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La Ilustración Liberal

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Akhenatón sin mitos

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La figura de Ejnatón o Ajenatón o Amenhotep IV ha sido objeto de un tratamiento amplio que se explica en buena medida por sus pretensiones de implantar una religión centrada en la adoración de un dios único. Por supuesto, la imagen -melífluamente mítica- más conocida del faraón es la que brindó Mika Waltari en su conocidísima novela Sinuhé el egipcio pero no han faltado tampoco los estudios rigurosos debidos a egiptólogos como el discutible Donald Redford o el más competente Erik Hornung. En ellos ya habíamos encontrado a un personaje que quizá no fue estrictamente monoteísta pero que, desde luego, sí pretendió implantar una adoración preferente en honor del dios Atón, lo que tuvo como consecuencia una crisis religiosa que sacudió los cimientos de la sociedad egipcia.

El libro de Nicholas Reeves, director del proyecto de tumbas reales de El-Amarna, constituye una magnífica elección editorial motivada, sin duda, porque el asesor de libros de historia de Oberon es un más que notable egiptólogo y conocedor de la Historia muy distante de esos aficionadillos siniestros y sin titulación que ocasionalmente acaban colándose en algunas editoriales. La presente obra nos muestra muy documentadamente a un faraón que no fue un precursor precisamente de Moisés -como pretendió Freud- ni de Jesús -como ha pretendido algún autor que por la calidad de sus escritos parece adicto a las drogas psicotrópicas- sino más bien un personaje de mente sectaria que no dudó en imponer una religión nueva (aunque no original puesto que ya existía en el reinado anterior) a cualquier coste.

Muy lejos de tratarse de alguien tolerante, Amenhotep IV fue una víctima de sus ensueños y convirtió a Egipto en una víctima también. La revolución espiritual se extendió a todos los sectores sociales provocando, por ejemplo, formas artísticas de extraordinaria grandeza que no cuentan con parangón en la historia egipcia. Sin embargo, la verdad es que el resultado final fue una crisis política -precisamente en la época en que los hititas, poseedores de las primeras armas de hierro, se dibujaban en el horizonte como una amenaza real- que derivó en episodios trágicos como el reinado del niño Tutankamón (posiblemente asesinado) y en un cambio de dinastía. Cuando Egipto recuperó la estabilidad se había situado en las puertas de su período de mayor expansión territorial pero Akhenatón se había convertido en un maldito y Amón -la divinidad que aborrecía- en el dios supremo.

Nicholas Reeves, Akhenatón. El falso profeta de Egipto, Oberon, Madrid, 2002, 285 páginas.

Número 12

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