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Elecciones y alternancia

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La sencilla y esencial norma impone que el voto de un Rey, un presidente, unos ministros, millonarios artistas famosos, etc, tenga en las urnas exactamente el mismo valor que el de un jornalero, una portera, o el de esa famosa cocinera, tan apreciada por Lenin, quien escribía demagógicamente que el autogobierno revolucionario tendría tal magnitud que "hasta una cocinera podría dirigir el estado" Para el honor de esta honorable profesión, ni él, ni Stalin, fueron "cocineras", ni hubo autogobierno. Este genial invento del espíritu liberal constituye el cimiento de toda democracia verdadera. No fue fácil lograrlo. A lo largo de todo el siglo XIX, la lucha a favor del sufragio universal fue feroz, siempre se encontraban argumentos para obstaculizar y limitar el derecho de voto. Por ejemplo, se excluía a los analfabetos o a las mujeres (en un país con arraigadas tradiciones democráticas, como Francia, las mujeres tuvieron derecho a votar sólo en 1945). Más ayer que hoy, pero aún perdura el desprecio y el odio a la "democracia formal". Siempre hay trampas, dicen, siempre es el dinero quien gana, repiten. En realidad, esto sólo demuestra que para muchos elementos de la izquierda, como de la derecha, y los ultranacionalistas, quienes pretenden reservar el derecho de voto a los ciudadanos de "sangre pura" (no les vendría mal la lectura de El retablo de las maravillas), la democracia es el enemigo, y cuanta más liberal más odiada, porque sueñan con monarquías absolutistas o dictaduras "progresistas".

Recuerdo cómo mi padre se enfurecía, allá en el Madrid de los años treinta, cuando asistía, en los cafés de la Puerta del Sol, los días de elecciones a los gritos de ciertos ciudadanos que se vanagloriaban por haber votado tres o cuatro veces. Estas trampas eran frecuentes, y no hablemos del siglo XIX, con el voto cautivo y el caciquismo, y todos los esfuerzos por lograr un sufragio universal limpio y decente. También recuerdo a Roger Stephane contando cómo su hermana entró alborotada en su dormitorio, una mañana de 1948 o 49, en París, preguntándole angustiada: "¿Hemos ganado? ¿Hemos ganado?". Le costó varios minutos a Stephane entender que la pregunta de su hermana se refería a las elecciones en la URSS, y su inquietud y zozobra era por saber si el PC había ganado. Pues sí, había, como de costumbre, ganado con el 99.9 por ciento de los votos y con lista única de candidatos. No vayan ustedes a creer que eso ha terminado, los países en los que las elecciones son verdaderas, sin trampas, constituyen una minoría por el ancho mundo.

En un país como Francia, en el llamado "cinturón rojo" de París y otras ciudades, los comunistas ganaron durante decenios todas las elecciones a base de trampas, como me lo contó con pelos y señales un ex comunista arrepentido. Y es sólo un ejemplo. Ocurrió igual en muchos países de África, Asia y América Latina (y no los envuelvo todos en el mismo desprecio, existen diferencias radicales entre unos y otros, pero me falta espacio y, en ciertos casos, lo confieso, información para detallar dichas diferencias). Pero bueno, de todos es sabido que si en Cuba no hay elecciones, en México las hubo, pero amañadas y controladas por el PRI, durante decenios, hasta que triunfó Vicente Fox.

Resulta que para conceder subvenciones, acuerdos comerciales beneficiosos y demás prebendas, la ONU, la UE, y otros mamotretos burocráticos internacionales exigen ciertos criterios, siendo uno de ellos las elecciones "libres". Entonces se organizan, se apañan, se controlan para que no tenga cabida la menor sorpresa desagradable. Y todos fingen estar satisfechos. No hay elecciones libres, sin comillas, en ningún país islámico, ni en Irak, Siria, Libia, Arabia Saudí, ni en Corea del Norte, ni en Vietnam, ni en China, etc. y no creo que nadie logre convencerme de que las "primeras elecciones democráticas de la historia de Marruecos" pasen de ser una mera argucia propagandística del régimen. En realidad, sólo Europa, Israel y Canadá conocen elecciones realmente limpias, aunque se hayan realizado indudables progresos en varios países latinoamericanos, o en Asia, como en India, Corea del Sur, Taiwán, etc.

Acaban de celebrarse elecciones en Francia y Alemania con un margen posible de trampas que no supera el 5 por ciento, o ni siquiera. Las elecciones francesas son bastante significativas: un fuerte cabreo popular, lo cual no quiere decir progresista, situó a Le Pen en segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales, tumbando a Jospin. A partir de ese momento se abrió una autopista triunfal para Chirac, quien ganó, como esta vez estaba previsto, con un 82 por ciento de los votos en la segunda vuelta. Lo que la izquierda se niega a aceptar, y ni siquiera a entender, es que los electores votaron esencial y mayoritariamente contra ella. Habiéndose autoproclamado geniales -el mejor gobierno de toda la historia de Francia- no aceptan su derrota. Lo que no aceptan, en realidad, es la democracia, ya que otro de sus pilares es precisamente la alternancia. Los electores franceses, pese a los medios informativos mayoritariamente de izquierdas, estaban hartos de una izquierda que, tras haber gobernado desde 1944 hasta 1958, y luego, con los interludios nefastos de la cohabitación de 1981 a 2002, deseaban un cambio. Es obvio que todos los que votaron contra Jospin no tienen las mismas ideas sobre el contenido de ese cambio.

El último avatar, por ahora, de esta incomprensión y negativa de la izquierda por aceptar una derrota electoral, que podrían convertir en victoria dentro de cinco años, si reaccionaran bien, es el Diario interrumpido de una campaña, libro de Sylviane Agacinski, esposa de Jospin. Como tantas veces ocurre con este tipo de libros, aún no está en las librerías y ya se comenta abundantemente, y la primera en comentarlo es su autora, por prensa y televisión, sin siquiera esperar a que se lea. Sus declaraciones son lamentables. Moral y políticamente, su marido tenía que haber sido presidente de la República y, si no lo es, la culpa la tiene la prensa ¡no faltaba más! Y esos malditos jóvenes que no han votado y que luego, como cretinos alelados, se manifestaron por las calles contra Le Pen. Nadie, absolutamente nadie, logrará convencer a esta señora, o a sus amigos políticos, de que los franceses, libre y soberanamente, han votado contra ellos no por culpa de la prensa, de los jóvenes o del imperialismo yanqui, sino por deseos de cambio. Que estos mismos franceses se desilusionen con Chirac y Raffarin, debido a su política timorata, no sería nada imposible, pero la nobleza de la democracia representativa consiste precisamente en que el voto de un ama de casa anónima vale tanto como el de la esposa, filósofa y mediática, de un lamentable ex primer ministro.

También es sabido que en Alemania, Schröder ha conservado el poder gracias a los Verdes y a las inundaciones, según la prensa. Yo no estoy seguro de que el hecho de salir en las fotos en las regiones inundadas, cosa habitual en periodo electoral cuando ocurren catástrofes naturales, haya contado tanto. Los Verdes y la actitud del propio Schröder en relación con las amenazas de guerra contra Irak, por ejemplo, han contado más que la lluvia. Alemania sigue traumatizada, a veces demasiado, a mi modo de ver, por su reciente pasado nazi y guerrero, y no quiere ni oír hablar de guerras, incluso cuando son necesarias.

Pero la victoria de los Verdes (55 diputados) es ambigua porque coexisten en el mismo partido dos corrientes radicalmente opuestas, y únicamente unidas por las ventajas del poder, los subsidios y "mordidas" legales, del poder local, regional (Länder) y federal, y eso cuenta. Los intereses creados atan, por ahora, a la corriente pragmática, socialdemócrata, encabezada por Joschka Fischer, y los herederos directos de la secta (iglesia) protestante "Amish", quienes rechazaban todo progreso, toda industria, la electricidad, los ferrocarriles, los automóviles, y las armas, claro, instrumentos del Diablo, y amaban la naturaleza, obra de Dios, y su actividad era esencialmente agrícola y artesanal, y eran pacíficos hasta los tuétanos. Hoy, para sus herederos, el demonio ya no es la electricidad, sino la energía nuclear, y han logrado imponer en la coalición rojiverde un plan para su abandono progresivo en beneficio de inexistentes o carísimas energías "alternativas".

La prensa nos cuenta que los vencedores, socialburócratas y Verdes, discuten ahora para saber cómo subvencionar el carbón, una de las fuentes de energía más contaminadoras que existen, y todo ello conducirá a Alemania a la crisis y a la sumisión al chantaje del petróleo, en manos tan blancas como las de Irak y Arabia Saudí, pongamos. Yo no sé si Stoiber hubiera tenido la sensatez de reanudar el programa nuclear, dejando de lado las plegarias de nuestros "neoamish", pero lo cierto es que la victoria de Schröder y Fischer va a crear serios problemas en Alemania, empezando por uno de los más graves ya, o sea el aumento imparable del paro, como tantas veces ocurre con los gobiernos socialburócratas. Pero no siendo, a Dios gracias, ni esposo, ni esposa, de ex primera o primer ministro, acepto el veredicto de las urnas en Alemania, con la particular satisfacción de ver hundirse aún más a los comunistas, como en toda Europa, y haciendo votos para que el relativo pragmatismo de los vencedores rojiverdes, se afirme y cambien su política laboral, su política energética, lleven a cabo la reforma anunciada de los impuestos y limiten su exorbitante burocracia estatal. Si no lo hacen, cabe esperar que en las próximas elecciones serán barridos.

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