en el deportivo de Gallimard mientras repone fuerzas, como Sísifo. Como su héroe absurdo, se sabe condenado al eterno castigo de situarse en la marginalidad ideológica. Pero como Sísifo, adueñándose de esa certeza, de ese destino sempiternamente cargado de soledad, vence a la propia derrota.

Y aquí está el punto de unión, el nexo camusiano que cierra su primer libro, El mito de Sísifo (1942): "La sabiduría antigua se junta con el heroísmo moderno".

Camus sigue callado en el deportivo mientras recorre, a modo de testamento visual, su vida afectiva, llena de mujeres, algunas sabias, otras depresivas, también las hay talentosas. Como María Casares: "A bientôt, ma superbe". Fue su última nota. (v. Lenzini, p. 30). Aprecia la amistad dulce y contenida de las mujeres, como anota en su diario (Carnets). Vive las noches de jazz en Le Tabou con Boris Vian. Agradece el apoyo que recibió de Maurice Druon en la revista La Nef en noviembre de 1957, tras recibir un nuevo ataque frontal, esta vez por su renuencia a aceptar las propuestas del FLN para la independencia de Argelia. Camus piensa en su familia y en los numerosísimos europeos de Argelia, que son proletarios, obreros la mayoría, al lado de unos pocos millares de grandes colonos e industriales.

François Mitterrand, ministro del Interior, afirmó en noviembre de 1954, tras las primeras matanzas de civiles: "Argelia es Francia". Camus conoce mejor el terreno: "Argelia no es Francia, no es siquiera Argelia, es esa tierra ignorada, perdida en la distancia" (Jean Grenier, Souvenirs). También sabe que Argelia sin los franceses será un caos. Recuerda una vez más su determinación de callarse, aislarse y escribir. Pero no puede: "Hoy tengo el país atravesado en la garganta y no puedo pensar en nada más".

Incluso tras la fastuosa ceremonia del Nobel de Literatura le perseguirá el escándalo; de hecho, las difamaciones llegan hasta Estocolmo. Pero nunca aceptará afectiva e intelectualmente la idea de la independencia de Argelia.

Camus muerto incomodará aún más que en vida.

No fue portavoz de nadie, de causa alguna, y sin embargo lo encontramos siempre en todos los fregados. "La necesidad de tener razón es el signo de un espíritu vulgar" (A. Camus, Carnets 1, p. 27).

Su biógrafo Olivier Todd sitúa la vigencia del pensamiento camusiano: "Publica El hombre rebelde antes de que aparezca El opio de los intelectuales de Raymond Aron, y 25 años antes de La tentación totalitaria de Jean-François Revel". Si uno no puede escapar de la Historia, precisa Camus, se podría proponer una lucha contra ella, para preservar esa parte del hombre que no es de su propia competencia. Para que al menos el individuo quede aprisionado entre los márgenes marcados por las ideologías totalitarias.

Los que amamos los libros amaremos siempre a Camus, porque nos enseñó a intuir las verdades relativas. Ensayista, hombre de teatro y filósofo, novelista: toca todos los palos. Uno de ellos, no menor, es el del análisis político: véanse sus trabajos en L'Alger Républicain, en Combat y en el Express de Servan-Schreiber, un empresario made in USA. Tampoco allí se sentiría a gusto. Se despidió con un artículo dedicado a Mozart. Desplazado en todas partes. Autista casi, como su madre.

Del hombre absurdo pasó al hombre rebelde. Reaccionó cuando "el revolucionario se tornó en un conquistador", y denunció: "El conquistador no busca la unidad, sino la totalidad, lo que significa el aplastamiento de las diferencias" (A. Camus, Essais, p. 404).

Quien busque datos, los encontrará en el libro de Lenzini. Quien busque al escritor, en esas páginas lo encontrará perfilado. Quien no sepa de él, tal vez se anime a buscar sus libros.

La trayectoria de Camus nos es cercana. Y nos fuerza a reconocer que todavía no hemos podido salir del círculo de la maldad política del siglo pasado, que con tanta claridad describió este africano de Europa.

Apprendre á vivre et á mourir et, pour être homme, refuser d´être Dieu.

***

Argelia la ausente

"Un hombre es la suma de sus actos públicos y privados, conocidos y anónimos". Hay posiblemente muchas formas de leer la obra de Camus, pero una sola para hablar de su integridad moral. Y lo que me interesa destacar es precisamente la obcecada rectitud de Albert el africano.

Me interesa hablar de esa suma de actos por los que se definió como nativo argelino, patriota francés y defensor de los que nacieron en Argelia y creyeron en la posibilidad de convivir sin elegir entre las dos tierras. Me interesa recorrer a vuelapluma el vía crucis que fue para él escribir y vivir a contrapelo del discurso independentista dominante, en plena Guerra Fría. Y para ello me limitaré estrictamente a dar paso a sus palabras y a citar algunos de sus actos en tiempos de la Guerra de Argelia.

Argelia atraviesa los libros, gestos y viajes de Camus, y desquicia sus nervios. Incluso cuando decide enmudecer, el Nobel de Literatura se encarga de propagar su mutismo. Por ello, en 1958, en los momentos más duros de la guerra, decide recopilar todos sus artículos sobre Argelia, publicados en tres fechas y periódicos clave: L'Alger Republicain (1939), Combat (1945) y L'Express (1955-56), y publicarlos bajo el título Crónicas de Argelia (La Pléiade). El prólogo de este recopilatorio, redactado entre abril y mayo de 1958, es hoy un documento excepcional: primero, por la claridad de sus análisis y, segundo, por la carga emocional subyacente, y que agudiza aún más la intuición política de Camus sobre la debacle final de la guerra (1954-62). Transmite, a modo de testamento intelectual, la fuerte impronta de una tierra maltratada que exuda luminosidad y miseria. Sus Crónicas de Argelia se leen hoy como una lenta cronología de una lucha personal perdida: "Este libro es también el libro de un fracaso".

He intentado definir claramente mi posición: me parece preferible, y sin comparación más justo, una Argelia constituida por pueblos federados, y ligados a Francia, que una Argelia anexionada a un imperio islámico que no haría sino añadir más miserias y sufrimientos a los pueblos árabes, y arrancaría al pueblo francés de Argelia de su patria natural (A. Camus, Crónicas de Argelia. Salvo que se indique lo contrario, todos los pasajes reproducidos a partir de ahora proceden de esta obra).

¿Es posible ser anticolonialista y a la vez anti-independentista? Es ésta una idea aparentemente contra-natura. Algo así como querer redondear el hexágono francés. Un imposible. ¿O tal vez se trataba de un razonamiento adelantado a ese tiempo? Camus fue uno de los pocos intelectuales que llevó la voz inaudible de los franceses de Argelia hasta la metrópoli. Enfadó, molestó a todos: a la izquierda como la derecha. Lo cierto es que verbalizaría, junto al grupo liberal, la propuesta política de una federación franco-argelina.

¿Es imaginable un Camus liberal? Pues sí, al menos, durante unos años.

Si vosotros, los demócratas árabes, erráis en vuestra tarea de pacificación, nuestra acción, la de los liberales franceses, se verá de antemano abocada al fracaso.

El sueño del panislamismo está en el imaginario de El Cairo, no en las calles del barrio pobre de Belfort donde creció el autor de La peste. Huir del maniqueísmo de la Guerra Fría es lo que pretenderá en los 35 artículos de L'Express, que van de mayo del 55 a febrero de 56.

L'Express fue un periódico liberal, independiente de la órbita comunista o marxista, concebido esencialmente para aupar al político Pierre Mendès-France, asimilacionista del primer proyecto Blum-Violette de 1936 y capaz, en 1956, de buscar una base unitaria con los nacionalistas moderados. Pero Mendès-France es ya por estas fechas un traidor para la izquierda francesa, y para el Frente Nacional de Liberación, sencillamente "el judío liquidador de Indochina".

Camus busca una tercera vía, la del federalismo republicano, descartando así radicalmente la independencia, que supondría la inmediata expulsión de Argelia del millón largo de europeos instalados allí desde 1830. Busca una nueva definición de la unión de franceses y argelinos sobre la base del reconocimiento de la ciudadanía francesa de estos últimos y una descentralización administrativa en el marco de una organización federal. Ahí es nada.

La independencia de Túnez y Maruecos (1956) dejaba el camino abierto a la independencia argelina, y aseguraba también un paso fronterizo para las armas. En Brioni, el movimiento de los no alineados, con Nasser, Nehru y Tito, abría una ventana de esperanza a los países pobres. Desde el verano del 56, la ONU se enfrasca en el problema argelino, no da una salida clara.

Los que preconizan la solución militar saben que se tratará de reconquistar Túnez. Los que preconizan en términos imprecisos la negociación con el FLN ya no pueden ignorar que esto significa la independencia de Argelia, dirigida por los más implacables jefes militares de la insurrección, esto es, la evicción de 1.200.000 europeos de Argelia.

¿Cuál es la salida que prefiere Camus? La vertebración de una nación argelina ligada a Francia con los lazos del federalismo.

Lo que más necesitamos en Argelia, hoy, es una opinión liberal que pueda precipitar una salida antes de que todo el país quede solidificado en sangre.

¿Cuál es su aspiración inmediata? Proteger los derechos de los colonos pobres, invisibles para la metrópoli. "No tienen millones, ni cadillacs". El 80% de los franceses de Argelia son asalariados y comerciantes, administrativos y maestros. "La mayoría de los colonos no son unos aprovechados (...) han nacido y morirán en esa tierra, aislados, trabajadores, en pueblos en los que están expuestos a las matanzas". ¿Cuál es su obsesión? No dejarse llevar por la borrachera de sangre de una guerra terrorista que se ceba principalmente en los civiles, árabes y europeos.

No puedo admitir una política (...) que dejaría al pueblo árabe en una mayor miseria, que arrancaría de sus raíces seculares al pueblo francés de Argelia y que favorecería únicamente, y sin provecho alguno para nadie, al nuevo imperialismo que amenaza la libertad de Francia y de Occidente.

El Camus cartesiano razona, no busca tener razón, y ve en el FLN una herramienta tanto de Moscú como de la estrategia panislamista de El Cairo. Los grandes colonos son poco más de 200 familias. El resto, el millón largo, es gente normal "que no explota a nadie".

La frivolidad parisina hará que se olviden de la desdicha argelina como se han olvidado de la desdicha húngara.

"En la metrópoli confunden a los musulmanes con mujaidines", añade. Camus resiste. Se obceca en lo imposible. Recibe bofetadas de la derecha y de la izquierda; las que más le duelen son las de la izquierda:

En Argel se mata, se guillotina en Gallimard.

El cronista político analiza la polaridad política:

La derecha ha dejado la exclusividad del reflejo moral en manos de la izquierda, y ésta ha cedido a la derecha la exclusividad del reflejo patriótico.

En Miseria de la Cabilia (1939) había perfilado el brutal desajuste del colonialismo en una sola imagen: en medio del desierto se elevan "escuelas-palacio", aulas vacías con maestros sin alumnos. En el Ministerio de Interior se "olvidaron" de que a los padres de la Cabilia "no les gusta especialmente que sus hijos vayan a la escuela".

Veinte años más tarde, en Crónicas de Argelia, vuelve sobre la miseria y el hambre: "Esta pobreza puede aumentar desmesuradamente, como la demografía". El hecho demográfico: 1,2 millones de europeos frente a 9 millones de argelinos. Y añade, como analista: "Los movimientos nacionalistas son pobres en doctrina, pero ricos en audacia".

El escritor se fue embriagando de soledad, actividad y ansiedad. Reseñaré tan sólo dos hechos esenciales del Camus ciudadano:

1) El 22 de enero de 1956 viaja a Argel para presentar un llamamiento para una tregua civil en Argelia. Se trata de frenar la matanza. El ministro socialista Guy Mollet tenía entonces movilizados a 500.000 hombres. La tensión en París y en Argel es extrema: Camus viaja protegido por sus amigos liberales. Habla con su acento mediterráneo ante una sala abarrotada de pied-noirs, partidarios de Ferhat Abbas, intelectuales moderados; y algunos creen ver a Ben Bella. Fuera del Círculo del Progreso, se oyen los gritos: "¡Muerte a Mendes-France!", "¡Camus a la horca!" (O. Todd, ob. cit., p. 614).

Camus se ahoga, le dicen que hable más rápido; prosigue:

Porque no hemos sabido vivir juntos, dos poblaciones, parecidas y diferentes, ambas respetables, ahora se condenan a morir juntas, la rabia en el corazón (A. Camus, Tregua para los civiles, La Pléiade, p. 992).

Sus amigos lo sacan en volandas del teatro y del barrio donde nació y creció.

2) El 14 de diciembre 1957, en el anfiteatro de la universidad de Upsala, tras recibir el Nobel, surge el escándalo mediático. La Batalla de Argel está en todos los periódicos. Un joven argelino lo increpa. El Nobel respira hondo. Finalmente suelta la frase:

Debo condenar también el terrorismo que se ejerce a ciegas en las calles de Argel, y que un día puede golpear a mi familia. Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia.

Los escándalos estallan a veces con una simple frase. La turbina de la difamación es imparable. Por extraños saltos en el tiempo, asocié esta frase a la de Hermann Tertsch:

Les aseguro que si yo pudiera matar a quince terroristas de Al Qaeda para liberar a los tres compatriotas secuestrados, lo haría sin duda.

Si nos fijamos, ambas frases están dentro del mismo registro personal o afectivo. En ambos casos, se expresa con un yo que no arrastra a ningún otro en esa determinación. En ambas se afirma la prioridad moral frente a los actos terroristas. Y eso exaspera siempre a los mismos. Aún hoy.

Camus se defiende en Estocolmo. En París, calla: "Toda defensa se convierte en una apología de uno mismo". Lo más odioso para él.

Sin apoyos, el proyecto liberal es abandonado. Camus se entrevista el 5 de marzo del 58 con De Gaulle. Pero ya sabe que el general no piensa en los franceses de Argelia.

De Gaulle proclama el 13 de junio: "Los argelinos deben decidir su destino".

Camus confiesa a Michel Gallimard, pocas horas antes del accidente que le costará la vida, el 4 de enero de 1960: "Con el FLN, me extrañaría mucho de que lograsen decidir por sí solos" (J. Lenzini, ob. cit.).

Finalmente, sus últimas reflexiones, universales, parecen saltar a través del tiempo:

Yo creo en una política de reparación para Argelia, no de expiación (...) El tiempo del colonialismo ha acabado. Es vano condenar varios siglos de expansión europea, absurdo, condenar a Cristóbal Colón.

El 14 de enero de 2007, en su investidura, el presidente Nicolás Sarkozy repite lo que será su leitmotiv: "No podemos arrepentirnos de los errores de nuestros padres". Al final del arrepentimiento hay siempre "odio hacia uno mismo" (détestation de soi). Lo peor para el futuro de una nación.

Camus/Sarkozy. ¿Coincidencias? No, yo diría, más bien, lectura. Lectura estratégica, si se quiere, pero lectura. Pese a quien le pese.

"El hombre absurdo es aquel que no se separa del tiempo" (El mito de Sísifo). Pues bien, Camus fue ese hombre atado de pies y manos a su tierra natal:

Argelia es la ausente cuyo recuerdo y abandono estremece el corazón de unos cuantos y de la cual otros quieren hablar, siempre que calle.



[1] José Lenzini, Les derniers jours de la vie d'Albert Camus, Actes Sud (Collection Bleu), 2009.

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