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Libertad Digital, suma y sigue

Diez años

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Me han pedido con gentileza que no merezco que escriba sobre estos diez años de Libertad Digital. Insisto en lo de gentileza no merecida porque yo no formé parte de aquella gente rezumante de visión y valor que botó el barco del que ahora es primer periódico digital en España. Lo mío fue menos relevante y así debe quedar constancia para la posteridad. Recuerdo perfectamente cómo entré a colaborar en Libertad Digital. Alguien –no sé bien si Federico, Javier Rubio o ambos– pensó en la posibilidad de tener en el dominical una sección dedicada a enigmas históricos. Fue así como, semana a semana, me dediqué a uno de mis ejercicios preferidos, el de acercar la Historia al gran público, revelando, por ejemplo, que el Zorro había sido un personaje histórico, que el duelo a muerte en OK Corral tenía razones políticas o que Felipe II se estrelló al mandar la Armada Invencible contra Inglaterra por puro fanatismo religioso.

Fueron semanas y semanas de dulce investigación y más dulce redacción en los que veía desde mi atalaya de la Historia cómo el periódico crecía y crecía, no por mí, pero sí –¿qué duda cabe?– me beneficiaba directamente con su crecimiento, porque en aquella navegación a favor de la libertad yo intentaba aportar un minúsculo grano de arena histórica. Fue hermosa, muy hermosa aquella época. En ella conocí más a un Javier Rubio que me había sorprendido por una agudísima exposición sobre los rent-seekers en las Jornadas Liberales de Albarracín y conocí de primeras a Mostazo, Chinchetru y a otras gentes que acabarían siendo decisivas en esta casa, como Javier Somalo o Dieter Brandau.

Cuando me quise dar cuenta, alguien –¿Javier, Federico o ambos?– me propuso tener un chat los martes por la tarde. Aquellos chats eran verdaderos desafíos porque los participantes lo mismo te pedían bibliografía sobre el Risorgimiento italiano que te consultaban sobre cuestiones de la actualidad política o exigían aclaraciones sobre enjundiosas cuestiones teológicas. Fue Federico el que llegó a decir que aquello parecía el "consultorio teológico de Libertad Digital", pero no recuerdo si fue antes de que alguien me pidiera que me definiera como infralapsario o supralapsario en relación con las doctrinas de la gracia o después de que alguien quisiera saber mi opinión sobre la escatología dispensacionalista. Tampoco importa mucho. No importa porque mi aporte seguía siendo muy modesto en un periódico que cada vez tenía un cuerpo más sólido y que ya comenzaba a ser reconocido internacionalmente, por ejemplo, como el único que informaba objetivamente en España acerca del problema de Oriente Medio. Por cierto, nota pequeña a pie de página: con el tiempo, aquellos Enigmas se convirtieron en dos best sellers publicados por Planeta, que yo dediqué –¿podía ser de otra manera?– a aquella redacción de Libertad Digital, que era un ejemplo de periodismo audaz y serio. ¿Y los chats? También una selección acabó convirtiéndose en libro... Los que me conocen saben que yo soy así.

Antes de que pudiera darme cuenta se abrió LDTV, y Federico sugirió que llevara un programa de Historia, que debía llamarse, remedando el inicio de mis editoriales en La Linterna de COPE, Corría el año. Era un programa único, y no porque lo hiciera yo, sino porque ninguna TV estaba por la labor de discutir sobre temas de Historia una vez a la semana. Sentí cuando dejó de emitirse, pero –las cosas como son– no mucho. Javier Rubio me propuso entonces hacer Camino hacia la cultura, una sección diaria que Dieter Brandau presentaba de manera excesivamente elogiosa al término de su espléndido informativo, pero que me permitió comprobar que el grupo de Libertad Digital era objeto de atención lo mismo en Venezuela que en Estados Unidos, lo mismo en Noruega que en Israel, lo mismo en Japón que en Rusia, y puedo decirlo porque desde estos lugares, entre otros muchos, me llegaban cartas y mensajes comentando aquel espacio.

Y entonces llegó esRadio, porque, como ha dicho Federico, nos echaron de otro sitio. Bueno, por eso y porque, en realidad, era la consumación lógica de Libertad Digital. Como era consumación lógica que aquellos que escuchaban COPE porque seguían Libertad Digital y les gustaba el estilo insuperable de Federico, expulsados nosotros de la cadena en la que estuvimos años generando pingües beneficios (muchísimos más Federico que yo), se pasaran a esRadio. A fin de cuentas, nosotros hemos seguido insistiendo en cuestiones como la investigación sobre el 11-M o la resistencia frente al despotismo de los nacionalistas. Otros –que han optado por la vía del pacto– no pueden decir lo mismo.

Hace apenas unas horas, en La noche de César recordábamos los diez años de Libertad Digital con Recarte y Federico, con Javier Rubio y Javier Somalo, con Dieter Brandau y Mariano Alonso. Éramos siete, aunque no estuvieran ni Yul Brynner ni Steve McQueen (ni falta que hacía), y creo que transmitimos la esencia de este grupo: que vamos a seguir defendiendo la libertad como hasta ahora, que el dinero nunca nos ha importado porque creemos en lo que hacemos y en los que nos apoyan, que no dependemos del poder, ya que como liberales desconfiamos del poder, que nunca olvidaremos a las víctimas del terrorismo ni a los que no tienen voz, que nos llevamos incomparablemente bien, que nos divertimos extraordinariamente con lo que hacemos, aunque raro es el día en que trabajamos menos de doce horas, y que, al menos algunos, confiamos en que Dios nos seguirá ayudando siempre que recordemos la máxima de Oliver Cromwell de elevar nuestras oraciones al Señor mientras mantenemos seca la pólvora. Lo seguirá haciendo como hasta ahora porque esto, lo digo en serio, no ha hecho más que empezar.

Número 43

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