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EEUU fomenta el populismo suramericano

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El candidato presidencial socialista en Bolivia, Evo Morales, dice que el embajador de Estados Unidos, Manuel Rocha, ha sido un excelente jefe de su campaña electoral. El líder cocalero disputa la presidencia del país a Sánchez Lozada. Resulta que Morales, quien quiere expulsar a la DEA de Bolivia y reestablecer la legalidad de cosechar coca, estaba muy abajo en las encuestas hasta que el embajador Rocha atacó su candidatura públicamente. Rocha amenazó con suspender la ayuda americana y el electorado reaccionó aumentando su apoyo a Morales.

En las elecciones del 30 de junio, Morales logró el segundo lugar, con casi el 21%, mientras que el ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada obtuvo poco más del 22%. Según la ley electoral boliviana, cuando ninguno de los candidatos logra más del 50% de los votos, el Congreso selecciona a uno de los que quedaron en los primeros dos puestos. Eso se decidirá la primera semana de agosto. Dependiendo de las coaliciones que surjan, Morales, quien empezó su carrera política como líder de los cultivadores de coca de la región de Chapare, puede resultar ganador. Aún si no es así, su partido es ya el segundo más grande en el Congreso.

Gane o pierda, vale la pena examinar lo sucedido. Morales, cáustico vocero de la ascendente izquierda de un país que se ha esforzado en instrumentar reformas en la última década, personifica lo que los latinoamericanos dicen es la reacción contra la liberación económica. Esto nos muestra el costo del fracaso de la política de Estados Unidos en la región. Tal política consiste principalmente en una guerra contra los campesinos cocaleros, vacías y repetidas promesas de ampliar el intercambio comercial y un constante flujo de ayuda económica que sirve principalmente para fomentar la corrupción gubernamental y apoyar al statu quo. El "consenso de Washington" aplaudió la venta de empresas de servicios públicos a monopolios particulares, aunque de nuevo dejaban a los pobres a la merced de la elite tradicional. No debe sorprender entonces el éxito del socialismo antiamericano y anticapitalista de Morales. Si a Washington no le gusta, debe meditar sobre lo que al electorado latinoamericano sí parece gustarle.

A Morales le gusta mascar hojas de coca -una antiquísima costumbre boliviana- y denigrar de los yanquis, otra tradición de la izquierda boliviana. Hasta acusó a la embajada americana de intentar asesinarlo. La tercera pata de su programa socialista es su demagogia contra el modelo económico neoliberal. Su partido insiste que quiere dar marcha atrás en las reformas de mercado, derogar las privatizaciones de empresas estatales y perdonar las deudas bancarias a los pequeños prestatarios. También quiere acabar con la erradicación de la coca porque la sustitución de cultivos fracasó en sostener a las familias campesinas. Dada la pobreza y corrupción boliviana, no es difícil comprender su popularidad.

Lo mismo que el presidente venezolano Hugo Chávez, gran defensor de Fidel Castro y del candidato presidencial brasileño Lula da Silva, Morales promete vengar el daño sufrido por los bolivianos en la última década bajo la economía de mercado. Su objetivo es similar al de sus hermanos espirituales de Arequipa, quienes el mes pasado lograron con manifestaciones violentas descarrilar la privatización de dos empresas de electricidad peruanas. El colapso financiero ha hecho que los argentinos piensen que la globalización es salvaje y sin sentido. Sin embargo, el resurgimiento de la ideología izquierdista no equivale a una petición popular para el resurgimiento del legado de la izquierda de "manirrotura fiscal", hiperinflación, aislamiento económico, servicios públicos decrépitos y regulaciones que asfixian la iniciativa empresarial. Parece más bien reflejar una intensa frustración ante la corrupción, el mercantilismo y las abortadas esperanzas. El socialismo está de regreso en Bolivia, pero lo mismo que en el resto del hemisferio no aporta ideas fecundas.

La última victoria de la izquierda en Bolivia fue en 1982. Para 1985, la hiperinflación alcanzó 23.500%. El PIB promedió menos del 1,4% entre 1980 y 1985. El plan de estabilización fiscal y monetario de la segunda mitad de la década logró sacar al país de una espiral fatal. Cayó la inflación. Sánchez de Lozada fue elegido para su primer período en 1989 y presidió sobre un programa masivo de privatizaciones. Para 1998 la inflación estaba por debajo del 5% y en los años 90 el PIB promedió más de 4%. El ingreso anual per capita era de 600 dólares en 1985 y alcanzó casi los 1000 dólares para 1998. Pero entonces las reformas se estancaron, lo mismo que el nivel de vida. El ingreso siguió por debajo de los mil dólares al año y dos terceras partes de la población seguían por debajo del nivel de pobreza. Los bolivianos que oían sobre la liberación económica, no tenían mucho que celebrar.

Aunque las reformas parecían dramáticas, resultaron insuficientes. Como dice el Banco Mundial: hay "insuficientes inversiones, débil capacidad institucional e intereses creados protegidos". El Índice de Libertad Económica 2002, publicado por la Fundación Heritage y el Wall Street Journal, indica poca protección de los derechos de propiedad. Las barreras al comercio internacional aparentan ser bajas, pero el alto volumen de contrabando demuestra que hay muchas manos extendidas en las aduanas y exageradas regulaciones.

Los objetivos cocaleros de Morales no debieran preocupar a Estados Unidos. Si aumenta la producción de coca en Bolivia, bajará en Colombia. La oferta se mantendrá constante mientras las narices de americanos la sigan aspirando. Pero la lógica económica de Morales sí debería preocuparnos. La izquierda radical podría disparar el índice de miseria, como ya lo ha logrado en Venezuela. Estados Unidos tiene las herramientas requeridas para desarmar la lucha de clases en América Latina que predica el odio y pretende desestabilizar la región. El remedio es liderazgo comercial. Procediendo a intercambiar seriamente con los empresarios latinoamericanos, Estados Unidos difundiría los valores de la libertad y la creatividad. Su política actual de ignorar el intercambio comercial mientras fustiga a los cultivadores de coca y canaliza la ayuda externa a través de burocracias corruptas es la mejor manera de apoyar a gente como Morales.

©AIPE Mary Anastasia O'Grady es editora de la columna Las Américas del Wall Street Journal, diario donde fue publicado originalmente este artículo y autorizó la traducción de AIPE.

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