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La Ilustración Liberal

El Once de Septiembre en Libertad Digital

La libertad contra la intolerancia religiosa

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Locos de Dios
Por Carlos Semprún Maura

Técnicamente la cosa fue relativamente sencilla. Cinco o seis pilotos de avión, un puñado de "locos de Dios", dispuestos a morir matando, desde luego no "aficionados", sino militares o veteranos terroristas, profesionales, cuatro aviones comerciales convertidos en bombas, tres de ellos bien dirigidos hacia sus objetivos, el cuarto estrellándose en un descampado. Todo esto se sabe, aunque en el momento de escribir estas líneas ignore el número exacto de víctimas. Muchas. Demasiadas. Basta ya.

Me extraña no haber leído u oído una evidencia: desde hace unos treinta años, el terrorismo árabe, siempre ha utilizado aviones para sus crímenes. No únicamente, pero siempre. Piratería aérea, bombas escondidas en aviones, pasajero rehenes, la lista es tan larga que no voy a citarla aquí, refresquen sus recuerdos. La OLP de Arafat, Libia, Siria, etc. organizaciones, como estados árabes terroristas han intentado y a menudo logrado, convertir los aviones en instrumentos de guerra, de chantaje y de muerte. Este gigantesco atentado constituye un paso más, tremendo, en la misma dirección cuyas víctimas siempre son civiles inocentes. Aunque el término de inocentes no cabe en el Corán, tratándose de infieles, somos todos culpables.

Fuimos muy pocos, la verdad sea dicha, y, más y mejor que yo, nuestro amigo y colaborador Antonio López Campillo, en denunciar, en vano, los peligros reales, gravísimos que constituyen para la democracia, el fanatismo islámico, organización mundial que dispone de fortunas en petrodólares, de estados con sus ejércitos de ayatollahs enloquecidos, de candidatos al suicidio. Porque, según las leyes coránicas, si mueres matando infieles vas directamente al paraíso, el cual se parece muchísimo a un inmenso lupanar, con música celestial y niñas a disposición de los héroes y mártires difuntos.

Leed el Corán, ya veréis. La Historia avanza siempre a trancas y barrancas, no hay sociedades sin conflictos y está visto que las guerras no cesan. Esta es una guerra con aspectos monstruosamente anticuados, como el fanatismo religioso, y con aspectos modernos, como la utilización por el terrorismo islámico de la aviación comercial, de las tecnologías y de las puertas de par en par abiertas de nuestras sociedades, a los viajes, a los intercambios, a todos, hasta a sus peores enemigos. Si es la primera vez que aviones han sido convertidos en bombas, no es la primera, ni, me temo, la última, que terroristas suicidas, se sacrifican para matar al mayor número posible de infieles, convirtiéndose ellos mismos en bombas, como tan frecuentemente ocurre en Israel.

Lo que también me indigna son todas esas reacciones de quienes, fingiendo lamentarse por las pobres víctimas, no pueden ocultar, con sus dedos, sus carcajadas de alegría. Y no hablo de la obscena alegría de niños, mujeres y hombres palestinos, que celebran a gritos la muerte por las calles. Que en un momento semejante se manifieste tanto odio por los Estados Unidos, por Israel y, a fin de cuentas, por la democracia me parece harto significativo. Empezaré por lo menos importante: la ironía displicente de tantos que se mofan de los USA, porque se consideraba una superpotencia y ya ven cómo, en unos instantes, Wall Street y el Pentágono han sido destruidos por un puñado de terroristas resueltos. Resulta que si las dos célebres torres de Manhattan han sido efectivamente destruidas, ni Wall Street, ni el capitalismo yanqui lo han sido y este tipo de atentados suicidas, con o sin aviones, pueden producirse en cualquier capital del mundo. Y en cuanto al Pentágono que no nos tomen el pelo. El Pentágono es un edificio subterráneo, afectivamente protegido y sus centros esenciales siguen allí. Lo que el avión-bomba ha incendiado es una ala, matando a humildes empleados y a secretarias.

Otra de las críticas concierne a la política árabe de Washington, y se da como ejemplo espectacular el caso de Ben Laden, presentado como un "hombre de la CIA", incluso si, tras la invasión soviética de Afganistán, algunos expertos de la CIA entrenaron a ciertos militares saudís -Ben Laden era oficial de la Inteligencia militar-, este tiro que les salió por la culata puede compararse, pero a una escala infinitamente menos importante, con el gobierno norteamericano ayudando a las tropas de Chang Kai-Chek, pero también a las de Mao contra los japoneses, o a los nazis ayudando a los nacionalistas árabes y en concreto egipcios, entre ellos Nasser, en su lucha contra el Imperio británico durante la Segunda guerra mundial. Y el propio Imperio británico luchando contra el otomano, pongamos, jugó varias bazas no siempre muy limpias ni muy eficaces, como lo demuestra la repelente figura de un Lawrence.

Debería ser válido, pero no lo es, precisar que evidentemente los sucesivos gobiernos norteamericanos como todos los gobiernos del mundo han cometido errores a veces criminales y concretamente en relación con su "política árabe". Si se entiende que frente a la invasión soviética de Afganistán, preludio frustrado a una ofensiva militar generalizada de la URSS, los USA hayan ayudado a los áfganos y al Pakistán, se entiende mucho menos que hayan tardado tanto en distanciarse de este país, principal aliado de los talibanes, los cuales, no se olvide nunca, aplican a rajatabla las leyes coránicas en su país. Asimismo, uno se pregunta cuándo va a modificar su política de alianza con Arabia Saudí, país que se pretende amigo y colaborador de los USA y al mismo tiempo subvenciona generosamente la inmensa red de "centros culturales" islámicos en el mundo entero y más discretamente los grupos terroristas de ese mismo mundo. No me extrañaría nada si ese millonario país tuviera responsabilidades directas en los recientes atentados en Nueva York y Washington.

Otro de los argumentos abyectos, tan utilizados estos días, hipócrita o cínicamente, es el de Israel. Se le acusa de todos los crímenes y se considera muy positivo puesto que EE UU es el aliado de Israel, pague como sea, y cuanta más sangre mejor, su política satánica. Eso se dice, se repite y se vocifera, precisamente ahora, cuando los amigos de Israel, entre los que me cuento, nos preocupábamos de la prudencia y vacilaciones de Bush, ante el conflicto israelo-palestino. Esperamos, sin demasiadas ilusiones, que la barbarie islamista que acaba de actuar haga reflexionar al gobierno norteamericano. Porque, si los gobiernos israelíes, como todos los gobiernos, repito, ha cometido errores, a veces graves; todos los que cacarean "¡paz! ¡paz! ¡negociaciones! ¡concesiones!", olvidan o lo aparentan que Israel se enfrenta a un integrismo musulmán frenético y terrorista apoyado por los países árabes, cuyo único objetivo es la destrucción de Israel, primer paso hacia la destrucción de Occidente.

Recientemente, Mario Vargas Llosa concluía así uno de sus artículos: "Porque, no lo olvidemos, pese a los energúmenos que ahora la gobiernan, Israel es la única democracia digna de ese nombre en todo el Medio Oriente". Efectivamente, la única democracia, y resulta, amigo Mario, que esos "energúmenos" han sido elegidos asimismo democráticamente, lo cual, a mi modo de ver, relativiza mucho el insulto y cabe preguntarse porqué han sido elegidos. ¿No será porque cuantas más concesiones hacen los israelíes, como recientemente Ehud Barak, la respuesta es siempre más terrorismo? Anuar el-Sadat, después de una guerra, ofreció la paz, y el "energúmeno" de Beguin la aceptó. La crisis en la región parecía, en parte, solucionarse, hasta que unos integristas islámicos asesinaron a Sadat. ¿No valdría la pena reflexionar sobre este y otros ejemplos?

Las democracias se enfrentaron a lo largo del siglo XX con los totalitarismos nazi y comunista, y vencieron. Ahora se enfrentan con sus ya conocidos enemigos anticapitalistas, pero sobre todo con el potente fanatismo islámico terrorista (que nada tiene de anticapitalista, el Corán se compagina muy bien con los negocios, está visto). Estoy seguro de que también vencerá, pero costará caro. Hablo de vidas y no de petrodólares.


Cuando el diálogo es imposible
Por Ricardo Medina Macías

¿Se puede disuadir con argumentos a un fanático armado que está dispuesto a matar y a morir, y que está convencido, con una fe que no admite objeciones racionales ni evidencias empíricas, de que usted es la encarnación del mal? Imposible.

No estamos frente a un fenómeno terrorista que desee persuadirnos de nada. Por eso no hay reivindicación del ataque terrorista. Fue una misión destructiva que logró su objetivo.

Occidente es el mal, en sentido absoluto, y Estados Unidos representa la raíz de ese mal. Cuando entramos en el terreno de los absolutos no hay discusión posible, ni siquiera proselitismo para una causa. El mal hay que arrancarlo de tajo con todas sus adherencias y basta. El destructor del mal y de sus adherencias, se va al paraíso tras esa misión "purificadora".

Atención: usted y yo somos esas "adherencias", y en la lógica de la destrucción del mal absoluto, usted y yo también merecemos ser eliminados.

Jack Wheeler, investigador de la Freedom Research Foundation escribió el pasado 12 de septiembre un artículo esclarecedor, "Challenge and Response", en el que revela, por lo menos para quienes no la conocíamos, la terrorífica desviación que ha sufrido la religión musulmana a partir del siglo XX: en términos del propio Corán el alma árabe ha sido inficionada por el genio del mal, el demonio de la envidia, cuyo nombre en árabe es al-Hasad.

Por supuesto, esa no es la auténtica religión que predicó Mahoma. En el Corán, Alá advierte por boca del Profeta que la envidia consume las buenas acciones como el fuego a la madera y se dice también que sólo entrarán al paraíso aquellos cuyos corazones estén libres de la envidia.

La definición clásica de la envidia, de Tomás de Aquino, es "pesar por el bien ajeno".

¿Por qué poderosos sectores de la fe musulmana, como el que representa Osama Bin Laden, han convertido una religión de amor en una herramienta de odio?, ¿cómo se contaminó del demonio de la envidia el fundamentalismo islámico? Pues de la misma manera que la envidia ha infectado sectores de la religión católica y de otras religiones: a partir de una lectura "dialéctica" y maniquea de los libros sagrados; a partir de una interpretación marxista (colectivista e inmanente) de la liberación predicada.

En la religión tradicional, la liberación es personal -no hay salvación por el simple hecho de pertenecer a tal o cual grupo- y trascendente: el reino de Alá o de Dios no es de este mundo. En la falsa religión -que en realidad ha perdido de vista a un Dios que sobrepasa el tiempo y el espacio- la liberación es material y colectiva.

No nos liberará Dios, sino la colectividad de los elegidos mediante la violencia.

La envidia se vuelve falsamente virtuosa, porque los "elegidos" (los pobres, la raza aria, los fieles) detestan "religiosamente" a los réprobos (los ricos, los judíos, los infieles) y quieren su desaparición.

Aunque la llamada teología de la liberación, infiltrada en la religión católica, no ha llegado a los extremos del terror del fundamentalismo islámico, sí nos ha dado ejemplos sombríos de sacerdotes en pie de guerra o que se erigen en líderes políticos y encienden las velas en la iglesia -cuando lo hacen- para dispensar a su auditorio un guiso de marxismo recalentado.

El fundamentalismo islámico, partiendo de la misma desviación, ha llegado más lejos. A partir de la envidia falsamente virtuosa -el odio a Occidente- ha generado un profundo sentimiento de impotencia que sólo puede resolverse en la muerte: morir matando al enemigo. Y enemigo es todo aquello que sea diferente.

Ante esta amenaza que no distingue ni razona, que está cerrada a cualquier disuasión civilizada, ¿qué haría usted?, ¿proponer un diálogo o ejercer la legítima defensa?

AIPE. Ricardo Medina Macías es analista político mexicano.


El Islam y el terrorismo
Por Pío Moa

Los atentados de Nueva York han sido vistos, justamente, como un salvaje ataque a la civilización occidental; pero en realidad han sido mucho más eso: se trata de ataques a cualquier idea de civilización, pues su lógica consiste en someter a sociedades enteras al arbitrio de oscuros grupos de fanáticos, incontrolables e irresponsables. Por ello, los países y gobiernos musulmanes deben percatarse del enorme peligro de ese terrorismo, no sólo para Occidente, sino también para ellos mismos; aunque por ahora, los golpes vayan en otra dirección.

Sin embargo, en el mundo musulmán, los atentados han despertado muchas simpatías, debido al sentimiento de agravio cultivado por los políticos contra Europa y EE UU. Y es cierto que el Islam ha sufrido derrotas y humillaciones a manos de los occidentales, pero eso forma parte del pasado y debe quedar para los libros de Historia. De otro modo, habría que recordar que, antes, fueron los musulmanes quienes invadieron y arrasaron la civilización cristiana en grandes zonas de Asia, África y Europa; con lo que entraríamos en un círculo vicioso de acusaciones mutuas. Hoy, son nuevamente musulmanes dirigidos por demagogos los que discriminan, oprimen y con frecuencia masacran cristianos en numerosos países.

En la actualidad, el problema de Israel centra los resentimientos islámicos. La conducta de los israelíes ha sido a menudo brutal, pero no debe olvidarse que luchan literalmente por su vida, de espaldas a un mar al que insisten en arrojarlos sus enemigos. Sólo cuando los palestinos, y los árabes en general, admitan la existencia de Israel, entrará el problema en vías de solución, y eso no parece próximo. Las conversaciones de paz de los años últimos seguían esa vía, pero la insinceridad árabe se muestra, no sólo en la violencia terrorista, sino en exigencias como las reveladas en la reciente conferencia de Durban, de retorno de los palestinos salidos de Israel en 1949 -en parte expulsados violentamente y en parte inducidos por sus propios líderes-, y de sus hijos. Tal reivindicación significaría el fin del estado judío, como bien saben los promotores de la idea.

El Islam ha sido una gran cultura y civilización, que quedó estancada hace bastantes siglos. Posiblemente renacerá, y es difícil saber si lo hará sobre sus propias bases religiosas, o democratizándose y renunciando a una gran parte de ellas, o combinando ambas cosas. En todo caso, los musulmanes debieran comprender que la vía del choque con Occidente no remediará sus propias deficiencias, y que el terrorismo, lejos de ser un síntoma de renacimiento, lo es de descomposición. Seguramente, unos lo verán así y otros no; por lo que la estrategia a seguir debe tener en cuenta este hecho. En cuanto a España, su papel histórico como país de frontera, que persiste por razones geográficas, le hace especialmente vulnerable, y por tanto su actitud debe ser especialmente clara.


El "pacifismo" musulmán
Por Antonio López Campillo

Últimamente están apareciendo artículos en la prensa occidental donde especialistas del Islam nos dicen que es una religión que predica la bondad y la paz. Hay profesores que enseñan la cultura musulmana en Universidades europeas que nos dicen que no son más que infundios eso que se dice del carácter belicista de las creencias de los musulmanes. Muchos de los imanes de las mezquitas consultadas sobre lo que sucede, niegan que exista la menor incitación a la guerra en su religión. Es, según ellos una religión de paz y concordia, e insinuar lo contrario es faltar a la verdad.

Hay que reconocer que los comportamientos de los islamistas, que se declaran musulmanes puros, hacen que muchos "infieles" miren con cierta inquietud -y por qué no decirlo, con temor- a los musulmanes. Los "creyentes" en estas circunstancias temen, con razón, ser marginados por ser temidos. Se comprende que digan que no tienen nada que ver con los "extremistas" y "fanáticos". Es la "Guerra Santa" declarada por unos dirigentes religiosos musulmanes y practicada por algunos fieles, la que pone en mal lugar a los "creyentes" que residen aquí; y no es por un racismo por lo que se ven marginados, es por temor a lo que hacen o pueden hacer sus correligionarios. Temor que, por ambas partes, tiene una base razonable, fundada en la realidad.

Negar el carácter belicoso de la religión islámica es un índice de las inquietudes que levantan en los "creyentes" de aquí lo que hacen los islamistas. Dicen que son unos fanaticos, extremistas y dan a entender que interpretan erróneamente el Corán. Esto es una ofensa que se hace a los islamistas, que se les puede acusar de muchas cosas, pero es difícil declararles malos musulmanes. En el dar al-Islam, (la Morada del Islam) -esto es, los territorios en los que rige la ley musulmana, o lo que es lo mismo, los países musulmanes-, hay más bien una tendencia a considerar a los islamistas como ejemplo de musulmanes. Aquí, en Occidente, es decir en el dar al-harb, la morada de la guerra, los creyentes tienen que distanciarse de sus correligionarios que están en "el camino", por lo que declaran que su fe es pacifista y no violenta, se comprende.

Es interesante indicar que los que afirman el carácter pacifico de su fe parecen olvidar, por un lado su larga y prodigiosa historia y la expansión militar de su fe. Pero es que también olvidan textos de su libro santo. Que el olvido sea fruto del temor, se comprende en los responsables religiosos, que tienen que defender a sus "parroquianos". Pero se justifica menos en universitarios o intelectuales occidentales, los que se podrían calificar de "compañeros de viaje" de un tipo nuevo. Nunca se ha sabido que los otros "compañeros de viaje" declarasen que el Capital (Das Kapital) era un gran alegato procapitalista.

En la Sura 9 del Santo Corán, en la aleya 5 se dice: "Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores dondequiera que los encontréis." Y continúa diciendo que "Si se arrepienten, hacen la azalá (oración) y dan el azaque (limosna), ¡dejadles en paz! Dios es indulgente y misericordioso" (1). Los asociadores son los que asocian otras divinidades con Dios, es decir los politeístas. Esta no es la única cita del Corán sobre el asunto.

(1) La cita está tomada de la versión del Corán de Julio Cortés. Herder, Barcelona.


Inmigración islámica, cero
Por Enrique de Diego

Seis británicos han muerto en Afganistán. No lo han hecho luchando por la libertad, sino por la tiranía talibán. Son miembros de una organización islámica británica dedicada a reclutar jihadistas. El dato indica que los bombardeos son más eficaces de lo que nos quiere hacer creer a través de esta manipulación mediática establecida sobre la televisión única de Qatar. Muestra los contrasentidos en los que han venido cayendo las naciones occidentales. Afganistán puede ser una guerra civil británica, en la que ingleses combatan contra ingleses. La asociación de marras dice que el Islam y la Umma -un concepto sublimado religiosamente de la tribu- están por encima de Inglaterra, del concepto de nación, pues nada hay comparable con morir en la guerra santa para pasar, al final de los tiempos, a gozar de las huríes en el lupanar celeste.

Frederick Forsyth ha escrito que es preciso reconsiderar el concepto de ciudadanía. Propone que a algunos les sea retirada. Londostán es la retaguardia del integrismo islámico. Allí fueron arribando los dirigentes de los movimientos terroristas de Túnez y Argelia. Los órganos de difusión oficiales del GIA tienen su sede en la capital que resistió heroicamente al nazismo. Las soflamas a los integristas argelinos se lanzan desde una radio que emite desde Londres. El derecho de asilo ha sido manifiestamente pervertido hasta el ridículo.

¿Es preciso recordar que Jomeini acabó con el Sha de Persia desde su dorado exilio parisino? Ello no fue óbice para que el ayatolá intentará después sublevar a los inmigrantes musulmanes en Francia contra el satán occidental y ello se manifestara en una oleada de atentados.

Es manifiesto que el atentado de las Torres Gemelas -una espléndida y trágica chapuza, un suicidio colectivo aprovechando el instinto suicida de Occidente, alentado por sus intelectuales- sólo pudo cometerse mediante la manipulación del sentido de acogida occidental y los espacios de tolerancia de las sociedades abiertas. Quince de los diecinueve suicidas eran jóvenes saudíes y de los emiratos árabes. Media de edad de veinte años, hijos de familias adineradas. Tal sociología sorprendió tanto en un principio que se pensó en identidades falsas y en una vasta estructura de falsificaciones y financiación. Todo mucho más sencillo: ampliaban estudios pagados por sus familias. La emigración y los intercambios están siendo pervertidos.

Hay numerosos elementos en el islamismo contradictorios con la democracia y la sociedad abierta. La misma concepción teocrática, la inferioridad de las mujeres, costumbres aberrantes como la poligamia, que tantos traumas crea en un prole excesiva. Por supuesto, la guerra santa que es en estado puro el delito tipificado en nuestro Código Penal como "apología del terrorismo". Con estos parámetros, parece de sentido común en el momento presente establecer una moratoria temporal que sitúe la inmigración musulmana en nivel cero, que devuelva a sus países a los integristas -no tiene sentido que se afirme que la policía tiene controlados a cien integristas, esos señores no deben estar en España-. La emigración está funcionando como válvula de escape de una demografía irresponsable -en muchas naciones musulmanas los jóvenes constituyen el 50 % de la población-. Deben resolverse los problemas en los países de origen -permitiendo al máximo la libre circulación de mercancías- pero no exportarlos.

No tiene sentido que desde España se hayan expresado opiniones favorables a Ben Laden o defensas a ultranza de la burka. ¿Permitiríamos a los clérigos católicos predicar a favor de la inquisición y el exterminio de herejes, agnósticos y ateos? ¿Por qué las mezquitas han de tener bula para hacerlo con la guerra santa? Si es eso lo que se predica, y me temo que así es pues eso dice el Corán, las mezquitas no deben ser permitidas. ¿Es el shador, ya muy presente en ciudades como Alicante, Elche, Orihuela y Almería un símbolo religioso, fruto de la libertad personal, o de la inferioridad de la mujer y su sumisión al varón? Las dos cosas. ¿Es admisible una comunidad como tal que defienda y practique criterios directamente contrarios a los principios constitucionales? Me parece obvio que no. Después del 11 de septiembre parece imprescindible recuperar el sentido común perdido. No pueden considerarse costumbres culturales las lesiones a los derechos humanos o la incitación religiosa a la violencia.

Número 10

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