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La Ilustración Liberal

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La fascinación del éxito nazi

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Los mecanismos psicológicos que proporcionaron a Hitler el poder y, muy especialmente, el respaldo del que tanto él como su régimen disfrutaron constituyen uno de los temas de estudio más sugerentes en la Historia del siglo pasado. No puede decirse, desde luego, que hayan faltado las interpretaciones. Mientras que los autores marxistas se refirieron a una fase de descomposición del capitalismo, Erich Fromm, por ejemplo, remitió todo a un supuesto miedo a la libertad que aquejaba de manera especial a los alemanes.

Recientemente, un joven historiador llamado Goldhagen incluso ha pretendido explicar el III Reich sobre la base de un antisemitismo generalizado en Alemania y en el resto de la Europa ocupada. Ciertamente, Goldhagen obtuvo un gran éxito de ventas y una considerable repercusión en los medios, pero ningún especialista en el estudio del Holocausto ha suscrito sus tesis que resultan demasiado ramplonas. El III Reich tuvo un contenido antisemita claro y para Hitler, esencial, pero ese no fue el motivo de su éxito entre la población. En ese sentido, el libro de Gellately constituye uno de los grandes aportes sobre la historia del nazismo y, posiblemente, el estudio más agudo e inteligente sobre el mismo publicado durante los últimos diez años.

¿Cuáles fueron, a juicio del autor, las razones del triunfo de Hitler, un triunfo que la mayoría de sus contemporáneos, sin excluir a los judíos, contempló como algo que apenas duraría unos meses y que concluiría en medio de un fracaso estrepitoso? La primera de ellas, sin ningún género de dudas, fue el rechazo que la república de Weimar había creado entre la inmensa mayoría de la población alemana. A décadas de distancia y sabiendo lo que vino después, es comprensible la idealización de aquel período, pero para los alemanes que lo vivieron se trató de una época intolerablemente convulsa en la que el partido comunista ansiaba desencadenar una revolución similar a la bolchevique, los socialdemócratas se radicalizaban con un rumbo nada democrático y las derechas -con alguna excepción- soñaban con restaurar la monarquía o implantar algún régimen autoritario.

A aquel comportamiento suicida de los partidos se sumaron un desempleo sin precedentes, una inflación galopante, una creciente delincuencia y un sin número de humillaciones procedentes de las potencias extranjeras. Cualquiera de estos factores resultaba preocupante, pero que todos se volcaran sobre una nación que en 1914 competía con Gran Bretaña por el dominio mundial resultaba demasiado explosivo, que bien pudo derivar en una guerra civil. Con todo, la llegada de Hitler al poder podría haber sido breve de no haber logrado rápidos y fulminantes éxitos en todos esos terrenos y ahí radica en buena medida la razón del consenso social recibido. De entrada, cada paso que dio desde la cancillería del Reich -especialmente los que entrañaban graves cuestiones éticas como la eutanasia o las medidas antisemitas- fue pensado meticulosamente y nunca fue seguido por otro en la misma dirección antes de comprobar fehacientemente que la mayoría de la población lo había asimilado y aceptado siquiera tácitamente.

Cuando no tenía lugar ese respaldo -como sucedió con la eutanasia- Hitler daba marcha atrás y esperaba a mejores momentos. Esa prudencia explica que las primeras medidas legales contra los judíos no se produjeran antes de dos años de alcanzar el poder y que la primera explosión masiva de violencia aún esperara algunos años más y sólo después de un atentado contra un diplomático alemán perpetrado por un judío. En el interim, buena parte del pueblo alemán había ido prestando un decidido apoyo a Hitler fundamentalmente porque los éxitos eran innegables: el paro había desaparecido, la economía se había estabilizado con recetas intervencionistas que harían las delicias de las izquierdas actuales de no venir de donde venían y la delincuencia había disminuido de manera espectacular. Este último aspecto -extraordinariamente bien estudiado por el autor- muestra la manera en que la sociedad no tuvo inconveniente en mirar hacia otro lado o incluso apoyar las medidas nazis cuando las víctimas fueron delincuentes habituales que habían escapado de la acción de la justicia a través de los tecnicismos legales democráticos; degenerados sexuales cuya conducta antinatural -por cierto, bastante extendida entre la jerarquía nazi- corroía los cimientos morales y demográficos de una sociedad sana o comunistas que habían tenido un interés especial en dinamitar la república de Weimar.

Se trataba de gente indeseable para la aplastante mayoría de la población y que acabaran en un campo de concentración por medios discutibles no era preocupante. Si acaso una demostración de que la eficacia y el bien común exigen en ocasiones métodos expeditivos. De manera bien reveladora, las diversas policías del Reich no tuvieron problemas para encontrar informadores sino para navegar en medio del océano de denuncias que se les presentaban contra ciudadanos de a pie. El número de alemanes detenidos hubiera sido tan grande que, de hecho, las autoridades nazis tuvieron que arbitrar medidas para saber lo que era cierto y lo que no en aquellas delaciones.

Cuando estalló la guerra, las conquistas exteriores sólo sirvieron para aumentar ese apoyo. El Führer había tenido un éxito tras otro y ahora añadía los bélicos. Incluso con los bombardeos masivos de los aliados y la sensación creciente de que Alemania defendía sus logros, Hitler siguió manteniendo un enorme consenso social que no veía mal ni siquiera el Holocausto -más que aireado por los medios de comunicación nazis- por la sencilla razón de que estaba convencida de la existencia de una conspiración judía mundial contra Alemania. Sin duda, Hitler había recurrido a la represión pero el apoyo social del que gozaba no era menor. Ese apoyo sólo se quebró en los últimos meses de la guerra cuando los aliados hollaron el suelo del Reich y la misma gente que había apoyado el nazismo se convirtió en víctima de un terror que ahora se dirigía contra ella a fin de que resistieran hasta el final.

Únicamente entonces esa misma población se sintió desvinculada de Hitler e incluso comenzó a contemplarlo como a un embustero. Hitler había dejado de ser, a sus ojos, el azote necesario de la peor morralla y el triunfador en incomparables gestas militares para convertirse en el problema de la gente decente. Algo, obviamente, intolerable para ellos.

El libro de Gellately no nos muestra -y eso es lo más sobrecogedor- una nación de asesinos perversos y antisemitas. En realidad, enfoca la cuestión en su justos términos: el fracaso de una democracia a causa de unas izquierdas utópicas y escasamente democráticas y unas derechas carentes de pragmatismo o autoritarias. Ese fracaso se tradujo en inseguridad ciudadana, crisis económica, relajación de las costumbres y desempleo, algo que a la inmensa mayoría de los alemanes -la gran mayoría silenciosa- les causaba espanto y repugnancia. Apoyado en ese malestar, Hitler llegó al poder pero debió a sus éxitos el mantenerse y, sobre todo, el ir dando prudente y astutamente paso tras paso en una política que llevaba a los planes de eutanasia, a la guerra y a las cámaras de gas.

Cuando Alemania se dio cuenta de lo que sucedía, siguió mirando hacia otro lado o lo apoyó porque no veía alternativas o porque creía en el éxito final. Las consecuencias son conocidas de todos.

Robert Gellately, No solo Hitler. La Alemania nazi entre la coacción y el consenso, Barcelona, Crítica, 450 páginas.

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