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La Ilustración Liberal

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Crónica del horror

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El 17 de abril de 1975, los Jemeres rojos entraron en Phnom Penh, la capital de Camboya. Durante los cuatro años siguientes, dos millones de personas -una de cada cuatro- según las estimaciones más fiables, perecieron bajo un régimen que alcanzó unos niveles de terror y delirio sin precedente en la historia. Loung Ung, superviviente de aquel genocidio, relata en este libro sus recuerdos. Las memorias de una niña que no tenía más de cinco años cuando empezó todo.

No es fácil recomendar un libro que contiene tanto sufrimiento. Quien lo lea, tiene garantizado un nudo en el estómago durante la lectura e incluso en alguna ocasión, lágrimas en los ojos. Sin embargo, me parece que la lectura de este relato es enriquecedora en muchos aspectos, especialmente por las enseñanzas y experiencias históricas que transmite a través de los ojos de una niñita, lo que hace que el grado de espanto se multiplique.

Ahí no acaban los males. Si la lectura de Se lo llevaron es sobrecogedora, advertir que las ideas que repetía el Khmer Rouge en su propaganda no difieren en esencia de las que son consideradas como "bienintencionadas" y "morales" en el resto del mundo, llega a aterrar. Juzgue si no el lector: El Khmer Rouge abolió el dinero y la propiedad privada, pilares máximos del diabólico mercado y procedió a sustituirlos íntegramente con la planificación estatal en interés de la comunidad. En otras palabras, el fruto del trabajo dejó de pertenecer a quien lo realizaba y pasó a ser de la comunidad, representada en el Angkar (Organización) que proporcionaba a la gente "según sus necesidades". Las ventajas de abolir la propiedad privada y establecer el comunismo incluían la posibilidad que tenía el Angkar de entrar en cualquier casa cada vez que lo desease y registrar todo lo que quisiese.

Otras medidas igualitarias incluyeron el establecimiento de la obligación de llevar la misma ropa y el mismo corte de pelo: Al vestir igual, los camboyanos "se liberaban de la vanidad corrompida creada por Occidente". Quedaron prohibidos los aparatos mecánicos y electrónicos que habían suscitado una profunda división de clases entre pobre y ricos. Ya se sabe, los ricos exhibían sus riquezas en tanto que los pobres pasaban penalidades. Con el Khmer Rouge cambiaron las cosas. Un individuo no debía poseer lo que le faltaba al resto del país. Como todos eran iguales, si una persona se moría de hambre, se suponía que todos debían hacerlo.

La política educativa también se ajustó a los patrones progresistas de gregarismo comunitario e inflexibilidad con los reaccionarios recalcitrantes. Los niños aprendían a disparar y matar incluso a sus padres, si eran traidores. Cualquier educación que no fuese la pública, fue eliminada por ser absolutamente incompatible con la sociedad agraria pura que se estaba construyendo. Y es que otra de las "sabias" medidas de los Jemeres rojos fue la evacuación forzosa de las ciudades y el reasentamiento de toda la población en comunas agrícolas. Al parecer, Pol Pot y los suyos se anticiparon al advertir los males de la industrialización, la congestión urbana y la división del trabajo.

Ironías aparte, el hecho de que tras tragedias como la de Camboya, los partidos comunistas y los movimientos antiglobalización estén autorizados y gocen de respetabilidad, constituye en sí mismo una aberración. Como otra aberración es el hecho de que la Iglesia haya designado patrón de los políticos a Tomás Moro, autor de Utopía e ideólogo adelantado de la barbarie camboyana. ¿Será que la historia vuelve a enseñarnos que de ella la gente no saca ninguna enseñanza? Los millones de víctimas de una ideología tan corrupta, no se merecen semejante olvido.

Loung Ung, Se lo llevaron (Trad. Alejandro Pareja), Maeva Ediciones, Madrid, 2001, 255 páginas

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