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Libre comercio en beneficio de los pobres

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Bajo la propuesta del Área de Libre Comercio de las Américas, para el año 2005 se habrán reducido dramáticamente los aranceles y las cuotas de importación en nuestro hemisferio. Se trata de un objetivo acertado que aumentará la prosperidad de todos, ayudando especialmente a los pobres de América Latina, quienes necesitan nuevas oportunidades económicas Sin embargo, y esto es lo que más me interesa, la Iglesia Católica en Brasil ha jugado un importante papel en movilizar a la oposición contra el pacto de libre comercio. En un referéndum organizado en parte por grupos católicos, millones de brasileños votaron en contra de cualquier paso hacia el libre comercio. Se trató de un voto más bien simbólico, pero está siendo utilizado en la actual campaña electoral para las elecciones de octubre. Los líderes católicos se han unido a líderes sindicales que están más preocupados por los miembros de sus sindicatos que por la totalidad de los trabajadores brasileños, como también a grupos de ecologistas a quienes les preocupan más los árboles y los animales que la gente y su pobreza.

El libre intercambio comercial siempre ha tenido y siempre tendrá enemigos. Puede estar claro que comerciar con los vecinos incrementa el bienestar de ellos y también el nuestro. Pero hay algo respecto al comercio internacional que causa confusión. Cuando se trata del intercambio a través de fronteras, la gente habla de ellos y de nosotros, como si la venta y la compra entre naciones ricas y pobres beneficiaran a unas mientras perjudican a las otras. Lo cierto es que el comercio es universal. Así como vemos con alegría el establecimiento de un nuevo centro comercial en nuestro pueblo, los países pobres deben darle la bienvenida a las firmas multinacionales que invierten y dan empleo a la población.

Todo el mundo en todas partes debiera apoyar la eliminación de barreras comerciales porque así aumenta la libertad de cooperar en beneficio mutuo. El libre comercio también promueve el entendimiento entre la gente, lo mismo que la paz y la prosperidad. Por alguna razón, en las discusiones sobre el intercambio comercial se suelen ignorar verdades sencillas. La gente admite que el intercambio es bueno, pero temen perder las ventajas legales especiales que grupos mercantilistas han obtenido. En América Latina vemos que los empresarios con buenas conexiones políticas cabildean para mantener sus privilegios e impedir el ingreso de productos y servicios competitivos del exterior.

Pero la verdad es que eso no sólo sucede en América Latina. La política comercial de Estados Unidos últimamente se ha inclinado hacia el viejo modelo mercantilista, protegiendo al acero nacional y dando subsidios a la agricultura. Tales políticas no sólo le han hecho daño a los extranjeros, sino que han aumentado dramáticamente los precios internos para los consumidores americanos de esos productos, incluyendo las fábricas que compran acero. El resultado es que en América Latina se ha puesto en duda si Estados Unidos promueve seriamente el libre comercio. El proteccionismo norteamericano, especialmente en productos agrícolas, perjudica a América Latina.

Lo primero que la administración Bush tiene que hacer es practicar lo que predica. Y América Latina, independientemente de lo que haga Estados Unidos, debe proceder -unilateralmente si es necesario- a desmontar todas esas barreras comerciales que han mantenido a su propia gente en la miseria. Brasil y el resto de América Latina necesitan inversiones. Necesitan mercados. Sus industrias también necesitan encarar la competencia para hacerse más productivas y eficientes. Aun poniendo a un lado los argumentos económicos, desde un punto de vista moral, los consumidores y los fabricantes deben gozar de la libertad de poder comprar y vender sin la interferencia de grupos de presión, de mercantilistas y proteccionistas.

La Iglesia Católica, tan atrás como en el siglo XV, al observar el aumento de la prosperidad en Europa, inspiró algunas de las mejores obras que se han escrito en defensa de la libertad económica. Los católicos no deben abandonar ese legado para convertirse en otro grupo de cabilderos para conseguir privilegios para unos pocos y que terminan pagando las grandes mayorías.

Robert A. Sirico, sacerdote católico, es presidente del Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad.

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