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Las nuevas tecnologías: más allá de la burbuja de la "nueva economía"

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Introducción

Antes de analizar lo que ha quedado de la "nueva economía", es imprescindible precisar algunos términos usados con frecuencia por los economistas.

Durante unos años en todo el mundo se habló de la "nueva economía" que, a diferencia de la antigua, aparentemente, operaba sobre bases distintas, que permitían asegurar que el crecimiento económico se mantendría indefinidamente en el tiempo, gracias a que una serie de nuevas tecnologías permitirían incrementar permanentemente la productividad.

Las nuevas tecnologías eran, básicamente, internet y sus efectos en las telecomunicaciones, medios de comunicación y proveedores de equipos electrónicos, y software avanzados. Además de otros sectores, como la biotecnología que, a su nivel, y tras haber descifrado el genoma humano, permitiría terapias médicas individualizadas que eliminarían muchas de las enfermedades que hoy padece el ser humano y permitirían alargar la vida muchos más años de los que cualquiera hubiera podido imaginar.

Cuando hablamos de productividad nos referimos a la producción de una persona media en una hora de trabajo. Por más difícil que resulte su medición.

Pero, básicamente, "nueva economía" y nuevas tecnologías son internet, y telecomunicaciones en su más amplia definición. Es evidente que la "nueva economía", en tanto en cuanto hacía referencia a un mundo en el que no se cumplían las más elementales leyes económicas, como la de los rendimientos decrecientes, y que en consecuencia necesitaban, entre otros ingredientes, una nueva contabilidad, ha dejado de existir. A nadie se le ocurre mencionarla. Porque vivimos una época de progresiva ralentización económica y porque es evidente que nos encontramos, otra vez, en un nuevo ciclo económico.

La referencia al ciclo económico es clave porque lo que la nueva economía, basada en la revolución tecnológica, pretendía -entre otras cosas- era decir que los ciclos económicos se habían terminado, que a partir de los avances científicos y técnicos que permitían una serie de descubrimientos y aplicaciones tecnológicas, la economía dejaba de estar sujeta a las avatares de los ciclos económicos.

Por otra parte, hay que poner de manifiesto que, históricamente, ciclos económicos y avances tecnológicos siempre han estado muy relacionados. Es una evidencia que hay ciclos en la economía, al menos en la moderna, y que los economistas no se ponen de acuerdo a la hora de identificar las causas de los ciclos, que siempre comportan un periodo de expansión, una cierta burbuja, la explosión de ésta y una desaceleración. Es más, economistas como Schumpeter afirmaban que la esencia misma de la economía eran los ciclos, porque los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos, cuando se producían, provocaban un crecimiento económico y un avance de la productividad de las industrias afectadas, que acababan por destruir las de aquellas competidoras que no fueron capaces de asimilar las nuevas tecnologías. Todo el proceso era una "destrucción creadora".

Las teorías actuales sobre los ciclos son de dos tipos: la primera, predominante, es la que atribuye la aparición de los ciclos al progreso tecnológico, que provoca una mayor productividad en las economías afectadas y un mayor crecimiento, que se ve acompañado de medidas de política monetaria, que facilitan y abaratan el crédito y que terminan por producir una expansión económica, que se acaba cuando la revolución tecnológica ha sido asimilada, o reducida a su verdadero tamaño, y cuando el crecimiento se traduce sólo en aumento de precios y salarios, y para romper esa espiral inflacionista es imprescindible que el banco central suba los tipos de interés y reduzca el ritmo de creación de dinero; en ese momento termina el boom económico y comienza un periodo de ajustes de precios y valores acordes con la productividad y beneficios de cada empresa y cada sector. Hasta que el ajuste no termine no es posible una vuelta al crecimiento, que sería el mismo, en ritmo, que el anterior a la revolución tecnológica, o incluso superior, si la revolución ha conseguido que aumente la productividad de la economía de una forma permanente.

La teoría del ciclo de los economistas denominados "austriacos", cerca de la cual me encuentro, es que los descubrimientos como tales no inician ningún ciclo. Un avance tecnológico puede provocar un aumento de la productividad y del crecimiento y una vez que ha sido absorbido por la economía de que se trate, la tasa de crecimiento excepcional vivida en esos momentos desaparece. El ciclo sólo se presenta cuando un mal manejo de la política monetaria permite un aumento de la financiación de la inversión sin una base de ahorro correspondiente, y ese aumento de la inversión determina un crecimiento económico, un aumento de precios y de valores, que sólo termina cuando es evidente que el proceso ha provocado una sobreinversión improductiva que ni siquiera con tipos de interés más bajos es capaz de mantenerse. En el momento en que la autoridad monetaria deja de suministrar liquidez, muchos proyectos empresariales tienen que eliminarse, pues no hay demanda suficiente para absorber su producción. En ese momento se produce el estallido de la burbuja y comienza la fase depresiva del ciclo.

En la historia económica reciente han existido procesos de innovación tecnológica similares al que hemos vivido. El más parecido fue el de los ferrocarriles, en el siglo XIX, que produjo, también, un exceso de inversión, un aumento del precio de los valores correspondientes y que sólo terminó cuando se redujo la capacidad, quebraron las compañías menos solventes y sólo se mantuvieron abiertas las líneas ferroviarias para las que existía suficiente demanda.

Por otra parte, el deseo de terminar con los ciclos, evidentes en la economía, está detrás de la revolución Keynesiana. Keynes escribió su Teoría general durante los años de la gran depresión, a principios de los años treinta. Lo que pretendía con ella era contribuir a erradicar los ciclos; su receta fue la intervención pública, a través del gasto público, para equilibrar los momentos en que las empresas y las familias dejaban de invertir sus ahorros, por existir una excesiva incertidumbre. Keynes pretendió que la intervención pública eliminara todo lo que había de exceso de incertidumbre en la vida económica. Con el tiempo lo que ocurrió fue que la actuación pública se hizo predecible, cíclica y excesiva, terminando por generar nuevos ciclos económicos, déficit público, inflación y desempleo.

Hago esta referencia para que quede claro que el deseo de eliminar los ciclos está presente en el ánimo de los economistas desde hace muchísimo tiempo.

El último economista que ha pretendido eliminar los ciclos mediante el uso de la política monetaria ha sido Greenspan. Greenspan declaró, en 1997, que existía una "exuberancia irracional" en los mercados de valores, que atribuía unos precios excesivos a la mayoría de los valores. La razón última de ese aumento de precios fue, sin duda, el exceso de oferta monetaria, fruto de los bajos tipos de interés del dólar, variable que, en el corto plazo, manejaba Greenspan, por su papel como presidente de la Reserva Federal. Sin embargo, en lugar de subir los tipos de interés rápidamente, los mantuvo bajos durante demasiado tiempo, porque mientras tanto había descubierto que la economía norteamericana se había transformado en una "nueva economía", de mayor productividad y potencial de crecimiento; y ese mayor crecimiento tenía que ir acompañado de una expansión monetaria para evitar que se autoestrangulara. De esa forma, la economía norteamericana, que venía creciendo fuertemente, entre el 3% y el 4%, desde 1992, a partir de 1997, impulsada por los bajos tipos de interés y -supuestamente- por la mayor productividad de la "nueva economía", aumentó el ritmo de crecimiento hasta el entorno del 5%. Hasta que la explosión de valores en el mercado bursátil, con PERs, superiores, en promedio, a 35, convencieron a Greenspan de que era necesario pinchar la burbuja bursátil. A principios de 2000 comenzó a bajar la bolsa de valores y la Reserva Federal pasó de una política de subidas de tipos de interés a otra de reducciones dramáticas y precipitadas, cuando el descenso bursátil se transformó en caída espectacular y la economía real registró -al menos durante un trimestre- crecimiento negativo.

Los efectos de la revolución tecnológica

  1. La revolución tecnológica comienza con internet en una fecha precisa, 1995, y un lugar, Irlanda; en una reunión sobre internet, Bill Gates predice que la demanda de todo tipo de servicios a través de internet creará una demanda imparable de banda ancha. Uno de los asistentes a esa reunión era Walter Scott, presidente de la sociedad MFS, una de las sociedades operadoras norteamericanas de llamadas a larga distancia. Tras escuchar a Bill Gates y otros gurús de las nuevas tecnologías, vende MFS por 3.000 millones de dólares y funda la sociedad Level 3, consigue otros 11.000 millones de dólares y con esa suma global comienza a construir la primera red del mundo de fibra óptica basada en un sistema de comunicaciones conocido como "Protocolo de Internet". El conjunto de IP, con base telefónica en banda ancha, permite contactar simultáneamente miles de webs con millones de computadores. Comienza la "nueva economía".

    A esa compañía pionera siguieron cientos; y todas lograron financiación en el mundo del capital-riesgo, que tenía, en esos momentos, una enorme capacidad de inversión, derivada de la acumulación de beneficios obtenidos en unos años de continuado crecimiento y de la alegre política monetaria mantenida durante esos mismos años.

    Pero lo que produjo la auténtica revolución tecnológica y empresarial fue la entrada en ese nuevo mercado de internet y en el de telefonía móvil -que también ofrecería internet-, de las empresas tradicionales telefónicas, con sólidos balances y una capacidad infinita -o eso parecía- para gastar.

    A las inversiones reales, en zanjas, cables, equipos y software, siguieron los gastos en licencias, pues los gobiernos europeos llegaron a la conclusión de que subastarían el espacio radioeléctrico, diseñando un mercado oligopolista en lugar de ampliar el espectro para evitar precios excesivos en los respectivos concursos. Cuando, probablemente, sólo una, dos o tres empresas podrían operar con un mínimo de rentabilidad; pero, esa era una apuesta que correspondía a las empresas.

    De una u otra forma todos los inversores, nuevas o viejas compañías, estaban convencidos de que los consumidores finales tendrían recursos suficientes para comprar todos los servicios nuevos en los que se estaba invirtiendo. Como puso de manifiesto una serie de artículos en el Financial Times , si se contrataran todos los nuevos servicios de banda ancha, el coste de todos ellos para una familia normal británica, se elevaría, anualmente, a 8.700 euros, cuando el total de renta disponible familiar para todas las actividades de ocio y comunicaciones de una familia media ascendía a 6.700 euros anuales. Y no sólo eso; para cada nuevo servicio había compitiendo una docena de empresas, todas ellas invirtiendo en zanjas, cables, equipos y software. Un dato más para terminar de valorar esa situación, una familia normal gasta al año alrededor de 1.000 euros o dólares en comunicaciones.

  2. El crecimiento de la productividad de la "nueva economía.

    La productividad, definida como cantidad, o valor, producido en una hora de trabajo, es notoriamente difícil de medir. No obstante lo cual, las estadísticas norteamericanas consideran que en el periodo 1974-1995 la productividad creció a un ritmo anual acumulativo del 1,4% y que en el periodo 1996-2000 ese ritmo aumentó hasta el 2,4% anual.

    El aumento de productividad se produjo a todo lo ancho y largo de la economía norteamericana, no sólo en los sectores relacionados con la informática y las telecomunicaciones. De hecho, el mayor crecimiento de la productividad se produjo en los sectores de ventas al por mayor, ventas al por menor, valores, electrónica, maquinaria industrial y telecomunicaciones, por este orden .

    A partir del año 2000, las cifras de crecimiento de la productividad han tenido una gran volatilidad, habiéndose registrado trimestres con tasas de crecimiento superiores al 5% y otros en torno al 1%. Hay que señalar que la medición de la productividad en momentos depresivos, o recesivos, es especialmente complicada, porque lo primero que las empresas restringen es el número de horas trabajadas, antes de prescindir de los trabajadores si las ventas continúan cayendo; y esa diferencia no es fácilmente recogida en las estadísticas para poder medir, después, la productividad.

  3. La revolución en la valoración de las empresas.

    Al aumentar la productividad aumenta el beneficio de las empresas, sus valores en bolsa y, lo que es más importante, sus expectativas de mayores beneficios en el futuro, y, por tanto, nuevamente su cotización.

    En 1995, las sociedades que cotizaban en el Standard & Poor's tenían, para el inversor, una rentabilidad por dividendo del 2,8% y un PER (número de veces por el que el valor del beneficio se multiplica hasta alcanzar la cotización) de 16, aproximadamente.

    En marzo de 2000, en el momento de mayor cotización de los valores en las bolsas, la remuneración por dividendos había descendido hasta 1,08% y el PER había alcanzado la cifra de 36.

    Las expectativas de beneficios que recogían esos PER medios tan elevados no tenían consistencia (los beneficios tendrían que crecer anual y acumuladamente a un ritmo superior al 25% para que se justificasen), porque nunca hubo demanda suficiente para poder colocar toda la producción de bienes y servicios previstos con las nuevas inversiones.

  4. Los financiadores de la expansión del ciclo de la "nueva economía".

    Una de las peculiaridades del ciclo que examinamos es el papel de la banca en la financiación del proceso.

    En la crisis correspondiente al ciclo anterior, que terminó en 1990-91, la banca financió intensamente la construcción comercial, hasta el punto que este tipo de préstamos llegó a representar el 25% del total de su balance y cuando el valor de este tipo de inmuebles se desplomó los bancos tuvieron una terrible crisis que se tradujo en la desaparición de muchos y en una contracción generalizada del crédito, con lo cual se ahondó todavía más la recesión.

    En el presente ciclo, según los datos que se manejan, los préstamos de la banca norteamericana al sector TMT (tecnología, medios y telecomunicaciones) representan apenas el 8% del balance, mientras en Europa ese porcentaje sube hasta el 14%.

    Esta diferente participación de la banca explica, en gran parte, la suavidad de la recesión actual, porque la banca no ha tenido, en esta ocasión, que hacer un recorte generalizado de préstamos al resto de la economía para atender las necesidades de compensar los fallidos y morosos que se han presentado en el sector TMT.

    En este ciclo, la banca ha sido más prudente, refinanciando sus préstamos a empresas de riesgo con terceros, como el sector asegurador.

    Este sector junto con los inversores de capital riesgo y los fondos de inversión y pensiones y los inversores directamente, mediante compra de emisiones de renta fija de los sectores tecnológicos, son los que han financiado la expansión, en particular desde 1996.

    A pesar de que las bolsas llevan cayendo más de 30 meses y de que los fallidos y suspensiones de pagos se han multiplicado en este periodo, la banca internacional ha podido compensarlos. Sólo la banca alemana, y en parte la francesa, está sufriendo; pero esta situación se relaciona más con el hecho de que la economía alemana está estancada desde hace años, que con la crisis de la "nueva economía". El caso de la banca española tiene que ver con una excesiva inversión en Latinoamérica y con la quiebra de Argentina y las malas expectativas de Brasil, básicamente.

    La prudente participación de la banca en la expansión de la nueva economía explica que las consecuencias de la crisis, cuando ha llegado, sean totalmente diferentes de las que todavía soporta Japón. En este caso, la profunda implicación de la banca japonesa en los proyectos expansivos especulativos de finales de los ochenta, su concentración en el sector inmobiliario y su cartera de valores cotizados en bolsa, supusieron la quiebra -todavía no reconocida- de la banca japonesa.

    Desde el punto de vista de las consecuencias de la burbuja bursátil y la crisis de los valores tecnológicos, puede afirmarse que la banca ha tenido un éxito razonable. Más preocupante para el futuro es, sin embargo, la política monetaria norteamericana de excesivamente bajos tipos de interés, que ha propiciado una expansión impresionante del sector inmobiliario, que se ha financiado con hipotecas a muy bajos tipos de interés, en un entorno de gran endeudamiento familiar, que podría hacer, gravitar sobre la banca las consecuencias de una pérdida generalizada de empleo o una subida significativa de los tipos de interés hipotecarios.

    La política de bajar los tipos de interés oficiales para superar la fase depresiva del ciclo ha tenido éxito hasta ahora, porque ha transformado una crisis potencialmente brusca, profunda y quizás corta, en una crisis extendida en el tiempo, con ajustes menos rápidos de lo necesario y sin pérdidas significativas de empleo, que descansa en el consumo como mantenedor del nivel de actividad económica, en lugar de apoyarse en la inversión en bienes de equipo, como ocurrió en el periodo 1996-2000. En esta fase, dos tercios de la inversión en bienes de equipo de la economía norteamericana, se hizo en los sectores de la "nueva economía".

  5. La política monetaria y fiscal en Estados Unidos en el periodo 1991-2001.

    Quizá la razón principal del optimismo de la década pasada en Estados Unidos no sean sólo los avances tecnológicos y las proyecciones desmesuradas sobre las posibilidades de venta de ese tipo de bienes y servicios, sino el efecto de una política presupuestaria austera y de una política monetaria laxa.

    Por primera vez en muchas décadas el gobierno norteamericano logró superávit fiscales de cierta magnitud, tanto que se pensaba que se podía acabar con la deuda pública en los próximos decenios.

    Esta situación permitió a la Reserva Federal hacer una política monetaria muy distendida, con bajos tipos de interés, que, a su vez, animaban a los potenciales inversores en nuevas tecnologías.


La situación económica tras el estallido de la burbuja bursátil

  1. Ante la evidencia de la falta de mercado, un importantísimo número de empresas de la "nueva economía" tuvieron que reconocer una caída importante en sus beneficios o bien pérdidas, directamente, lo que afectó dramáticamente a las cotizaciones bursátiles. Dos factores aceleraron una crisis que era inevitable. Por una parte, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, que han tenido incidencia, además, en el sector del turismo y la producción aeronáutica, y los escándalos contables por otra, no más graves que los descubiertos en otras crisis, pero sí de mucha más amplia repercusión, porque nunca las bolsas de todo el mundo habían recibido, y administrado, tanto ahorro de los particulares, bien directamente o a través de fondos de inversión, pensiones o puro capital-riesgo.

    En la actualidad, el imprescindible ajuste de valores, en bolsa, para poder reiniciar un nuevo proceso de atracción del ahorro privado se ha producido casi en su totalidad. En Estados Unidos los PER están, otra vez, en el nivel de 1996/97, en torno a 17 unidades, lo que parecería indicar que el fin de las caídas significativas de valores está próximo.

    La situación de las empresas no es, sin embargo, demasiado halagüeña. Muchas están endeudadas, o tienen excesos de capacidad o todavía tienen que dar de baja en su activo inversiones improductivas. Estas debilidades garantizan que, cuando se produzca una recuperación, y durante un periodo probablemente largo, no invertirán significativamente. Y si no hay una inversión significativa en bienes de equipo no habrá crecimientos como los que vimos la década pasada, de entre el 3% y el 5%. Los crecimientos se situarán en el mejor de los casos en el entorno 2%. Y siempre hablando en Estados Unidos. La situación es mucho peor en Europa, porque es ya una evidencia que existe, en la actualidad, un único ciclo a nivel mundial, que pone en marcha Estados Unidos y que Europa crece sólo cuando lo hace la potencia norteamericana. El anquilosamiento general europeo, los déficit públicos, la ausencia de reformas, el excesivo nivel de gasto público -en torno al 45% en Europa frente al 30% en Estados Unidos- impiden una recuperación general europea al margen de la norteamericana. Si Estados Unidos consigue estabilizar su economía y crecer algo más del 2%, lo mejor que le pasará a Europa es crecer, como mucho, el 1%, y a este nivel no se puede reducir el déficit público ni animar la inversión empresarial, ni crear empleo.

  2. Los sectores más afectados tras el estallido de la burbuja.

    Hasta ahora la crisis no ha afectado a toda la economía ni en Estados Unidos ni en Europa. Muy distinta es la situación en el mundo en vías de desarrollo, que ante la retracción de compras norteamericanas y europeas ha sido incapaz de mantener los equilibrios económicos básicos, y a la crisis económica ha seguido, en muchos casos, la política.

    La crisis se ha contenido en los sectores de TMT (tecnológica, medios y telecomunicaciones), ocio (turismo, aviación comercial y productores de aviones), banca de inversión (que ha dejado de canalizar ahorro privado para proyectos empresariales y que no está haciendo grandes operaciones de fusión y adquisición de empresas), en menor medida en la banca general (que sufre el descenso de sus ingresos por gestión de fondos de inversión y pensiones) y compañías de seguros (que han sustituido a la banca en cuanto detentadores de los créditos finales a muchas empresas y que sufren, igualmente, la caída de valor de sus activos invertidos en renta variable en las distintas bolsas internacionales).

    Pero la crisis no se ha extendido a otros sectores, en gran parte, como se ha mencionado anteriormente, porque los moderados riesgos bancarios han permitido no hacer una política de restricción de crédito y la política de bajos tipos de interés ha permitido, al resto de los sectores, afrontar una situación de mucho menor crecimiento sin tener que hacer ajustes drásticos en sus inventarios y sus plantillas.

  3. El riesgo de burbuja inmobiliaria surgida posteriormente.

    Con esta forma de solventar la crisis, con bajos tipos de interés y un espectacular aumento de la cantidad de dinero en circulación, se ha logrado que la recesión, el descenso real del PIB -en Estados Unidos- sólo ocurriera un trimestre, mientras el consumo no sólo se ha mantenido, sino que ha aumentado.

    La razón última de esta recuperación es doble. Por una parte, la pérdida de riqueza que han sufrido todos los ahorradores por el descenso de las cotizaciones bursátiles se ha compensado con el alza del valor de sus viviendas, y, por otra, el reducido nivel de tipos de interés ha permitido a los consumidores contratar más hipotecas y segundas hipotecas con las que han comprado más viviendas y financiado su mayor consumo.

    El precio de las viviendas ha subido en Estados Unidos, en el Reino Unido y en España, por hablar sólo de tres países que han afrontado la crisis mejor que los demás. En los tres casos se ha producido una compensación de la perdida de riqueza bursátil con mayor riqueza inmobiliaria y en los tres casos el consumo sigue sosteniendo el crecimiento.

    Naturalmente, esta situación no puede mantenerse indefinidamente. Si los valores bursátiles más importantes siguieran descendiendo y no se estabilizara el nivel de inversión en bienes de equipo, y si el sector público comenzara a tener déficit (lo que ya está ocurriendo en el Reino Unido y en Estados Unidos, pero no es España), habrá un momento en que los consumidores reducirán su gasto. Si esa situación se produjera, habríamos entrado en otra fase más aguda de la actual crisis. Comenzarían los despidos masivos, la morosidad en la banca, la contracción del crédito y el desplome de los precios inmobiliarios. Este escenario, descartado por la mayoría de los economistas hace sólo unos meses, tiene ahora alguna probabilidad de ocurrir. En ese caso, habría que prepararse para una crisis larga, con mayores ajustes de precios y una sustancial pérdida de empleo.

  4. Las mejoras económicas generales de la revolución tecnológica.

    El continuo incremento de la productividad durante años, en parte como consecuencia de la adopción de técnicas más productivas en sectores tecnológicos y en parte por la adopción de estas técnicas por el conjunto de las empresas de todos los sectores, se ha traducido en un cambio sustancial.

    Internet, telefonía móvil de segunda generación, y pronto -aunque con retraso- de tercera generación, la extensión del cable, la mejora de los contenidos, la rapidez de las comunicaciones, son logros permanentes que harán permanentemente más productiva la economía. Como el ferrocarril y el teléfono en su época, son avances que se están integrando en la cultura empresarial y personal y que permitirán un aumento sostenido de la productividad en todo caso. Es evidente que toda la economía no era "nueva economía" y que las viejas reglas contables y de cálculo de valor se aplican igual que siempre, pero también lo es que su introducción a todos los niveles económicos está permitiendo un crecimiento mayor del que habríamos tenido en todo caso.

  5. La situación de España.

    España es uno de los países que mejor está superando la actual crisis económica. La primera razón de este comportamiento es el escaso peso que, en el momento del estallido de la burbuja tecnológica, tenían estos sectores en la economía española. Todavía no había dado tiempo a realizar grandes inversiones, que después tuvieran que desecharse por excesivas o redundantes.

    La segunda, el peso del sector de la construcción, casi el 12% del PIB y que se ha mantenido y reforzado.

    La tercera, la influencia de la inmigración, que ha aportado mano de obra imprescindible para continuar el crecimiento sin una explosión salarial mayor de la que ya tenemos.

    Y la cuarta, el comportamiento del sector público, que ha reducido su participación en el PIB al 38%, desde el 49% que alcanzó en 1993, ha eliminado el déficit y permitido aprovechar los bajos tipos de interés que conlleva el euro para crecer durante siete años seguidos, creando cuatro millones de puestos de trabajo.

    Al margen de la falta de peso de los sectores tecnológicos -un rasgo fundamental de la economía norteamericana- la economía española se asemeja mucho a ésta tanto por el peso de la inmigración, como por la importancia que se ha dado al equilibrio presupuestario y la influencia que está teniendo la inversión inmobiliaria en el mantenimiento del consumo.


Conclusión

Una vez más en la historia, un auténtico proceso de revolución tecnológica ha ido acompañado de una política monetaria excesivamente permisiva, lo que ha multiplicado, mucho más allá de lo razonable, las inversiones en los sectores en los que se aplican esas nuevas tecnologías. Una vez pinchada la burbuja especulativa, lo que ha ocurrido, -como también pasó en otras ocasiones-, cuando ha sido evidente que no había demanda suficiente para absorber todos los bienes y servicios que podían ofrecer los procesos inversores en marcha, se han desplomado las cotizaciones bursátiles, se ha reducido drásticamente la inversión en bienes de equipo y se ha ralentizado el crecimiento.

Las nuevas tecnologías tendrán un efecto permanente en la economía mejorando, en todo caso, la productividad pero, a corto plazo, la tarea pendiente es la realización de todos los ajuste necesarios en precios, valores, y empleo dada la nueva situación de incierto crecimiento.

Hasta el momento el ajuste ha sido suave, porque se ha contenido el deterioro en los sectores más directamente afectados por la burbuja, pero, si no se llega al equilibrio con rapidez, existe el riesgo de que el consumo se desplome, haciendo estallar la burbuja inmobiliaria que los bajos tipos de interés han contribuido a formar.

Si esa nueva crisis no se produce y se alcanza el final de los ajustes bursátiles, en los próximos meses podría producirse una mayor solidez en el crecimiento de la economía norteamericana, pero nunca llegando a crecimientos del 3%. A esos niveles, la economía europea, anquilosada e intervenida, apenas tendrá incentivos para mejorar, por lo que lo más que podrá esperarse es un crecimiento en torno al 1%.

En cuanto a España, uno de los países que con mayor éxito está logrando sortear la crisis, la influencia europea terminará por hacerse notar todavía más, por lo que será difícil superar el 2% de crecimiento.

Y todo ello siempre que aguanten los consumidores.

Número 13-14

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