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Eliminando el remedio

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El futuro de las medicinas contra el SIDA es incierto, a causa de los ataques que reciben las empresas farmacéuticas. Según Amir Attaran de la Universidad de Harvard, para fines del próximo año el SIDA se habrá convertido en la peor enfermedad de la historia, sobrepasando la Peste Negra en Europa hace 600 años. Por consiguiente, los activistas tienen razón en atraer atención a esta terrible enfermedad, lo malo es que lo hacen presentando a los laboratorios farmacéuticos como demonios interesados sólo en sus utilidades y aprovechándose de los enfermos y de los muertos del mundo en desarrollo. Tales ataques se han moderado últimamente, al darse cuenta algunos activistas que con ello han logrado una reducción en lo que más necesitan: nuevas medicinas para curar esta plaga fatal. Ojalá que no sea demasiado tarde.

La industria farmacéutica se basa en el sistema de patentes para conseguir recuperar las inversiones masivas que realizan descubriendo y desarrollando nuevas medicinas. La Universidad de Tufts estima que esa inversión alcanza un promedio de 800 millones de dólares por cada nuevo fármaco. Los remedios del SIDA son extraordinariamente complejos y costosos. Empresas como GSK y Merck han invertido miles de millones de dólares en investigaciones sobre el SIDA. Pensaban que recobrarían decenas de miles de millones de dólares si lograban descubrir una cura. Pero ya no están tan seguros. Los activistas han exigido que la industria farmacéutica reduzca el precio de medicinas que han sido parcialmente exitosas, los antirretrovirales, y han logrado convencer a muchos gobiernos de ignorar las patentes y permitir la producción de medicinas genéricas que simplemente copian lo que otros han logrado desarrollar. El resultado es la desaparición del incentivo para investigar sobre el SIDA.

Según Pharmaprojects, una empresa de asesoría farmacéutica, los programas de investigación y desarrollo de medicinas para combatir el HIV/SIDA se han reducido en 40% (de más 225 compuestos a unos 150) desde 1977. Seguramente que las que se siguen estudiando tienen mayor posibilidad de éxito, pero la caída es muy significativa. Si, además, comparamos esta rama de la investigación farmacéutica con compuestos antiinfecciosos que se están desarrollando, los últimos han aumentado en más de 20% desde 1977. Por otra parte, altos ejecutivos de los laboratorios grandes dicen que las amenazas de obligar a sus empresas a entregar sus licencias y patentes está desalentando fuertemente toda nueva investigación.

Eso es lógico. Los laboratorios farmacéuticos dependen de sus utilidades y los ejecutivos tienen que responder ante los accionistas, por lo que no se van a embarcar en inmensas inversiones para luego ser atacados, logrando así sólo dañar el buen nombre de sus empresas. Y lo más triste es que las patentes nunca se han utilizado para negarle medicinas al mundo subdesarrollado. Ahora que no existe protección alguna a las patentes en la mayoría de las naciones africanas, no ha aumentado el acceso a las medicinas. En la India, las patentes son muy débiles, pero apenas una fracción de los enfermos de SIDA tiene acceso a medicamentos.

En Brasil, el programa contra el SIDA se basa en medicinas genéricas producidas internamente. Apenas el 1% de las 2000 medicinas disponibles en Brasil está patentado y, sin embargo, según la ONU sólo el 40% de los enfermos de SIDA tienen acceso a medicinas esenciales.

Ser señalados como los malos de la película no logrará que la industria farmacéutica aumente sus inversiones en la investigación y desarrollo de nuevas medicinas contra el SIDA. Tener que estar permanentemente defendiéndose de tales ataques es costoso y les quita tiempo; además que la mala publicidad afecta el precio de sus acciones, lo cual dificulta aún más que dediquen fondos a este tipo de investigaciones.

La lucha de los activistas del SIDA en contra de la industria ha resultado contraproducente. Ya es tiempo de concentrarse en el problema real que está bloqueando el acceso a las medicinas que tanto necesitan los enfermos de SIDA.

© AIPE Roger Bate es director del International Policy Network y Richard Tren es director de la ONG África Contra la Malaria

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