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Grameen, el banco de los parias

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Es el principal banquero de su país, Bangladesh. Nunca ha realizado una obra de caridad. No cree que la acción del Estado vaya a ser capaz de resolver el problema de la pobreza extrema que acucia a la mayor parte de los 120 millones de sus compatriotas. La palabra solidaridad no forma parte de su vocabulario Desconfía profundamente de las organizaciones no gubernamentales occidentales. Cree que son los pobres los que deben ayudarse a sí mismos para salir adelante. Como catedrático de Economía, defiende ante sus alumnos que el problema del subdesarrollo no lo crea el mercado, sino precisamente su ausencia. Piensa que las subvenciones y los subsidios roban la iniciativa y la dignidad a los que los reciben. Convenció a cientos de guerrilleros marxistas para que abandonaran las metralletas y las cambiasen por una nómina en el Grameen Trust, la multinacional que él dirige y que ya opera en más de 60 países. Más de 12 millones de bengalíes deben dinero a su organización. Sus técnicas de ingeniería financiera han sido importadas por los Estados Unidos. Prevé alcanzar 100 millones de clientes en todo el mundo para el año 2005. La semana pasada estuvo en Madrid. Se llama Muhammad Yunus, es Premio Príncipe de Asturias a la Concordia y candidato al Nobel de la Paz.

Estamos en 1977. Las imágenes de niños muriendo de hambre en Bangladesh abren todos los informativos de las televisiones del mundo, y la maquinaria de la cooperación y la industria de la solidaridad se ponen en marcha. Desde la emisión de aquellas imágenes hasta hoy el país ha recibido 30.000 millones de dólares en concepto de ayuda al desarrollo. Pero no toda esa cantidad ha llegado en forma de dinero. Habría que descontar el coste de los informes de los expertos y consultores occidentales, los salarios de los centenares de consejeros que se han instalado en el país para prestar su ayuda y el valor de los envíos que llegaron en forma de bienes de equipo para crear infraestructuras. En total, el 75 por ciento de los 30.000 millones. Se estima que el otro 25 por ciento se ha empleado en retribuir a los expertos, consultores, consejeros, funcionarios y políticos locales que deben tomar las decisiones sobre el destino y la forma de la materialización de las inversiones. Ni un dólar para la gente.

Volvemos a 1977. Como cada día, tras exponer ante sus alumnos la elegante formulación matemática de la teoría macroeconómica, el profesor Yunus sale de la universidad y se dirige a su casa sorteando los cuerpos famélicos que se arrastran por las calles. Su mirada se detiene por un instante en una mujer que en la penumbra de un portal, de cuclillas, trenza hojas de bambú. Se dirige a ella y se interesa por su trabajo. Con el rostro oculto tras el pudra (el velo islámico), le cuenta que fabrica taburetes, que el bambú, la materia prima, cuesta cinco takas, que lo puede comprar porque se las adelanta un prestamista al que luego tiene que vender el producto de su trabajo, que cobra cinco takas y cincuenta paisas por él, y que su beneficio, por tanto, es de cincuenta paisas. Ese día, el profesor Yunus descubrió que fuera de las aulas universitarias la diferencia entre comer o no comer, la diferencia entre la vida y la muerte, podía cuantificarse en cinco takas. Cinco takas son al cambio 22 céntimos de dólar.

Al día siguiente hizo otro descubrimiento: que se puede fundar un banco sin saber absolutamente nada de finanzas. Al salir de clase se dirigió al portal, habló con la mujer, le adelantó el dinero para el bambú, y acabó la jornada habiendo prestado 27 dólares a 40 personas, la gran mayoría mujeres, las parias entre los parias. Ese día nació el Grameen Bank. Luego el profesor Yunus se dirigió a la fundación Ford, expuso su proyecto y les pidió un aval de 800.000 dólares para ponerlo en marcha. Se lo concedieron. Hoy, el banco presta cada mes unos 35 millones de dólares en moneda de Bangladesh, tiene 12.000 empleados y 1.086 oficinas, pero su forma de hacer negocios no ha variado; es la misma que rigió aquel préstamo de 27 dólares: dar por sentado que los pobres son solventes. No hay papeles. Nadie firma un contrato. Nunca se recurre a una instancia judicial en caso de impago. El único vínculo que liga al banco con sus clientes es la confianza. Y funciona. El Grameen tiene una tasa de retorno de sus créditos del 94 por ciento, un porcentaje que lo sitúa por encima de todos los bancos del país y de la mayoría de los del resto del mundo. Y se puede comparar con ellos porque es una entidad que actúa con óptica comercial; como ellos, cobra intereses y busca acabar los ejercicios con beneficios en la cuenta de resultados. La clave de su éxito radica en que los microcréditos que concede deben ser reembolsados en minúsculas cuotas semanales que suponen un mínimo esfuerzo para los prestatarios; además, las personas que acceden al crédito, mujeres en su inmensa mayoría por decisión del banco, deben hacerlo formando grupos de cinco, y la solidaridad del grupo opera cuando alguno de sus miembros no puede hacer frente a la deuda.

¿A qué se destina el dinero? La filosofía del banco parte de considerar que las propias personas saben lo que deben hacer mejor que nadie, así que no se inmiscuye. Unos compran tela para hacer ropa, otros un carro a pedales para utilizarlo como taxi, o una vaca para ordeñarla, o pagan la boda de sus hijas,...o compran bambú para hacer taburetes. Después vino la expansión por el mundo. Pero cuando aquella peluquera de Arkansas retornó al banco todas las cuotas del préstamo de 375 dólares que había pedido para poder comprar un equipo de manicura (una financiación que consiguió gracias a que el gobernador del estado, Bill Clinton, había convencido a las elites locales para que aceptasen "una transferencia de tecnología desde el Tercer Mundo") y logró desengancharse de los programas de ayuda social, o cuando en Togo el señor Mousa, un limpiabotas, consiguió 40 dólares para independizarse de su "patrón" (el dueño del cepillo y la caja del betún), los agentes del banco percibieron en sus clientes el mismo sentimiento de autoestima, de autodescubrimiento como seres independientes, que Muhammad Yunus intuyó en los ojos de la mujer del portal cuando reembolsó su crédito de cinco takas.

Ahora Grameen es una multinacional que diversifica sus inversiones en diferentes sectores. Primero fue la filial hipotecaria que financiaría "la casa de 300 dólares", un diseño que ganó el Premio Internacional de Arquitectura Aga Khan; sus arquitectos fueron las propias personas que luego lo materializarían para convertirlo en su vivienda, y ya se han construido 350.000 réplicas. Más tarde vino Grameen Phone, la compañía de telecomunicaciones más barata del mundo. Presta servicios de telefonía móvil a más de un millón de habitantes de las aldeas de Bangladesh y está formada por empresarias (compran los móviles con un crédito y prestan el servicio en régimen de franquicia, aplicando las tarifas que fija la empresa matriz) que viven en esos poblados. Luego promovió Grameen Cybernet, que opera en los sectores de educación, teletrabajo y comercio electrónico en esos mismos lugares. También está Grameen Shakti, una compañía eléctrica (el 65 por ciento de las aldeas del país no dispone de luz eléctrica) que explota la energía solar para alimentar los ordenadores y móviles de las otras.

Y a pesar de que cada día nace un nuevo proyecto empresarial en la mente del profesor Yunus, nunca se hará millonario con ninguno de ellos. Cuando inició su andadura empresarial decidió que los empleados de las compañías que crease serían, a través de un pacto de recompra de acciones, sus propietarios. Lo mismo ocurre con el banco.

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