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América para lectores soviéticos

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A fines de 1935, los escritores soviéticos Ilf (Ilya Arnoldovich Fainzilberg) y Petrov (Yevgeny Petrovich Kataev) viajan como corresponsales del diario Pravda para retratar la América de la Gran Depresión. Se trata de un encargo oficial, obviamente –¿sólo de Mejlis, editor en jefe del periódico, o de instancias más elevadas, teniendo en cuenta que el editor era también secretario de Stalin?–, pero, según Alexandra Ilf, hija de uno de ellos y prologuista de la edición española, el resultado de esa "demanda social" no será un libro escrito por encargo, ni un panfleto ideológico, tampoco un libro de viajes clásico, como los de Stern, Heine o Andersen, sino "una auténtica obra de arte sobre ese país en movimiento creada por autores refinados y observadores".

La América de una plantarezuma buena escritura, humor e ironía y un saber hacer literario dual que Ilf (1897-1937) y Petrov (1903-1942) habían demostrado con anterioridad en la novela Las doce sillas (1928), crítica a la amplia variedad de oportunistas y burócratas a que había dado pie la Nueva Política Económica durante el periodo más liberal del régimen comunista. En su reportaje, los escritores se presentan convenientemente distanciados ("Nueva York no nos había decepcionado ni entusiasmado; estábamos más bien sobrecogidos por su enormidad, su opulencia y su pobreza") y, tal vez, en el filo de la navaja de lo aceptable ("Y nosotros queremos hablar de la aplastante mayoría de norteamericanos que sólo pueden gastarse unos centavos y constituyen la clientela de los Childes [una especie de McDonald's de la época], las cafeterías y los restaurantes automáticos") para Stalin, el Comité Central del Partido y los censores, pero en definitiva instalados en la retórica estética e ideológica del comunismo. Por eso, se trata de un texto que, si bien se acerca a la América que a lo largo de tres meses y medio cruzaron dos veces, de este a oeste y de oeste a este, también revela mucho de su país de origen o, cuanto menos, de la ideología dominante en aquel momento, destilada entre líneas.

¿Podía haber sido de otro modo? Probablemente no. A pesar de haber rozado en sus novelas la crítica política, tan poco grata a quienes abogaban por el realismo socialista, Ilf y Petrov habían conservado el favor de Stalin en las purgas de principios de los treinta, a diferencia de sus afines de la literatura del absurdo, los deportados, encarcelados o hasta asesinados integrantes del grupo Oberiu. Dos años antes del viaje, en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, presidido por Gorki, se había dado aldabonazo a cualquier crítica o experimentación literaria; por decreto ley, instruido a golpes de puño por el consuegro de Stalin Andrei Zhdanov, se había impuesto la doctrina del realismo socialista, que, ideada por el máximo líder, convertía al escritor soviético en un ingeniero de almas que tenía la tarea de dar un nuevo contenido humano al hombre de la realidad comunista.

Ilf y Petrov no caen en la vulgaridad de una crítica política directa. Mal hubiese sido recibido un texto panfletario por los lectores soviéticos de los años treinta, a los que, según la prologuista, "les atraía el hecho de poder conocer un modo de vida distinto en un país extranjero", pero que, por otra parte, no podían viajar, como sí habían hecho en 1931 alrededor de 10.000 americanos en busca de soluciones contra la crisis.

El antídoto ideológico contra el capitalismo y la democracia es administrado a cuentagotas. Para empezar, en ningún momento se habla de que América está sumida en la Gran Depresión que se desencadenó con el crash bursátil de 1929, por lo que todas las descripciones de situaciones de pobreza o dificultad son realísticamente presentadas como inherentes al país y al sistema económico.

Como en la mejor de las cartillas de adoctrinamiento izquierdista, los autores constatan que los americanos son excelentes trabajadores, nada pedantes, generosos y hospitalarios, sociables, aunque poco curiosos e incapaces de reflexionar sobre nada porque las grandes compañías comerciales lo hacen en su lugar. Por el contrario, el sistema económico y la burguesía, ¡ay del capitalismo y la democracia! (véase especialmente el capítulo "La democracia americana"), encarnan todos los males: los tranvías circulan porque es beneficioso para su propietario, la burguesía se ha adueñado del arte del pueblo y son "las reinas del ferrocarril, los príncipes de la goma de mascar y las princesas de los dólares" quienes ocupan los palcos de los teatros; hay desprotección, los médicos arruinan a los familiares de los enfermos porque cobran por su trabajo, los bandidos y delincuentes son protegidos por los poderosos y el cine de Hollywood sólo sirve para hinchar los bolsillos de los empresarios. Conclusión: en América la técnica es superior a la organización social porque "las constituciones de los países capitalistas no son más que hermosos textos grabados en tablas de bronce o hermosos pergaminos preservados en las cajas fuertes de sus instituciones legislativas".

En La América de una planta hay también lugar para las anécdotas. Ilf y Petrov se encuentran con Hemingway y gracias a su mediación visitan la cárcel de Sing Sing, cuya silla eléctrica describirán; van a la localidad natal de Mark Twain, a las colinas de Holywood, a los escenarios de cartón piedra y a los campamentos de pieles rojas; comen picante y se abrasan la garganta. Algunas situaciones son hilarantes, otras se convierten en la excusa para destilar el antídoto: como cuando aprovechan el arrobamiento del camarada Grozni en la cadena de montaje Ford para constatar que "sólo podría comprender[lo] y valorar[lo] en su justa medida un ingeniero, un ingeniero a secas, no un ingeniero de almas como nosotros".

¿Guiños a los lectores de la época? ¿Anzuelo para censores? Tal vez. A su regreso, los autores escribieron a Stalin, la obra fue sometida en numerosas ocasiones a la crítica oficial y sufrió cortes de la censura. No obstante, fue publicada en 1936, en los números 10 y 11 de la revista Znamia, no en Pravda. Que cada cual extraiga sus conclusiones.

Ilf & Petrov, La América de una planta, Acantilado, Barcelona 2009, 498 páginas.

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