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En torno a 'De un tiempo y de un país'

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Con este texto, el autor presentó la reedición de su libro de memorias en el Ateneo de Gijón el 14 de noviembre de 2002.

Aparte de su carácter testimonial, el libro De un tiempo y de un país creo que refleja la militancia antifranquista, en general, de los años sesenta y setenta. He expuesto, por ejemplo, cómo agitaba esa oposición, como se organizaba, sus contradicciones y dudas ideológicas y políticas, ciertas actitudes corrientes, etc. Por todo ello, empezaré aquí por examinar el contexto histórico de aquellos movimientos.

En los años 60 y 70, España era uno de los países de mayor crecimiento del mundo, hasta el punto de que muchos especialistas calculaban que en los años 80 dejaría atrás a Italia y Gran Bretaña. Rápidamente iban siendo superados los fenómenos de miseria y desigualdad tan extendidos desde el siglo XIX, y que habían contribuido, como un substrato explotado demagógicamente, a la guerra civil. España había llegado a ser el tercer país del mundo en expectativa de vida, detrás de Suecia y Japón, y por encima de Usa, Alemania o Francia, cuando en los años 30 era uno de los europeos más atrasados al respecto. El hambre, tradicional plaga, había sido erradicada ya en los años 50, el analfabetismo se había reducido a porcentajes marginales, y la enseñanza superior se iba masificando, en el buen y en el mal sentido. En muchos aspectos era un país envidiable, donde la creciente riqueza apenas iba enturbiada por fenómenos como la droga y el alcoholismo juvenil, en que la familia parecía una institución sólida, y los índices de delincuencia estaban entre los más bajos del mundo, con una de las poblaciones reclusas menores de Europa, ausencia de policías privadas, etc.

Conviene recordar estos hechos, que debieran ser una obviedad de conocimiento general, porque han sido oscurecidos o tergiversados de tal manera en estos años, que un joven actual no tiene la menor idea de ellos, o tiene una imagen de aquel tiempo contraria a la realidad.

Pues bien, paradójicamente fue en aquellos tiempos cuando el movimiento antifranquista cobró mayor amplitud y violencia, si exceptuamos los años del maquis. Naturalmente, esto podría explicarse por la falta de libertades políticas, pero me temo que no era esa la causa. Aunque la oposición activa no dejaba caer de la boca las palabras libertad y democracia, era un lugar común en ella el desprecio por las llamadas "libertades formales", que, en opinión de la mayoría antifranquista, carecían de sustancia y sólo servían para encubrir la dominación burguesa. En una opinión muy extendida -incluso hoy día-, lo que contaba era la miseria o la riqueza de las masas, el materialista bienestar, por así decir. Desde ese punto de vista, los logros económicos del franquismo deberían ser mirados con el máximo aprecio por aquella oposición, pero ocurría al contrario. Dichos logros se negaban, contra toda evidencia, como siguen negándose, o más bien silenciándose, ahora. Los modelos admirados por la oposición eran dictaduras, como la de Castro, la de Mao o la de Bréshnief, incomparablemente más férreas que la franquista. El partido más fuerte y activo de la oposición era sin duda el PCE, cuyos dirigentes se llevaban especialmente bien con regímenes de tanta libertad como el rumano, el de Corea del Norte o el de Alemania oriental, apellidada"democrática", para mayor sarcasmo.

En los últimos años ha habido intentos de difuminar el protagonismo del PCE en la oposición antifranquista, resaltando en cambio el de los socialistas u otros, como los democristianos, monárquicos, etc. Sin embargo, quien no haya perdido totalmente la memoria, recordará que el PCE fue el único partido que combatió al régimen de Franco desde el principio al final, y que en los años sesenta dominó asociaciones tan importantes como Comisiones Obreras, la Asamblea de Cataluña, los clubs de amigos de la UNESCO, el Sindicato Democrático de Estudiantes, numerosas asociaciones profesionales y círculos de barrio, etc. Además, en los años sesenta y setenta surgen nuevas formaciones, menores pero muy activas y violentas, como los partidos maoístas, algunos trotskistas, etc., todos ellos variantes del comunismo. La misma ETA y grupos nacionalistas gallegos y catalanes lo eran también en gran medida.

Sin duda alguna, la oposición activa al franquismo tuvo carácter comunista en proporción muy elevada. Otros grupos, como los nacionalistas catalanes o el PNV, los anarquistas, republicanos, democristianos, socialistas, monárquicos, etc., no pasaban de círculos restringidos y poco activos, que, salvo los anarquistas que realizaban acciones esporádicas, se limitaban a esperar a la muerte de Franco para ver si se les presentaba una oportunidad. Entre tanto, algunos de ellos colaboraban en las organizaciones amplias fundadas por los comunistas, como la Asamblea de Cataluña, o en los grupos de profesionales, o en el llamado Pacto para la libertad.

Los comunistas constituyeron, por tanto, la parte esencial de la oposición, y el eje de ella. Tradicionalmente empleaban poco la consigna de comunismo, y muchísimo la de democracia y antifascismo, a fin de arrastrar al mayor número posible de personas y crear una dinámica que impulsara a todo el movimiento hacia la llamada dictadura del proletariado, o socialismo. Pero nadie podrá cuestionar seriamente que se trataba de un partido absolutamente antidemocrático. Identificar antifranquismo y democratismo es una clara falsificación propagandística, inadmisible en una visión objetiva de nuestro pasado. Los demócratas contaban muy poco en aquella oposición.

Las ideas y concepciones comunistas tuvieron un influjo extraordinario, siguen teniéndolo en gran medida, y se extendieron a las mismas derechas, como quedó de relieve en un episodio sumamente revelador, la visita de Solyenitsin a España, a poco de la muerte de Franco y cuando aun subsistía su régimen prácticamente intacto. Solyenitsin, premio Nobel de literatura y uno de los grandes testigos y denunciadores del totalitarismo en el siglo XX, hizo estas declaraciones en Televisión Española: "Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.

"Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas, luchando por procurárselos.

"También he observado que en España uno puede utilizar libremente máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede fotocopiar cualquier documento depositando cinco pesetas en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.

"En su país -dentro de algunos límites, es cierto- se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.

"Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de "limitada". Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con las armas en la mano (se refiere a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo".

Los antifranquistas reaccionaron con auténtica furia contra Solyenitsin. Órganos de prensa comunistas o comunistoides, pero legales y muy difundidos, como la revista Triunfo, acusaron a televisión de crear un "escándalo" y de renovar la guerra civil por medio de una "operación de propaganda" para "acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada". Para ellos, denunciar la realidad soviética y compararla con la española, significaba una actitud guerracivilista y un ataque a la democracia esperada.

Esa manera de ver las cosas era normal en una publicación prácticamente comunista, pero de modo semejante pensaban otros muchos miembros de la oposición. Quizá quien más se destacó en el rechazo al superviviente del Gulag fuera el escritor Juan Benet, que en la revista cristiana Cuadernos para el diálogo, escribió frases tan dialogantes como éstas: "Todo esto, ¿por qué? ¿Porque [Solyenitsin] ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne -y buen partido ha sacado de ello- los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos (...) Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas -cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo- busquen la manera de librarse de semejante peste". De esta forma se refería un escritor mediano, aunque muy jaleado, como Benet, a uno de los grandes escritores del siglo XX. Así, un intelectual próspero y burgués, que extraía abundantes rentas políticas y literarias de su cómoda oposición a la limitada dictadura de entonces, despreciaba a quien había sufrido el infierno del Gulag, y lo calumniaba precisamente por denunciar la realidad del sistema soviético.

Benet, un intelectual muy emblemático del antifranquismo, no se quedó solo, ni muchísimo menos. Con alguna rara excepción, como la de J. P. Quiñonero en el diario Informaciones, todo el mundillo autodenominado progresista e izquierdista, incluyendo a Montserrat Roig y a un buen número de opinadores hoy olvidados, se cebó en el escritor ruso con insultos como "paranoico clínicamente puro", "viejo patriarca zarista", "embustero", "payaso", "turista privilegiado", "enclenque", "chorizo", "espantajo", "mendigo desvergonzado", "bandido", "hipócrita", "mercenario", etc. Y aún fue más significativa la reacción de personajes indudablemente derechistas, pero asustados de recibir el mote de reaccionarios, que reflejaban el antes aludido influjo de las ideas comunistas. Cela, por ejemplo, escribió: "Soljenitsin no está solamente contra España (...) lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de tristeza (...) No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero". O Jiménez de Parga: "Uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose explicar precisamente en España lo que es una dictadura".

La reacción contra Solyenitsin no puede considerarse una simple salida de tono, sino una plena revelación, el autorretrato al desnudo de un antifranquismo que generalmente disimulaba con más cuidado su verdadera ideología. Pues la defensa, o al menos la simpatía, y siempre la ocultación de la realidad soviética, formaban parte muy importante de la conducta de aquella oposición al régimen de Franco, y por ello las palabras del Solyenitsin la hirieron muy en lo vivo, y la obligaron a saltar como lo hizo. La identificación entre antifranquismo y democracia, insisto, es básicamente falsa.

Cabría pensar, por lo tanto, que la oposición activa al franquismo atacaba a éste, no por ser una dictadura, sino por serlo demasiado poco, por no alcanzar ni de lejos la dureza férrea de las dictaduras de tipo marxista. Decir esto puede parecer un sarcasmo, pero creo que describe perfectamente los hechos. Lo que queríamos quienes militábamos en la oposición activa, con pocas excepciones, era una dictadura mucho más completa y estricta que la de Franco, y enfocábamos nuestro uso y abuso de las consignas de libertad y democracia como una artimaña o táctica indirecta para alcanzar el objetivo anhelado.

Vista así la cuestión, puede parecer que cuantos militábamos en el comunismo y similares éramos unos malvados y embusteros de raíz, pero en realidad, tomados uno a uno, no éramos mejores ni peores que la gente que puede encontrarse en cualquier ámbito. Incluso, en bastantes casos, se trataba de personas intelectualmente más inquietas y despiertas que la media, y moralmente dispuestas a arrostrar grandes sacrificios por defender su causa. Dicho de otro modo, es preciso entender en qué consistía el intenso atractivo, por no decir fascinación, de la doctrina marxista.

Creo que hay tres causas fundamentales de la fascinación ejercida por el marxismo, al margen de los sentimientos de avidez de poder y rencor social por él fomentados. Para empezar, dicha doctrina ofrecía una aparente explicación de carácter científico para todos los problemas humanos. No se presentaba como una teoría utópica más, basada en buenos deseos fáciles, sino como la aclaración del sentido de la historia a través de la lucha de clases entre los explotadores y los explotados. El capitalismo vendría a ser la culminación de las sociedades de clases, un sistema promotor de un inmenso desarrollo de las fuerzas productivas, pero incapaz de distribuir los frutos de su producción. El marxismo examinaba el sistema burgués y predecía su evolución necesaria: el capital, explotador de la gran mayoría, creaba sus propios sepultureros, pues las masas proletarizadas, sometidas a condiciones de vida cada vez peores, terminarían rebelándose. El proletariado, guiado por la teoría científica, se emanciparía y emanciparía a la humanidad entera, abriendo paso a una etapa superior de la historia.

La potencia explicativa de la teoría de la lucha de clases atrajo a miles de intelectuales, y conquistó en buena medida las ciencias sociales en las universidades de Occidente. Su influencia persiste hoy, pues aquellos profesores, aunque sorprendidos y deprimidos por la caída del muro de Berlín, no acaban de entender lo ocurrido, y siguen inmersos en las mismas formas de pensamiento y análisis, e influyendo en la juventud.

Sin embargo, la pretensión científica del marxismo había sido concienzudamente refutada ya a finales del siglo XIX, en especial por el economista Böhm Bawerk, que demostró el absurdo de la teoría de la explotación de Marx, apoyada en una idea falsa del valor, fundamento del no menos falso concepto de plusvalía. Pese a lo cual, el marxismo prosiguió su carrera triunfal en el siglo XX, en el cual dejó una profunda marca de sangre y fuego.

Por consiguiente, el atractivo de tal doctrina no se explica sólo por la ilusión de su carácter científico, sino, ante todo, por otra ilusión complementaria: la de una nueva sociedad, igualitaria y repleta de bienes, donde el ser humano alcanzaría el pleno desarrollo de sus capacidades, superando los factores que le "alienaban". Este era el impulso y la ilusión fundamentales. No se creía en esa sociedad maravillosa porque la ciencia marxista demostrara la posibilidad y necesidad de ella, sino al revés: se creía en la supuesta ciencia porque prometía la utópica sociedad anhelada.

La Gran Promesa tenía otro aspecto fascinante: su carácter épico. Proponía un combate gigantesco contra las fuerzas acusadas de encadenar al ser humano, una reedición de la lucha de los titanes contra los dioses, el asalto a los cielos, como expresaba agudamente Marx utilizando la mitología griega. En la mitología vencían los dioses, pero ahora triunfarían el titán Prometeo y los suyos. Este ímpetu intensamente bélico se manifiesta en la extrema violencia con que siempre se impuso el marxismo. No debe despistar al respecto su constante empleo de la consigna de paz, "la lucha por la paz", pues sólo se trataba de una táctica para desarmar a "la burguesía", al "imperialismo", etc. pintados como los únicos interesados en la guerra. De igual modo, la consigna de "libertad y democracia" nunca persiguió otro objetivo que socavar las libertades "formales" y las democracias "burguesas".

Creo que en la propuesta lucha titánica contra "los dioses" radica lo esencial del poder de atracción del marxismo. Los dioses aluden a la insuficiencia y la culpabilidad del ser humano. En la religión, y de modo muy explícito en la cristiana, el bien y el mal se encuentran en cada individuo, aunque sus raíces sean misteriosas. De ahí nace el insoportable sentimiento de culpa por el mal, pero también la responsabilidad y la libertad. Las ideologías, en cambio, postulan la bondad esencial del ser humano, atribuyendo el mal, que aliena o deforma al hombre, a factores de alguna manera exógenos o circunstanciales, desde el trabajo asalariado a la religión, o, más vagamente, a "la sociedad". Este modo de entender la vida parece una liberación: la culpa personal se desvanece, es proyectada íntegramente sobre el llamado sistema burgués y, naturalmente, sobre cuantos lo defienden. Los llamados burgueses cargan con toda la culpa existente, y deben ser, por lo tanto, aplastados sin escrúpulo o remordimiento, en bien de la emancipación humana.

No por casualidad ese ideal exaltado ha generado un prodigioso empuje de agresión, así como una capacidad asombrosa para mentir, calumniar, desfigurar la realidad, tácticas siempre justificadas en pro del fin grandioso, aunque bien podrían verse como pruebas del carácter fraudulento de ese fin. Tampoco es casual que, al proyectar la culpa de ese modo, cayera por tierra la libertad en los regímenes socialistas. Sólo podía admitirse el pensamiento y la acción marxistas, cualesquiera otros debían ser eliminados como un mal absoluto. Y sin embargo, después de haber derrocado a los culpables burgueses, ¡el mal y la culpa resurgían misteriosamente en el seno del mismo partido, vanguardia ilustrada de la nueva sociedad! Las diversas facciones comunistas se acusaban, en su sangrienta lucha por el poder, de "burgueses", "fascistas", "agentes del imperialismo", y, de modo más colorista, de "perros rabiosos", "víboras lúbricas", etc. Los culpables reaparecían sin cesar en el corazón del movimiento marxista, y la lucha contra el mal nunca concluía. Peor aún, a principios de los años 60 la lucha entre marxistas condujo a la escisión del movimiento comunista mundial, apareciendo un sector pro soviético y otro pro chino, que se atacaban con ferocidad.

Una tercera cualidad fascinante del marxismo, pareja a la de la serpiente sobre algunas de sus presas, fue su enorme éxito práctico. Hoy, caído el muro de Berlín, el comunismo parece haberse esfumado como un fantasma, pero durante 70 años fue un poder de un impulso expansivo sin paralelo en la historia. En tan pocos decenios se extendió sobre más de un tercio de la humanidad, organizó en todas partes movimientos de masas y partidos muy activos y disciplinados, fuerzas de choque fanatizadas y auténticamente temibles, hasta el punto de derrotar, en Vietnam, a la mayor superpotencia del mundo. Junto a ello, la URSS alcanzó logros técnicos y científicos tan notables como colocar el primer satélite artificial o el primer hombre en el espacio, o un gran poderío atómico. Según se decía, en esas sociedades no había desempleo ni hambre, y se había abolido la explotación del hombre por el hombre.

Todo ello creaba al comunismo una aureola triunfal, que señalaba el camino a la humanidad entera. Muchos se sumaban al movimiento, sea por oportunismo de apuntarse al probable ganador, sea porque tales logros parecían probar la corrección de la doctrina, por encima de defectos o errores, que debían considerarse parciales y pasajeros. Sin esa impresión triunfal, para unos exaltante, para otros intimidatoria, no podrían explicarse actitudes como la de vastos sectores de la Iglesia Católica. La Iglesia había sido una de las barreras más eficaces contra el comunismo, pero, en los años sesenta, parte de ella se convirtió en vía de infiltración y penetración de aquel. Baste pensar en la teología de la liberación o, volviendo al caso de Solyenitsin en España, en la actitud de Cuadernos para el diálogo, revista católica donde Benet justificaba los campos de concentración para los anticomunistas. Carrillo y los soviéticos idearon una estrategia para alcanzar el socialismo "con la hoz y el martillo en una mano, y la cruz en la otra".

Ese éxito resultaba paradójico, pues tenía carácter político y militar, a veces científico, pero nunca cumplía sus promesas de mejorar la vida de las masas. Lo más que lograba era instaurar una economía cuartelaria, o más bien carcelaria, como indicaba Solyenitsin, y eso sólo después de haber causado inmensas hambrunas y privado de todo derecho a los "proletarios" bajo la imaginaria dictadura de éstos. Ni siquiera cabía el consuelo de una sociedad pobre, pero igualitaria: la minoría dirigente del partido no sólo gozaba de privilegios inexistentes en los países occidentales, como tiendas exclusivas para ella, sino que de hecho poseía al país entero, disponiendo sin el menor control sobre la vida de sus habitantes. ¿Cabe mayor desigualdad?

La experiencia ha resultado terrible, pero sería iluso pensar que no renacerá algo parecido. La fascinación de las utopías pervive como parte de la condición humana, y ahora mismo constatamos el influjo de formas degradadas del marxismo en multitud de movimientos de tipo tercermundista, ecologista, feminista y tantos más.

En mi caso personal, lo que más influyó para que abandonase el marxismo fue la constatación de la falsedad de sus pretensiones científicas. Concretamente, fue el estudio de una teoría fundamental de Marx, la de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, lo que me convenció de que esa teoría, y su fundamento en la teoría del valor y de la plusvalía, son contradictorias en sus propios términos. Ello me aclaró las cosas, pues mientras se cree en el carácter científico del marxismo, siempre se pueden justificar sus crímenes considerándolos errores corregibles, por lo demás lógicos en una tarea tan gigantesca e históricamente nueva como poner en pie la sociedad paradisíaca. Pero cuando se percibe que la supuesta ciencia es un fraude, intencionado o no, ya no cabe excusar nada: los crímenes son crímenes, y los errores son inevitables, pues surgen forzosamente de una teoría falsa de raíz.

Mi caso, como he indicado, sin ser único ni mucho menos, tampoco es típico. Buena parte de quienes militaron en aquellas organizaciones lo hacían por razones confusas, y la caída de la Unión Soviética les sorprendió de muy mala manera. Fueron abandonando en silencio las militancias y hasta cierto punto las creencias, que en muchos de ellos persisten de manera vaga, al no haberlas examinado críticamente ni sustituido por ninguna otra idea. En bastantes casos, su marxismo sólo respondía a deseos y esperanzas de conseguir un poco de poder, y por ello cambiaron con toda naturalidad la militancia en partidos marxistas leninistas por la de otros partidos, en especial el PSOE, que les ofrecían mejores perspectivas de conseguir puestos de mando. Pero ello no obsta para que, en conjunto, el significado del movimiento comunista, y las causas principales de su atracción o más bien fascinación, sobre tanta gente, fueran las antes señaladas.

Pues bien, si, como decía, la oposición activa al franquismo fue prácticamente comunista o giró en torno a grupos comunistas, está claro que no puede haber sido la autora de la democracia actual, en contra de una opinión muy extendida. Y, en efecto, no lo ha sido. Como todo el mundo puede recordar, si quiere, fue el grueso de la clase política franquista, empezando por un rey designado por Franco, por un jefe del partido franquista, Adolfo Suárez, y por un ideólogo y político del régimen, Torcuato Fernández Miranda, seguidos por casi todos los miembros de aquellas Cortes, la que diseñó y organizó la transición, planteándola como reforma desde el régimen, de las leyes a las leyes, y no como ruptura, según quería el antifranquismo. A lo largo de 1976, los opositores, ya en plena libertad de expresión y asociación de hecho, intentaron imponer la vía rupturista, que debía culminar en una gran huelga general en noviembre, pero fracasaron. Y volvieron a fracasar en el referéndum de diciembre, cuando la vasta mayoría de la población respaldó el plan reformista propuesto por Suárez. A mi juicio, eso fue lo mejor que pudo haber ocurrido. Podemos percibir los peligros del rupturismo si recordamos que los dos organismos de la oposición, La Junta y la Plataforma democráticas, agrupaban a comunistas tradicionales, maoístas, cristianodemócratas, nacionalistas, socialistas que seguían proclamándose marxistas, y otros sectores y personajes variados. Todos ellos, excepto el PCE, carecían de organización algo sólida y de raíces en la población. En esas condiciones, la ruptura habría significado un salto en el vacío.

Fue entonces cuando entró en acción el PCE( r)-Grapo. Como indiqué más arriba, la táctica revolucionaria marxista juega tanto con los métodos violentos como con los pacíficos, acentuando uno u otro según lo indica su análisis de la situación. Carrillo, después de la derrota del maquis en los años 40, se inclinaba por la vía pacífica, sin excluir nunca la armada si las circunstancias lo favorecían. Todavía en 1978, en plena prédica del llamado eurocomunismo, Carrillo prologaba un libro de discursos de José Díaz, dirigente del PCE antes de la guerra civil y durante ella, recomendándolo a los jóvenes del partido, porque "puede encontrarse en él respuesta cumplida a problemas como el de las alianzas con otras clases y capas de la sociedad; la relación entre democracia y revolución, entre la lucha de masas y la lucha armada". Es decir, la política del viejo PCE seguía siendo esencialmente válida en 1978. Y debe recordarse que consistió, antes de la guerra, en preparar milicias y exigir la disolución de todas las organizaciones de derechas y el encarcelamiento de sus líderes; y durante la guerra, en exterminar a la derecha, dominar el ejército, e imponer su línea a los demás partidos del Frente Popular, sin vacilar en ejercer el terror contra sus aliados en muchas ocasiones.

La diferencia básica entre Carrillo y nosotros en aquel tiempo, radicaba en que, según nuestro análisis, había que poner el acento en la lucha armada y no en la acción legal. Para Carrillo, una acción legalista, conducida con buena táctica revolucionaria, permitiría socavar la democracia "burguesa" y adelantar mucho camino hacia el socialismo. Según nuestro análisis, la acción legalista llevaba a lo contrario, a debilitar el movimiento revolucionario e integrarlo en el sistema burgués, un sistema considerado por nosotros inevitablemente fascista. Por lo tanto, la línea adecuada consistía en concentrarse sobre todo en la lucha violenta. Y eso fue lo que hicimos secuestrando primero a Oriol y luego al general Villaescusa. Buscábamos con ello sabotear el referéndum de la reforma política, denunciar la existencia del fascismo al exigir la libertad de presos políticos condenados por acciones terroristas, y demostrar al pueblo que sólo la acción armada conseguiría hacer retroceder a la reacción. Afortunadamente el gobierno no cayó en la trampa de lo que hoy llamaríamos el "diálogo", y toda la operación fracasó finalmente, aunque tuvo en vilo al país durante casi dos meses.

Creo que aquellos secuestros, dentro de su carácter evidentemente desestabilizador, tuvieron un resultado inesperado y positivo, al obligar a la oposición antifranquista a moderarse, pues, como se hallaba prácticamente en la legalidad, estaba a merced de un vaivén represivo si el gobierno hubiera optado por dar marcha atrás en las reformas. En la derecha había la sospecha de que el Grapo dependía en realidad del PCE, y se mencionaba a Romero Marín, un dirigente comunista que había recibido instrucción militar en la URSS, como el verdadero cerebro. En esas peligrosas circunstancias, la oposición, y sobre todo el PCE, se vio obligada a demostrar que sus propósitos legalistas eran auténticos, y por ello contraatacó asegurando que no saber nada del Grapo, pintando a éste como una organización de provocadores al servicio de los sectores franquistas más retrógrados. Ello era perfectamente falso, pero permitió crear una leyenda todavía hoy persistente sobre el "misterioso Grapo". Ese misterio nadie tenía la menor intención de aclararlo, como comprobé al escribir el libro De un tiempo y de un país: a pesar de ser el único testimonio de primera mano que exponía los hechos desde dentro, me fue casi imposible encontrar editor, y sólo después de un año y medio accedió Ediciones De la Torre a editármelo fuera de catálogo. Pero así es la política.

Por tanto, la democracia actual no proviene de una ruptura, sino de una reforma, no fue impulsada por la oposición antifranquista, sino por el franquismo, y si penetramos a través de la niebla de una propaganda machacona, percibiremos dos hechos indudables: que la estabilidad de nuestra democracia depende en medida muy importante de la sociedad creada bajo el régimen anterior, una sociedad próspera, bastante culta, con una clase media muy extendida y de tendencias moderadas. Y que, por el contrario, casi todos los factores de inestabilidad y de riesgo para la democracia hunden sus raíces en el antifranquismo. Así el terrorismo, o los nacionalismos balcanizantes, la enorme corrupción de hace unos años, o el intento de enterrar a Montesquieu, es decir, de acabar con la división de poderes degradando la independencia del poder judicial; así muchos atentados contra la libertad de prensa, o el mismo intento de falsificar la historia reciente, desde la república para acá, con el propósito de justificar diversos radicalismos. Estos fenómenos, muy preocupantes, debilitan el juego democrático, incitan al extremismo y, últimamente, amenazan seriamente la misma unidad española. Todos ellos, repito, tienen la marca del antifranquismo, cuyo carácter democrático no existió en el pasado, y aun hoy sigue sin ser muy fuerte. La propaganda ocultadora de los hechos ha sido tan masiva y persistente, que asertos como éstos resultan sumamente chocantes a primera vista, pero basta con recurrir a la memoria y al sentido común para darnos cuenta de su completa realidad.

Es más, actualmente asistimos a una vasta operación política para imponer de una vez la "ruptura", negando o restando valor a la reforma democrática y al proceso transcurrido estos veinticinco años, con vistas a cambiar la Constitución y probablemente a admitir la secesión de las provincias vascas y de Cataluña. Esto me parece sumamente peligroso, y sería conveniente que todos tomásemos conciencia de lo que está en marcha y de la necesidad de frustrar semejantes tendencias, las cuales resucitan el espíritu de la guerra civil.

Naturalmente, estas consideraciones, aunque implícitas en el libro De un tiempo y de un país, no están desarrolladas en él, pues no se trata de un libro de tesis, sino sobre todo de un relato, en el que he procurado exponer cómo se organizaba en aquellos años la agitación y la propaganda, el proselitismo, cómo iba surgiendo poco a poco la idea y la práctica de la lucha armada, y su inevitable decaimiento en conductas terroristas y mafiosas, cómo eran las relaciones, las ideas y las peripecias personales de quienes participamos en aquella aventura que ahora, con la perspectiva de los años, parece alucinada, pero que puede comprenderse fácilmente desde el marxismo, y sólo desde el marxismo, razón por la cual me he extendido en las consideraciones anteriores.

Número 13-14

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El rincón de los serviles

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comentarios
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hombre...
Numerarius

hombre, lo que dijo Benet suena mal, pero todos nos arrepentimos de las coas que hemos hecho en el pasado. Y Pío Moa, en el 75, era mucho más radical que Juan Benet.?