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La Ilustración Liberal

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El final de los judíos españoles

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El último siglo previo a su expulsión en 1492 fue especialmente crítico para la judería española. No se trató, como muchos podrían pensar, de una presión creciente del entorno sino de un cúmulo de circunstancias que nacían en el interior de las mismas comunidades judías.

Mientras en algunas partes de España las aljamas se iban extinguiendo por mera consunción, en otras no eran pocos los judíos que decidían cambiar de fe por convicción moral y religiosa o por simple interés personal y material. En paralelo a ese panorama desolador de unas comunidades cada vez más cerradas en su cultura de ghetto y amenazadas de disminución, tampoco faltaron otras decididas a sobrevivir de manera pujante y con un mayor peso social.

Desde luego, la España del siglo XV fue testigo de un judaísmo que agonizaba en el mar de la asimilación al lado de otro que insistía en persistir y que entregaba a algunos de sus hijos más notables a esa tarea. Ése y no otro fue el caso de Abraham Seneor, un rabino cuya vida tuvo como marco la Segovia -importantísima ciudad castellana a la sazón- de la segunda mitad del siglo XV y que contó entre sus contemporáneos no sólo a los Reyes Católicos sino también a la desdichada Beltraneja, al turbio marqués de Villena, al inquietante Torquemada o a la sugestiva Beatriz de Bobadilla. La presente novela de Enrique de Diego -obra que cuenta con la amenidad del relato de ficción pero que también presenta la densidad y las pretensiones del ensayo de tesis- gira precisamente en torno a ese Abraham Seneor que intentó mantener en pie la judería castellana y que, al mismo tiempo, no tardó en constatar que semejante tarea resultaba demasiado titánica para poder ser llevada a cabo con éxito.

De todos es sabido que el cosmos cultural y político hispano que concluyó la Reconquista tomando Granada o que envió carabelas al descubrimiento de un nuevo camino hacia las Indias, fue el mismo que optó por expulsar a los judíos del suelo español porque consideraba que no había lugar para ellos. Se sumaba así a una corriente por la que navegaba la política europea desde hacía más de dos siglos y que en el caso español contaba con razones que nunca han sido del todo aclaradas.

Abraham Seneor optó, como muchos otros judíos, por la conversión, una conversión que pudo obedecer, como señala la novela, a motivos diversos entre los que podría incluirse el deseo de disminuir el golpe descargado sobre la comunidad judía pero de entre los que no puede excluirse la convicción de la superioridad de la cultura en la que estaban inmersos. Época convulsa y no siempre bien comprendida -cuando no claramente manipulada- el libro de Enrique de Diego intenta reflejarla, y abunda en detalles sabrosos en esa tarea, desde la perspectiva de un mundo en el que la lucha por la libertad y la pluralidad han obtenido la victoria siquiera moral y una legitimidad que en el pasado fue violentamente discutida.

Enrique de Diego, El último rabino, Zaragoza, Aneto, 299 páginas. 8 euros

Número 12

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