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El futuro de América Latina

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El problema de Venezuela es en el fondo el mismo de toda la América Latina. Cómo lograr que elijamos a los más capaces y detener el proceso vergonzoso de corrupción y robo de los dineros públicos para avanzar en la democracia, el progreso económico y paz social.

Argentina es un buen ejemplo. La Constitución de 1853, fruto de los desvelos de ese gran periodista que fue Juan Bautista Alberdi, condujo a la Argentina por senderos de paz social e inusitada prosperidad. Esa Constitución garantizó verdaderamente la propiedad privada y la libertad de comercio. Produjo una alternabilidad republicana envidiable y Argentina fue por muchas décadas el sitio preferido de la inmigración europea. Durante casi 100 años -hasta la constitución peronista de 1949- hizo posible un desarrollo económico y una paz social superior a la de naciones del mundo desarrollado. El populismo que se instauró de allí en adelante subsiste, acabando con la prosperidad y la paz.

Pero el problema de América Latina no sólo es constitucional. Podríamos tener una Constitución tan buena como la de Alberdi, pero ella no garantiza que los más capaces lleguen al poder. Nuestro problema se deriva de la interpretación que nuestros políticos tienen de lo que es el sistema democrático. Creen que si hay elecciones hay democracia. Creen que una mayoría en el voto popular legitima cualquier administración. La democracia es mucho más que unas elecciones. Especialmente si como en nuestros países el derecho a la ciudadanía se confunde con el derecho a la nacionalidad. Me explico: si por el hecho de haber nacido en un territorio determinado esa persona adquiere la nacionalidad por nacimiento, no necesariamente adquiere el derecho de ciudadanía, el derecho de votar y elegir, esto es el derecho a intervenir activamente en el desarrollo futuro de la vida de ese país. Para remontarnos a quienes inventaron la democracia, así era en Grecia, en la democracia ateniense solamente votaban quienes lograban la calificación de ciudadanos.

Esta discusión tuvo gran vigencia a mediados del siglo XIX. Unos eran partidarios del voto universal y directo, que hoy se llama voto popular, y otros eran partidarios del voto nacional, donde sólo tenían derecho a opinar como ciudadanos quienes podían demostrar verdadero interés en el futuro de los asuntos públicos. Las instituciones electorales en el mundo tomaron dos caminos distintos. En el mundo anglosajón el voto nunca se hizo universal y directo. Los ingleses no eligen directamente al Primer Ministro; ellos votan en sus circunscripciones por los miembros del Parlamento, quienes eligen al Primer Ministro. Los norteamericanos aceptaron el voto universal después de largos y encendidos debates en el Congreso y contra la opinión de hombres como Thomas Jefferson. Al final, aceptaron la figura de los colegios electorales, que le dieron la presidencia a Bush cuando el voto universal se la hubiera dado a Gore. Ambas han sido y son en cierta forma elecciones de segundo grado.

En el mundo latino y germano se aceptó por mucho tiempo, sin limitaciones, el voto universal y directo para elegir a los gobernantes. Ante los resultados históricamente desastrosos de ese voto y con el transcurso de los años se han intentado modos de suavizar sus resultados, como son la segunda vuelta electoral y otros correctivos parecidos, cuando no se ha definitivamente abandonado la elección directa y universal, como en Italia, España, Francia y Alemania. Cuando el voto es universal y directo, como en América Latina, y ese sistema es además apoyado y defendido hasta con la fuerza por Estados Unidos, se está promoviendo un populismo devastador. Los dos siglos de historia de América Latina independiente han sido un vaivén entre dictaduras y democracias populistas, peores que los peores ejemplos históricos de la Europa Latina. Porque no es lo mismo hacer campaña electoral populista para una elección universal y directa en pueblos educados y desarrollados, que hacerla entre las masas latinoamericanas. Los resultados están a la vista. Por eso decía al comienzo que el problema no es únicamente constitucional, es electoral y común para toda América Latina.

¿Estamos entonces condenados a este tipo de regímenes? No, pero tendríamos que imitar las fórmulas probadas: (1) Seleccionar a nuestros gobernantes mediante elecciones indirectas con resultados menos influidos por el populismo. (2) Calificar en alguna forma la adquisición del derecho a la ciudadanía y por lo tanto al voto. Y (3) como "desideratum" deberíamos aceptar una verdadera Constitución común para todos nuestros pueblos, donde se respeten en forma inviolable los derechos fundamentales a la vida, propiedad y libertad que son indispensables para la convivencia pacífica y el progreso económico. Y también tendríamos que convencer a Estados Unidos que sólo así podríamos ser optimistas respecto al futuro.

© AIPE Nicomedes Zuloaga es abogado y empresario venezolano, fue director del diario La Verdad.

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