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Las prostitutas no quieren pagar impuestos

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¿Estaría usted dispuesto a entregar al Estado la mitad de su sueldo a cambio de una mejor consideración social? Este es el dilema al que parecen enfrentarse hoy las prostitutas holandesas, a las que el gobierno ha ofrecido "legalizar" su situación. Las ventajas de estar en la economía formal e integrarse en la seguridad social son evidentes. También lo es, sin embargo, su contrapartida: quienes digan que sí, serán ciudadanas con todos sus derechos; pero tendrán que pagar impuestos. Y esto significa, en un país cuya presión fiscal es una de las más elevadas del mundo, que la renta disponible de las prostitutas que acepten la propuesta se reducirá sustancialmente. No es extraño, por tanto, que de las aproximadamente treinta mil profesionales, que se supone que existen en los Países Bajos, sólo algo más de novecientas -es decir, poco más del tres por ciento- hayan dado el paso adelante.

No hay razón alguna para pensar que, en sus decisiones económicas, las prostitutas vayan a comportarse de una manera sustancialmente diferente que los abogados, los fontaneros o los catedráticos de universidad. Aquéllas, como éstos, preferirán ocultar al fisco sus ingresos, siempre que el beneficio esperado de hacerlo supere a la sanción que pueden recibir, multiplicada por la probabilidad de que su evasión sea detectada y castigada.

Y uno de los aspectos diferenciales importantes de la actividad de las prostitutas constituye un incentivo más para no declarar. Mientras, por ejemplo, un catedrático distribuye sus ingresos a lo largo de su ciclo vital de una manera bastante equilibrada, con una suave tendencia al crecimiento a medida que pasan los años, una prostituta obtiene sus mayores ingresos cuando es joven. La razón es obvia. Si no resulta fácil enseñar química orgánica o contratos bancarios cuando se tiene veinte años, tampoco parece sencillo conseguir una demanda elevada de servicios sexuales cuando se tiene, por ejemplo, sesenta. Y esto significa que, con un impuesto sobre la renta fuertemente progresivo, la presión fiscal soportada por una prostituta será mayor que la que soporte un catedrático cuyos ingresos, a lo largo de todo su ciclo vital, sean similares.

Resulta coherente con sus intereses, por tanto, el comportamiento de las profesionales del sexo holandesas. Y no por la naturaleza especial de su trabajo, sino por una simple cuestión de lógica económica. En este sentido, su actitud demuestra bastante más sentido común que la de quienes lanzaron a bombo y platillo su plan de integración social.

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