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Historia verdadera de un valido vilipendiado

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Godoy es una de las figuras malditas de la Historia de España. Para sus detractores -y tuvo muchos en vida-, no fue sino un advenedizo que, prevaliéndose de sus amores ilícitos con la reina María Luisa de Parma, escalaría la pirámide del Antiguo Régimen hasta convertirse en omnipotente valido de Carlos IV. Carente de formación y, sobre todo, de moral, Godoy habría empleado su inmensa influencia, obtenida en el lecho, para favorecer sus intereses a costa de los nacionales. A él habría que atribuir la desastrosa alianza con Napoleón que tuvo entre otros frutos amargos la derrota de Trafalgar y la guerra de la independencia; la injusta agresión contra Portugal en la guerra de las naranjas y el final de la ilustración carlostercerista.

El principal mérito del presente libro -que lleva a recuperar siquiera en parte la fe en la justicia de algunos premios- consiste en haber acabado con todos esos mitos sin caer en la leyenda rosada de algunos historiadores apologistas del llamado Príncipe de la paz. Ciertamente, Godoy logró una enorme influencia -podría decirse que incomparable- durante el reinado de Carlos IV pero la razón no se encontró en unos amores que nunca tuvo con la reina sino en el deseo personal de los monarcas de contar con la colaboración de un hombre que les había impresionado por su inteligencia. Fue esa una decisión personal del soberano y con ella pretendía suplir el vacío creado por la desaparición de la vida pública de personajes como Aranda que no habían sabido tratar de la manera más adecuada el gran peligro que significaba la Francia revolucionaria.

Sin embargo, a pesar de que fue Carlos IV el que restauró la figura del valido no por ello fue un monarca débil que dejara todo en manos de Godoy. La realidad es que éste nunca fue -ni se le permitió- más allá de la voluntad regia. Poder tuvo, sin duda, pero con limitaciones establecidas por el poder regio. Si finalmente su programa reformador se colapsó se debió a la conjunción de los deseos de Carlos IV, de la conspiración continuada de un príncipe Fernando ansioso por sentarse en el trono español y de la acción napoleónica.

El Gran Corso aborrecía, desde luego, a Godoy y pagó la impresión de folletos en contra suya y favorables a Fernando. De esa manera no sólo se deshacía de un personaje que no le amaba sino que además sembraba la semilla de la discordia que había de debilitar a España. Creyó ciertamente Carlos IV que el emperador francés le desembarazaría de un hijo intrigante y, atrapado en el maquiavelismo galo, se encontró con el final de su reinado y el inicio de otra dinastía. Lo que vino a continuación fue un drama cuyas consecuencias llegan hasta el día de hoy y cuyas responsabilidades no se pueden cargar únicamente en el debe de Godoy.

Sin embargo, si la leyenda negra del Príncipe de la paz no se puede sostener también hay que señalar que el estudio excepcional de La Parra nos lo muestra como un hombre no exento de grandes fallas. Una de ellas fue la codicia. Desde el primer momento, Godoy supo ir amasando una fortuna que en España estaba a su nombre y que en el extranjero contaba con una opacidad tal que cuando Fernando VII quiso confiscarla no pudo tocar ni un céntimo de lo situado allende los Pirineos.

Murió finalmente Godoy en Francia cargado de años y con una fortuna no regular. En la prensa francesa se haría mención del evento señalándose el papel singular que había desempeñado bajo el reinado del "desdichado" Carlos IV. En España, la prensa sería más escueta y también menos generosa. Hoy podemos acercarnos gracias a este libro realmente notable a lo que fue su vida e influencia en la Historia de España.

Emilio La Parra, Manuel Godoy. La aventura del poder, Barcelona, Tusquets, 582 páginas.

Número 12

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