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La Ilustración Liberal

El Once de Septiembre en Libertad Digital

La Sociedad abierta en guerra contra sus enemigos

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Estamos en guerra contra el terrorismo y lo estaremos siempre
Editorial de Libertad Digital

Desde el mismo momento en que se produjo la masacre de Nueva York y Washington, Libertad Digital defendió no sólo la obligación moral de atacar y destruir a los culpables de tan horrendo crimen, cómplices incluidos, sino también la necesidad de imponer un verdadero orden internacional contra el Terror, que no será nuevo porque no ha existido ninguno que pueda quedarse viejo. Es hora, decíamos, de acabar con el egoísmo miope y la disimulada complacencia ante el dolor ajeno que han venido presidiendo el comportamiento de los países occidentales ante el fenómeno terrorista, porque ha sido esa indiferencia moral, informativa, política, diplomática y militar lo que ha llevado a los criminales islamistas a creer en su fuerza, en su impunidad y, en definitiva, en su capacidad de destruir a Occidente sin que éste se defienda.

Precisamente porque entendemos que lo que está en juego es la supervivencia de las sociedades libres, precisamente porque los españoles hemos padecido como pocos esa indiferencia internacional ante el terrorismo etarra, que desde hace décadas siega la vida de nuestros compatriotas y pretende aniquilar nuestras instituciones nacionales y democráticas, creemos nuestra obligación más elemental apoyar el ataque de los Estados Unidos y sus aliados contra las bases del terrorismo islamista y respaldar inequívocamente a nuestro Gobierno en la participación decidida "e incondicional" de España en esta guerra contra el terrorismo. Incondicional, sí, mientras sea contra el terrorismo, pese a todas las condiciones y condicionantes que ciertos responsables políticos y ciertos irresponsables periodísticos vienen poniendo a la actuación de esta Alianza contra el Terror.

Sólo la tradicional indiferencia de buena parte de la Izquierda ante los valores democráticos y sólo el antiliberalismo y el antisemitismo que la extrema derecha comparte con la izquierda en Europa pueden explicar ese antiamericanismo visceral, ese alarde de reticencias, ese recital de cobardía que en muchos medios de comunicación y en no pocas fuerzas políticas ha constituido el espectáculo previo a este comienzo de las operaciones militares en Afganistán. Como izquierdistas y fascistas, neonazis y comunistas llevan tres semanas quedando en ridículo por la exquisita prudencia demostrada por Bush en su reacción, no tardarán ni tres días en declarar el fracaso de la ofensiva norteamericana y en defender la necesidad de "dialogar" con Ben Laden y de pedir disculpas a la muy honorable y muy ofendida civilización musulmana, que persigue Corán en mano todas las libertades individuales, empezando por la de cambiar de religión, y que no ha producido ni permitido un solo país con democracia y prosperidad.

Esperemos que esta quinta columna liberticida pertenezca al mundo que empezó a decaer inexorablemente el Once de Septiembre. Esperemos que esta guerra contra el terrorismo -guerra por la movilización de todos los recursos contra el enemigo, aunque lo militar sea sólo una pequeña parte de ella- dure mientras dure la amenaza terrorista, sin cegarse con falsas victorias ni aburrirse de sus propios éxitos. Todos los que defienden realmente la libertad deben -debemos- considerarnos en guerra contra el totalitarismo, del que las distintas variantes del terrorismo son a la vez medios y fines, portavoces y prefiguraciones de futuro. Desde el Once de Septiembre, esto ya no es ni puede ser sólo una consideración teórica. Es la simple e irrenunciable realidad.


Hay que ganar esta guerra
Por Federico Jiménez Losantos

Ni podemos ni debemos olvidarlo. Hemos asistido en la tarde del 11 de septiembre del año 2001 al más solemne desafío que el terrorismo islámico haya hecho nunca a una sociedad occidental. Hemos visto con nuestros propios ojos cómo se hundían entre las llamas las Torres Gemelas de Nueva York, hemos visto arder el Pentágono, hemos visto el humo del coche bomba ocultando la fachada del Departamento de Estado, hemos visto al presidente del Estado más poderoso de la Tierra responder prácticamente desde la clandestinidad a un poder, el del terrorismo, que ha creído que la sociedad occidental es incapaz de defenderse. Y que al Gran Satán, a los Estados Unidos de América, se le puede golpear a la vez en su centro comercial y civil, en su centro militar y en su centro diplomático, sin temer las consecuencias. Hasta ahora, han tenido razón en no temerlas. Si después del 11 de septiembre no las temen, preparémonos para el entierro de la civilización occidental. O para muchos entierros que no sólo serán de personas sino de los valores que configuran la idea misma de persona, la idea de civilización.

Muchas veces es necesaria la guerra y entonces es justo hacerla. El terrorismo es una forma de guerra que debe combatirse tanto política como policial y militarmente. No es posible que una banda terrorista pueda llevar a cabo con sus solas fuerzas un atentado múltiple como el del 11 de septiembre en Nueva York y Washington. Hacen falta estados terroristas que actúen con y como bandas terroristas. Esos estados deben ser, sencillamente, destruidos. No hay "Estados gamberros", hay criminales con ínfulas políticas que hay que cazar y exterminar. Nunca los Estados Unidos han sido puestos a prueba como ahora, en tanto que única gran potencia militar occidental. Por el bien de todos nosotros esperemos que la respuesta, suya y de sus aliados, sea inequívoca, implacable, aplastante, duradera. A la civilización, a nuestra civilización, le han declarado la guerra sus enemigos. Inmediatamente, sin más preámbulos, hay que ponerse al trabajo para acabar con ellos. Sencillamente, hay que ganar esta guerra.


La historia, sin fin: los culpables
Por Enrique de Diego

Desde Bush padre, los Estados Unidos, que es como decir lo más sensato de Occidente (no puedo hacer mejor elogio de USA que el reconocimiento de que nuestra libertad se debe a su actuación en las dos guerras mundiales y, por supuesto, en la Guerra Fría, donde su juventud fue capaz de morir en Vietnam por los derechos humanos) se ha funcionado con la estúpida doctrina del fin de la historia -recientemente lo recordaba en una serie de artículos desde estas páginas-; la estulticia de que ya no pasaría nada importante, nada decisivo. En términos popperianos, de contrastación, el atentado de las torres gemelas y el Pentágono es la demostración de la falsedad de tal apuesta por el suicidio colectivo. Como lo fue ya cuando produjo aquel lamentable error relativista, de Bush padre, de permitir la supervivencia de Sadam -es decir, de un régimen terrorista- no entrando en Bagdad ni destruyendo su ejército pretoriano, permitiéndole el genocidio de kurdos y chiítas. De aquellos groseros lodos vienen estas tumbas colectivas. A combatir ese sopor dediqué un libro hace unos pocos años: "En el umbral del tercer milenio. Por un gobierno mundial contra los integrismos".

Si la historia nunca tiene fin, y no lo tiene, puede decirse que ha empezado de nuevo. Toda esta colección de terroristas, de fundamentalistas, de huérfanos de Marx, de integristas islámicos, de suicidas totalitarios soñando con el paraíso de las huríes matando al mayor número posible de seres humanos, han crecido al calor de esa siesta de Occidente, de esa parálisis de sus valores de lo políticamente correcto, los complejos de culpa y las ONG de residuo marxista-leninista. Durban ha sido la ejemplificación de este terrible despiste: el pasado como coartada del totalitarismo presente. Uno más de los fracasos de la ONU. En el libro de referencia indicaba cómo el mero mantenimiento de la ONU -financiada por Estados Unidos- es una enfermedad letal, una infección totalitaria contra la libertad. Es preciso redefinir un mundo de relaciones que viene de un mundo superado, el de la postguerra y afrontar el verdadero peligro que es el integrismo, los integrismos. Porque el terrorismo es su excrecencia, su instrumento, su inmundicia, su acción ejecutiva.

Situar, por tanto, la lucha en el terreno del terrorismo es ceder demasiado terreno, poner la trinchera demasiado cerca del corazón, de la misma supervivencia. Parece que no se aprenden nunca las lecciones del genocida siglo XX y de los fenómenos totalitarios. En ese sentido, el totalitarismo parte -como es conocido- de una mentalidad de responsabilidad colectiva: grupos enteros, como encarnación del mal, deben ser exterminados, sin remisión posible. Eso convierte en quiméricos negociaciones, diálogos o demás parafernalias beatas. Mientras, la democracia parte de una idea de la responsabilidad personal, por los hechos, de ética judeocristiana. Pero no puede contemplarse el terrorismo, porque no es así, como algo llevado a cabo por los que son meros peones del final del proceso. El asesinato es la consecuencia de una ideología, de una formación, de una financiación, de unos mandos. Hay grupos terroristas, en el mismo sentido en el que las SS se definieron como organización criminal en Nüremberg. Y hay naciones terroristas -Alberto Recarte ha hecho un desarrollo clarividente. Lo es ahora mismo la Autoridad Palestina con Yaser Arafat, amparando a Hamas y a la Jihad. Y es simplemente demencial la confusión sobre esta materia de Aznar -quien tanto entiende de terrorismo- y nuestra democracia.

Los culpables son los suicidas, pero también sus jefes, sus preparadores y sus ideólogos. Sus financiadores. Es preciso pasar a una estrategia activa, de combate en sus bases. No puede consentirse, como en el caso de los talibanes, naciones terroristas dispuestas a asesinar a ciudadanos indefensos por llevar un crucifijo o a eliminar todo derecho a las mujeres. En Afganistán se cobija Bin Laden. En Gaza, el líder "espiritual" de Hamas, un matarife desquiciado. La declaración de guerra ha sido a toda la comunidad de hombres libres. El totalitarismo funciona con niveles de tolerancia. Como vasos comunicantes. Eta o el Ira o las Farc, cualquier terrorista forma parte de una internacional pseudoespiritual, que amenaza la libertad de todos y cada uno. El sopor o la negligencia son entendidos como debilidad. ¡Con décadas de retraso, Europa va a aprobar la orden de búsqueda y captura comunitaria! Es precisa una guerra total contra el terrorismo.

Ni la libertad, ni el exitoso y odiado capitalismo, tienen su fundamento en las torres gemelas, efecto y no causa, pero como simbolismo los terroristas han hecho un genocidio universal. Buscar los culpables inmediatos es una pérdida de tiempo. Todo el tiempo que se ha perdido desde que en la caída del Muro alguien decidió que ya no había enemigos y sólo quedaba persistir en el ajuste de cuentas contra los valores occidentales en un mundo aburrido para la inteligencia media de resentidos totalitarios latentes, tan evidente en las juventudes comunistas antiglobalización.

No deja de ser absurdo que algunos medios españoles, infectados de relativismo moral pseudoprogresista, se preocupen de las represalias de Bush más que de la amenaza global. Dan ganas de no leer diarios como El Mundo o El País, manifestaciones de estupidez supina. La violencia debe ser erradicada. No puede ser contemplada como la manifestación de una razón oculta, sino como la sinrazón. La violencia no es una parte del discurso sino su eliminación. El terrorismo integrista sí es la globalización. El terrorismo es el mal absoluto. El integrismo es el enemigo absoluto de la libertad, lo demás es comentario.


Los enemigos de la civilización occidental
Por Carlos Ball

El 11 de septiembre marca el comienzo de una nueva era, cuya denominación no conocemos aún, pero definitivamente dejamos atrás el funesto período clintoniano de activismo en las causas de moda, participando en guerras como la de los Balcanes que nada tienen que ver con el bienestar de los norteamericanos y fomentaron profundos odios hacia Estados Unidos. Ahora, más bien, comenzaremos a dar los pasos necesarios en la defensa de la civilización occidental.

Vamos a estar claros, el ataque terrorista contra las torres del World Trade Center es una puñalada trapera contra el capitalismo, simbolizado por los miles de comerciantes, banqueros, corredores de bolsa y aseguradores que trabajaban en esos inmensos edificios, a pocos metros de Wall Street.

Por años hemos sufrido despiadados ataques contra embajadas, la Pan American, Exxon, McDonald's, etc., a la vez que una creciente violencia en las manifestaciones contra el capitalismo de los nuevos comunistas. La reacción de las autoridades y del mundo empresarial ha sido tratar de apaciguar los ánimos, al tiempo que grandes empresas como British Petroleum-Amoco, Shell, DaimlerChrysler, Ford, CitiGroup y Procter & Gamble creen poder comprar a los enemigos dándoles dinero a las ONG y a las fundaciones de los verdes que quieren retroceder el mundo a la era preindustrial.

Llegó el momento de que Estados Unidos suspenda el financiamiento de esa multitud de organismos de las Naciones Unidas dedicadas a debilitar a este país, empeñadas en repartir la riqueza de americanos trabajadores entre los líderes de docenas de naciones socialistas y autoritarias, pobladas de gente muriéndose de hambre gracias a sus infames gobiernos.

Pero si usted lee los titulares de la prensa y ve las entrevistas en la televisión llega fácilmente a la conclusión que la miseria en el mundo es culpa del capitalismo y de la globalización, mientras que el remedio recomendado jamás es copiar las políticas que le permitieron a Estados Unidos crecer y desarrollarse en el siglo XIX o a Hong Kong en la segunda mitad del siglo XX, es decir, con libertad individual, libre comercio, bajos impuestos, seguridad jurídica y respeto a la propiedad privada. No, el remedio de la ONU, el FMI, el BID, el Banco Mundial y los socialistas de la Unión Europea es aumentar la ayuda externa; es decir, financiar a los malos gobernantes para que éstos puedan mantenerse indefinidamente en el poder, a pesar de que sus infames políticas mantienen hundidos a esos pueblos en la miseria. El último invento es que las Naciones Unidas imponga un impuesto al comercio internacional para que sus dirigentes repartan esos fondos a quienes más lo necesitan.

El gobierno y el pueblo de Estados Unidos tienen que dejar de financiar a toda esa creciente plaga de parásitos que cobran sueldos en los organismos internacionales, quienes con pasaportes diplomáticos y libres de impuestos están dedicados de lleno a destruir las bases del capitalismo y de nuestra civilización occidental.

Las primeras indicaciones apuntan hacia Osama bin Ladin como autor del ataque terrorista más espantoso de la historia, pero todos nuestros enemigos -Arafat, Hussein, Gaddafi, Castro, Chávez, Tirofijo, etc.- están atentos a sacarle provecho a esta tragedia y debilitar a nuestra civilización occidental. Estados Unidos no puede permitirlo, pero tampoco debe darle el gusto a los terroristas procediendo a limitar las libertades civiles de la ciudadanía.

Carlos Ball es director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.


Por las mujeres afganas
Por Encarna Jiménez

La muerte no es más terrible que una vida cruel. La que sufren las mujeres afganas con el régimen talibán viene siendo denunciada antes del brutal crimen terrorista del 11 de Septiembre. Por eso ahora, cuando la respuesta de Estados Unidos y sus aliados de occidente contra las bases de Ben Laden y sus protectores se ha iniciado, conviene recordar que hay un compromiso y una solidaridad pendiente con las mujeres afganas. La guerra, que no se medirá en días, sino en meses o en años, implica la defensa de unos valores que deberían ser universales, y el respeto a las mujeres y el principio de igualdad es algo por lo que tenemos que luchar todos y, especialmente, todas las que creemos en la libertad.

Es bastante improbable que los foros internacionales se acuerden de las mujeres, ni cabe la esperanza de que una comisión permanente de la Conferencia de Pekín se manifieste en ningún sentido. Cuando están desmanteladas casi todas las organizaciones feministas, corresponde a cada una de las mujeres que reivindican la igualdad de derechos que se manifiesten a favor de la restitución de los derechos de las mujeres afganas. La tarea no es fácil, porque el feminismo que parte de Condorcet y Stuart Mill, pasando por las sufragistas, anda disuelto, mientras crecen todo tipo de propuestas con mala conciencia respecto al Tercer mundo y los alegatos pacifistas como respuesta del género femenino al mundo de los hombres. Sin embargo, la alineación de una buena parte de las feministas con el ejército de occidente es la única manera de hacer justicia y ejercer la solidaridad con unas mujeres que han sido desposeídas de todos sus derechos por los talibanes.

Esta guerra no debería ser una guerra sólo de hombres, porque las mujeres tienen mucho que perder o que ganar, y no hace falta ser Oriana Fallaci para denunciar los horrores, hay una responsabilidad individual y colectiva de restituir la dignidad de las mujeres afganas desde cualquier tribuna. El derecho a la palabra que las mujeres han conquistado hay que utilizarlo para pequeñas y grandes causas, y ésta es una de las que llaman a cerrar filas contra los enemigos de la igualdad.


Tolerancia cero
Por Lucrecio

Cayó Kabul. Kandahar, muy pronto. Todo, con la precisión de un cronómetro. Desde el inicio mismo de la campaña se podía fijar fecha: el régimen de mullahs debías ser derrocado antes de que el Ramadán empezase. De lo contrario, los arrebatos de superstición que inflaman a los devotos del mes sagrado podrían crear problemas serios en países musulmanes poco estables. El calendario se ha cumplido. No podía suceder de otra manera. Cuándo caiga personalmente Bin Laden, es cuestión menor.

Es momento de reflexionar, ahora. De reflexionar, primero, acerca del apenas camuflado deseo de ver derrotada la ofensiva, que ha sido núcleo inconfeso de la lacrimosa retórica de buena parte de la prensa europea en las últimas cinco semanas. La locutora televisiva, tan mona ella, disfrazada con sus coloridos chadores impolutos, no ha sido sino la caricatura de eso. Los gemebundos tonos plañideros del mismo Llamazares de quien no se recuerda sollozo alguno contra la URSS que exterminó a un millón y medio de la población afgana, son el extremo indecente.

Nada nuevo. Los mismos que, en plan muecín borracho, lanzaban alaridos desgarradores acerca del inminente genocidio americano contra el pueblo afgano y el consiguiente holocausto nuclear que arrastraría al Islam hacia la guerra santa, hicieron ya un ridículo casi idéntico cuando anunciaron que la batalla contra el tirano Sadam Husein produciría la catástrofe ecológica terminal del planeta. Daría risa, si detrás de esas actitudes -monstruosamente hegemónicas entre los herederos de lo que un día pudo llamarse izquierda- no hubiera la defensa de los regímenes más reaccionarios, más fanáticos y más asesinos de la segunda mitad del siglo veinte. El islamismo político no es el adversario de Estados Unidos. Es el adversario de la Ilustración. Esto es, el adversario de la libertad humana.

Una necedad de triste origen progre, perdido en lo más podrido de nuestro pasado, ha llevado a la izquierda española a dar cobertura, social y política, a los peores terroristas de este siglo. La cosa empezó con la extraña fascinación hacia un personaje que atesora el mayor número de asesinatos cometidos por un solo dirigente político: Yassir Arafat. La fascinación abarcó a todo y todos. Ningún problema tuvieron los terroristas de la OLP para asentar sus bases políticas en España durante las dos últimas décadas de la dictadura. Buscaron la foto del beso del rais Suárez como González. Como Aznar. Como el Jefe del Estado. El antisemitismo, en España, puede más que cualquier lógica política.

Ahora, por primera vez, una célula de muyahaidines ha sido apresada en España. Ya era hora. Pero que nadie se engañe: las pateras, como el ferry de Argel, han hecho de España el paraíso europeo del terrorismo islamista. Y no hay razón que valga con los guerreros de Dios. La fuerza, sí; eso, la campaña de Afganistán lo deja claro: a una semana de B-52 en serio, no hay Alá que sobreviva. De nada vale hacer gran retórica contra el terrorismo de ETA, si nuestros dirigentes siguen besuqueando al hombre que fue su fuente logística durante decenios. Al que sigue enviando a sus hombres bomba a volar discotecas de adolescentes israelíes.

Es hora de entender cuál es el verdadero enemigo. Y el verdadero riesgo. Hora de aplicar contra la superstición armada, una estrategia racional de tolerancia cero.

Número 10

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